Katy Perry en Barcelona: todos los caminos, divertidos o aburridos, conducen a ‘Swish Swish’

Por | 29 Jun 18, 11:37


Foto: Rony Alwin, facilitada por Doctor Music.

Anoche, en el Palau Sant Jordi de Barcelona, fui uno de esos padres que veis ahí con sus hijos en los conciertos de Katy Perry (o Madonna o Lady Gaga o Lana del Rey o incluso de Los Planetas). Este ‘Witness: The Tour’ se ve, sin duda, con otros ojos desde esa perspectiva. Todo parece más nuevo, más fascinante, más excitante con una criatura que descubre el mundo (el del pop y el otro) al lado… pero al final para ellos todos los caminos, los más divertidos y los más soporíferos, conducen a lo mismo: “¿cuándo va a cantar ‘Swish Swish’?”

Quién le iba a decir a Katy Perry cuando ella (es decir, su equipo) escogió al jovencísimo “chico mochila” Russell Horning para hacer ese histérico paso de baile, el “flossing”, en su performance de Saturday Night Live para ese single que ese sería el gran rédito histórico de ‘Witness’ en la carrera de la californiana. Ya parece evidente que esta será la gran aportación de esta era en su futuro y que, en buena medida, si esta gira y disco se han librado levemente del flop es por ese cruzaíto de brazos vs caderas. Puedo asegurar que muchos niños, pero también muchos adultos, esperaban con fervor ese momento en el que Perry se encarama a una canasta gigante para poder practicar, con total libertad, el condenado bailecito. [Ndr: y aquí es donde, si tienes la piel fina con los SPOILERS, agradecerás dejar de leer hasta el penúltimo párrafo. De nada.]

Katy también lo sabe, obviamente, y por eso le reserva un lugar privilegiado en su setlist: ese instante que buena parte del Palau ansiaba no llegó hasta el penúltimo tema, en una espectacular recta final que termina con ‘Roar’ y, tras una breve pausa, se pone de nuevo en marcha para el bis con ‘Pendulum’ –el otro gran hallazgo de ‘Witness’– y ‘Firework’ –que, al margen de la previsible pirotecnia, dejaba una estampa imponente con la artista cantando sobre «su propia» mano–. Hasta esos 15-20 minutos de gloria, hubo un camino de dos horas que nos llevó, sin duda, por un buen puñado de instantes de euforia y diversión. Estos, como ya contaba mi compañero Sebas E. Alonso, se concentran en buena medida en los dos primeros bloques temáticos, en los que se echa el resto en cuanto a parafernalia escenográfica: el “futurista”, con ‘Roulette’, ‘Dark Horse’ y ‘Chained to the Rhythm’; y el “ultrapop”, con el desenfreno de ‘Teenage Dream’, ‘Hot N Cold’, ‘Last Friday Night’ y ‘California Girls’. Una fase que culminaba con una ‘I Kissed A Girl’ en la que, muy atinadamente a cuenta de su polémica visión del lesbianismo y justo en el día en el que se conmemoraban las manifestaciones de Stonewall, alguien le arrojaba una bandera LGTBI+ que Perry sujetó con cierta frialdad en su mano, hasta que terminó el tema. Un muy buen tramo de show, en todo caso, en el que la voz de Katy estuvo mucho más que correcta y en el que también brilló su irrefutable magnetismo como entertainer, pese a lo forzadito del ya comentado (y pesadete) interludio con el famoso Left Shark.

Mucho más forzada y pesada es la segunda mitad del concierto, que comienza torpemente con unas prescindibles ‘Déjà Vu’ y ‘Tsunami’ y en la que apenas brilla ‘E.T.’. Pero la noche aún podía llegar a dar más pereza: pese a lo espectacular de su paseo a lomos de Saturno por las alturas del recinto cantando ‘Wide Awake’, el trastabillado tramo en la que invita a una niña del público a subirse a escena daba paso a una «versión de un tema de los 90» que «lleva tiempo queriendo hacer» y nos regaló en exclusiva en Barcelona. ¿Suena bien, verdad? Pues el resultado fue una meliflua, aún más ralentizada que la original, apropiación del himno ‘One Of Us’ de Joan Osborne, la que dice “what if God was one of us”, como ella se encargó de recalcar.

Katy puede expresarse como quiera en sus conciertos, obviamente, pero, habida cuenta de la cantidad de niños y niñas que observaban con relativa atención lo que decía, hubiera hecho mucho más por la educación de todos ellos si, en lugar de apelar al amor del Dios cristiano en varias ocasiones, se hubiera manifestado de manera más explícita en apoyo del Orgullo LGTBI+ (apenas citó un enfatizado “pride” soltado en medio de uno de sus prolongados discursos entre canciones). Al fin y al cabo, todos esos pequeños (buena parte de ellos no había nacido cuando lanzaba sus primeros éxitos) son ya su futuro fandom.

Pero esa contradicción es sólo una más en esta extraña era de Katy Perry, que ha encontrado la salvación en esta gira que se está defendiendo mucho mejor de lo que vaticinaban los más agoreros (anoche, por ejemplo, las gradas estaban prácticamente llenas y la pista parecía completa en un 70%, aproximadamente). Y eso que su espectáculo es, a todas luces, mucho menos dinámico que el de la era ‘Prism’ que pudimos ver, en ese mismo escenario, hace tres años. La Katy concienciada resulta ser un lastre para su gran circo, salvado de milagro gracias al “flossing”: la cara y los gestos de ¿cientos? ¿miles? de niños que evocaban ese instante sin parar mientras la canción tronaba por las ventanillas de los coches que se alejaban de Montjuic minutos después lo dejaban muy claro.

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