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‘Io sono l’amore’, a la felicidad se llega en chándal

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‘Io sono l’amore’, a la felicidad se llega en chándal

iosonolamoreSi hace unos días hablábamos del melodrama a propósito de ‘Two Lovers’, ahora, con el estreno de ‘Io sono l’amore’, lo hacemos del postmelodrama. Un ejemplo:

“Io son l’amore, io son l’amor, l’amor», cantaba Maria Callas al final de la célebre aria ‘La mamma morta’. “I am… love. I am…” traducía Tom Hanks en ‘Philadelphia’ mientras la escuchaba emocionado. “Ya lyublyu” parece estar diciendo la rusa Emma Recchi, protagonista de la película de Luca Guadagnino, cuando contempla dicha escena en la televisión. Este juego hipertextual está en la base de la viscontiniana ‘Io sono l’amore’ (y podemos seguir, claro: la Callas fue la musa operística de Visconti, el lema «Todo cambiará para siempre» recuerda al “Algo debe cambiar para que todo siga igual” de ‘El Gatopardo’, novela adaptada por, sí, Visconti; y así hasta aburrirnos).

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Guadagnino edifica su película sobre los pilares de los clásicos europeos del melodrama, pero acaba alicatándola con la ironía y la caligrafía posmoderna. Empieza como Antonioni, sigue como Visconti, continúa como el Todd Haynes de ‘Lejos del cielo’ (aunque sin su emulación retro) y acaba como Almodóvar.

Pero aparte de malabarismos multirreferenciales para ciné(fagos)filos, ‘Io sono l’amore’ destaca por su radiografía de la alta burguesía milanesa. A través del personaje de Emma Recchi, “la señora de la casa” (una fabulosa Tilda Swinton), asistimos a las celebraciones, ritos, protocolos y demás modos de relacionarse de una tradicional familia de industriales marcada por las apariencias, la represión y la ocultación de los sentimientos. Una vez que Emma descubre cuál es el verdadero amor de su hija y conoce al amigo cocinero de su hijo, comenzará un proceso de liberación y conocimiento, una huida hacia la sensualidad que también se traslada a la puesta en escena, liberada de ataduras narrativas y desahogada de corsés formales. Una fuga que se consumará en un desenlace arriesgadísimo, que huye de convencionalismos y bordea el ridículo, pero acaba resultando un brillante broche final. 8.

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