¿Por qué ha tenido tanto éxito el ‘Drácula’ de Netflix si todos estamos ya un poco hartos del personaje?

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¿Por qué ha tenido tanto éxito el ‘Drácula’ de Netflix si todos estamos ya un poco hartos del personaje?

Mark Gatiss y Steven Moffat han construido gran parte de su obra televisiva sobre los cimientos del pastiche posmoderno, recreando con ironía, espíritu lúdico y expresividad manierista clásicos de la literatura popular británica. Tras ‘Jekyll’ (Moffat, 2007), ‘Agatha Christie: Poirot’ (Gatiss, 2008) y la exitosa ‘Sherlock’ (2010), la primera que escribieron juntos, la pareja regresa con ‘Drácula’, la enésima adaptación –hace unos años hubo otro pequeño revival con la mediocre serie ‘Drácula’ (2013) y la olvidable película ‘Drácula, la leyenda jamás contada’ (2014), sin olvidar la estupenda ‘Penny Dreadful’ (2014)– de la inmortal creación de Bram Stoker.

¿Qué tiene de especial esta nueva versión para que haya tenido este éxito? En realidad, no demasiado. Tras las más de trescientas adaptaciones, entre cortos, largos y series, que contabiliza IMDB, poco nuevo se puede decir del personaje. El conde (re)creado por Gatiss y Moffat es un compendio de los anteriores: la elegancia de Bela Lugosi (la serie incluye un guiño explícito con la célebre frase “Nunca bebo… vino”), la animalidad de Christopher Lee (al que más se parece, con esos ojos inyectados en sangre), la capacidad de seducción de Frank Langella en la olvidada versión de 1979, el romanticismo de Gary Oldman e, incluso, ya fuera de Drácula, el homoerotismo de ‘El retrato de Dorian Gray’ (atención a cómo se refleja el vampiro en los espejos) o de ‘Entrevista con el vampiro’.

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Las libertades que se toman con la trama y los demás personajes tampoco son ninguna novedad. Películas como ‘Dracula: Pages From a Virgin’s Diary’ (2002), ‘Van Helsing’ (2004) o la mencionada ‘Drácula, la leyenda jamás contada’, han mordido y chupado la sangre al original de Stoker hasta casi dejarlo irreconocible. La serie es más o menos fiel a la estructura de la novela, aunque juega con bastante gracia con su temporalidad. Como ejemplo –y sin destripar nada–, hay un pasaje que en el libro apenas dura unas páginas, y que aquí está estirado como si fuera un whodunit de Agatha Christie. Los personajes –aparecen todos: Jonathan Harker, Mina, Lucy, Renfield, el doctor Seward…– también están reinterpretados con ingenio. Sobre todo uno: Van Helsing.

Transformar al célebre cazavampiros en una monja más irreverente, sarcástica y atea que las de ‘Entre tinieblas’ (1983) es uno de los grandes aciertos de esta serie (monja basada en la muy secundaria Ágata de la novela). Y articular la historia a través del enfrentamiento, físico y sobre todo dialéctico, entre el vampiro y la religiosa, es el otro. ‘Drácula’ no sería más que otro divertimento-homenaje, otro juego posmoderno de códigos, referencias y piruetas visuales (aquí se utiliza una estética a medio camino entre el goticismo clásico y pop barroco), si no fuera por la partida de ajedrez que juegan estos dos personajes. La ironía del conde transilvano (interpretado con cierto encanto retro por el danés Claes Bang) es más afilada que sus colmillos. Y las réplicas de la hermana Agatha Van Helsing (estupenda Dolly Wells) más certeras que una estaca en el corazón.

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Este duelo sostiene los dos primeros capítulos de los tres que componen la serie. De hecho, cuando ninguno de los personajes está en escena, ‘Drácula’ pierde sangre como un cuerpo decapitado. Hay subtramas, como la de Lucy y Seward o las de algunos tripulantes del Deméter, que tienen muy poco interés. En cambio, cuando los dos protagonistas aparecen, inyectan vida a la trama como una transfusión de sangre. Pero, ¿qué pasa con el tercer capítulo? Que no hay sangre en el mundo que lo reviva. Su salto narrativo y visual –que no voy a desvelar– es tan atrevido como invitar a Drácula a tu casa; pero su desarrollo y, sobre todo, su resolución, es tan fallida como intentar matarle con una pistola. Un final con reflujo a ajo que, sin embargo, no debería hacernos olvidar que empezó con un banquete regado con… vino. 7.

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