Frank Ocean / Blond

Por | 31 Ago 16, 18:14

frank-blondCuando escribía por primera vez sobre ‘Nikes’ minutos después de que fuera mostrada al gran público, desde la excitación y no poca euforia, me pareció ver en su trap narcotizado y su Autotune extremo el sonido de 2017, el sonido del presente que marca el futuro. Quizá lo sea, pero ese single solo es una pequeña parte, y ni siquiera la más representativa, de lo que hay dentro de ‘Blonde’, el segundo álbum de Frank Ocean que tanto ha dado que hablar durante un par de años. En realidad, el sonido de 2017, si está aquí, sería más una involución que una evolución.

Apenas ese primer single, además de la brillante ‘Pink + White’ (de producción elegante y clásica a cargo de Pharrell) y, en menor medida, la compleja ‘Nights’ (¿una nueva ‘Pyramids’?) y ‘Futura Free’ (cierre y reverso trippy de la inaugural ‘Nikes’), encajan en el sonido que cabría predecir del autor de ‘channel ORANGE’. Muy al contrario, lo más común en este disco son canciones delicadas, evocadoras, que se presentan en una forma esquelética, sutil y cruda. ‘Blonde’ suena, en buena parte, con apenas un instrumento analógico, dos a lo sumo (generalmente teclado o guitarra, eléctrica -envuelta en trémolo- o acústica), como escueto acompañamiento a la deslumbrante voz de Frank, que se deja la vida cantando, rapeando ocasionalmente con versátil y personal flow. Las bases percusivas, de haberlas, a menudo son una mera sugerencia. La producción, o la cuidada ausencia de la misma, se esmera sobre todo en la creación de ambientes y delicados detalles, pero no tiene un papel protagonista. Escucharlo es como si observáramos una escultura abstracta construida por un niño usando lo que tiene a mano, palos, hojas, piedras y arena. Rudimentaria pero, de tal pureza, que hace su belleza inigualable.

Enseguida ‘Ivy’ da cuenta de esa faceta dominante en ‘Blonde’, y la inconmensurable ‘Solo’, con el sonido de un órgano de iglesia inundando el espacio, confirma que no estamos ante el disco que imaginábamos. Porque ‘Blonde’ supura soul, un soul intimista, puro sentimiento con escasos pero medidos aditivos. Como los trazos de psicodelia de ‘Skyline To’, los arreglos orquestales de ‘Self Control’ (un extraño pero magnético crossover con el joven trapero sueco Yung Lean y las bonitas guitarras -no acreditadas- de Austin Feinstein, del grupo Slow Hollows) o los arreglos mutantes de ’Pretty Sweet’, que los llevan a expandirse y elevarse hasta la estratosfera. Así, yendo arriba y abajo, nos sostiene Frank a unos centímetros del suelo durante la hora exacta que dura este viaje. Pero estos territorios de la cercanía y la desnudez están lejos de ser anecdóticos, cuando a ellos pertenecen también los momentos más sobrecogedores del disco, capaces de derretir al más cínico: el trío monumental que en la recta final del álbum conforman ‘White Ferrari’ (¿una metáfora sobre la cocaína?), ‘Seigfried’ (que parece citar su affair con el modelo Willy Cartier) y ‘Godspeed’ (una especie de carta escrita a su yo adolescente).

‘Blonde’ se aleja así de la última tendencia en el R&B, el rap y el pop, que viene basándose en la hiperproducción, una a veces grotesca acumulación de autores y productores para hacer de cada canción un fulgurante monstruo de Frankenstein. Es cierto que, tal y como el autor ha listado, ‘Blonde’ también recurre a numerosos de colaboradores, pero no son tantos como aparenta. Algunos de esos nombres (The Beatles, Elliott Smith) aparecen citados porque Ocean usa frases (cuando repite incesantemente “This is not my life / It’s just a fond farewell to a friend” en ‘Seigfried’ suena aterrador) o samples de algunas canciones suyas, evidentes guiños más allá de la mera cita. Y otros, como David Bowie, son una inspiración o modelo. La contribución de otros cuantos (Kanye West, Brian Eno, Antony Phillips -de Genesis-, Jonny Greenwood) es aún poco clara, se refiere a canciones de ‘Endless’ o a su ya agotada revista ‘Boys Don’t Cry’. Apenas destacan (o se acentúan de alguna manera) las intervenciones de Beyoncé (que canta en ‘Pink + White’), Kendrick Lamar (que apenas desliza algunas palabras sueltas en ‘Skyline To’, producida sigilosamente por Tyler, The Creator), Rostam y Jamie xx (que, se dice, producen ‘Ivy’). Y sólo resultan claramente reconocibles la voz de James Blake (por más que parezca la de Justin Vernon) al final de ‘White Ferrari’, la de la solista de gospel Kim Burrell en ‘Seigfried’ (sic) y la de André 3000 en el (audaz, por otra parte) skit ‘Solo (Reprise)’.

Todo esto viene a que ‘Blonde’ es un álbum en el que la firma y la sensibilidad del cantautor de Nueva Orleans está por encima de todo. La sensación es que los intervinientes, que suelen ver sus nombres destacados en grandes letras, sabían que estaban trabajando en un material de alto calado emocional y artístico, muy personal, y que la mejor manera de contribuir a ello era dejándose el ego en casa. Hasta en ese aspecto, ‘Blonde’ es un álbum interesante y poco común, con unos no-créditos en una lista alfabética que invitan a ser desentrañados. Incluso resulta enriquecedor dar con otras influencias no explicitadas pero evidentes como King Krule o Francis and the Lights. Tampoco cabe afear su profusión de interludios o (aparentes) cortes menores. Cada uno de ellos, como la historia explicada por SebAstian sobre una novia que le dejó porque él no quiso aceptar su amistad en Facebook (‘Facebook Story’) seguida de (un fragmento especialmente elegido de) la adaptación de la versión que Stevie Wonder hizo una vez de ‘Close To You’, la legendaria balada de Bacharach y David, alberga algo sobre lo que reflexionar o disfrutar.

Y es que, como decía, estamos ante una obra conmovedora, en la que Frank se ha dejado el alma. Y no, no es una frase hecha. Su personalidad, sus miedos, su dolor, su felicidad, sus anhelos, están impresos en estas canciones. Unas veces de forma más explícita que otras, pero siempre con una singular capacidad poética, las constantes referencias y metáforas a su pasión por los coches y la velocidad (herencia y símbolo, dice, de una adolescencia heterocéntrica), las evidentes alusiones a unas relaciones complicadas en su temprana juventud que cambiaron para siempre su forma de ver el amor (tanto ‘Ivy’ como ‘Pink White’ parecen referirse a la persona a la que escribió aquella desarmante carta abierta en su Tumblr, 2012), el uso de drogas como método evasivo de la realidad o su huida de los focos, las alfombras rojas y todo lo que implica la fama en general alimentan estas canciones.

Parece obvio que la opción tomada por Ocean en lo musical, liberando las canciones de exuberancia y apariencia hedonista, tiene como objeto poner énfasis en sus letras. Resulta un deleite leer unos textos que, de forma evidente, están extremadamente cuidados en el uso de metáforas e imágenes, slang y cultura popular. Dejando atrás el sobado “poesía callejera” atribuido al rap, Ocean trabaja una poesía contemporánea que retrata la desazón post-millenial (¿acaso es distinta a la de otras generaciones?), reflexiona sobre la futilidad de la cultura de la imagen, desdramatiza las drogas, acentúa lo absurdo del racismo y la homofobia, coquetea con la idea del suicidio o se burla de la rigidez de roles sexuales. Apela a lo espiritual (que no a la religión) como una opción vital (“Mind over matter is magic”, canta en ‘White Ferrari’) y a la generosidad de observar al pasado sin rencor para crecer, como un aprendizaje de lo que hoy somos.

«Acid on me like the rain, weed crumbles into glitter. Rain, glitter». ¡BAM!
«We didn’t give a fuck, back then. I ain’t a kid no more. We’ll never be those kids again». ¡BAM!
«You showed me love. Glory from above. Regard my dear, it’s all downhill from here». ¡BAM!
«Maybe I’m a fool. Maybe I should move and settle, two kids and a swimming pool. I’m not brave». ¡BOOOM!

Muy por encima de la forma esquiva y confusa con la que Ocean ha elegido envolver el lanzamiento (aún intentamos entender qué es y qué pretende ‘Endless’), muy por encima de la catarata coloreada que anuncia los invitados y referentes detrás de esta obra, ‘Blonde’ es una obra musical llena de pasión y apasionante, que invita a detenerse sin prisa en los centenares de detalles sonoros y líricos que permanecen en sus rincones. Y, sobre todo, invita a deleitarse repetidamente en su interpretación, un grito, mitad rabioso, mitad eufórico, de un autor superdotado que ha tenido que superar el pánico de no alcanzar las altas (¿quizá inalcanzables?) expectativas puestas en él. Al final, para mantener la cordura, no ha tenido más remedio que vaciar sus propias entrañas y disponerlas cuidadosamente para nuestro deleite. “Te deseo suerte, la gloria. Habrá montañas que no podrás mover, pero aún estaré ahí por ti” (‘Godspeed’).

Calificación: 8,8/10
Lo mejor: ‘White Ferrari’, ‘Solo’, ‘Nikes’, ‘Ivy’, ‘Seigfried’, ‘Nights’, ‘Pink + White’, ‘Godspeed’
Te gustará si te gusta: Sam Cooke, Kanye West, Bill Withers, Kendrick Lamar
Escúchalo: iTunes

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