‘El Drogas’: un documental… que deja ganas de serie

Por | 25 Sep 20, 12:13

En cierta ocasión, justo después del éxito de ‘Balas blancas’ en 1992, Barricada marcharon a Londres para grabar un nuevo disco que resultó ser ‘La araña’. Pillaron costo, la policía les detuvo y, en comisaría, les bajaron a una salita y les pusieron a hacer «flexiones en pelotas» para hallar alguna otra china. A El Drogas, siempre tan campechano, no se le ocurrió otra cosa que defenderse así: «¡I’m The Drugs, Slash, Guns N’Roses, The Clash!». Le advirtieron que otra como aquella y jamás volvería a UK, y él contaba en Jotdown en 2016 que de todas formas le daba igual, porque Reino Unido no es que «le entusiasme». Eso después de haber iniciado una carrera inspirado por dos cosas: Motörhead y Sex Pistols.

Se echan de menos anécdotas como esta en el documental sobre El Drogas que se estrena hoy, dirigido por el debutante navarro Natxo Leuza, y conformado a partir de entrevistas, imágenes de archivo de televisión, de la banda y también de la historia de España y del mundo. Entre las pocas licencias artísticas que ‘El Drogas’ consiente, junto a un par de escenas más poéticas y psicodélicas, ese arranque de película en el que se nos recuerda qué pasaba en 1959, año de nacimiento de Enrique Villarreal, nuestro personaje. Una persona que lo ha sabido todo sobre el rock duro de nuestro país, sobre lucha obrera, sobre la deriva política española desde la Transición, sobre memoria histórica (se reivindica especialmente su álbum de 2009 ‘La tierra está sorda’), sobre comandos autónomos y bares abertzales, y sobre gente que se acercaba a estos más por «petas, amor libre y esas cosas» que por independentismo. Una persona, en definitiva, que requiere no de un documental de 80 escasos minutos, sino más bien de una serie como la de Los Chunguitos. Aunque solo sea porque «en las cárceles lo que más se oía eran Los Chunguitos, Los Chichos y Barricada».

Dice Kutxi Romero de Marea en un momento del documental que El Drogas llegó a «la meta demasiado pronto», que «se le hizo corto» el camino, en referencia a lo rápido que llegaron Barricada al éxito y al modo inusual con el que se mantuvieron en la cima durante décadas hasta lo que aquí se denomina como «un final asqueroso«. Al documental le pasa un poco lo mismo. Que se conforma con su destino, el beneplácito y la colaboración del artista, «demasiado pronto». Tanto pudor parece haber aquí a ofenderle o a resultar sensacionalista, que algunos episodios, como el de la adicción a las drogas o la propia fractura con Boni en Barricada, son meras pinceladas. Sorprende porque El Drogas es una persona que cuando hace declaraciones no tiene ningún temor a convertirse en «trending topic». Hace poco dijo a la prensa: «ahora precisamente es cuando soy menos políticamente correcto»; también «lo mío era un rollo más de monja, intentaba reflexionar. No como ahora, que soy partidario de la guillotina»; también «Íñigo Errejón es de extrema derecha«. Y también en No me pierdo ni una: «El rock and roll es transgresión en muchos sentidos y los tiempos que corren son muy buenos para socialmente ir soltando tortazos con la mano abierta a diestro y siniestro». En el documental está demasiado comedido, y ni la ultraderecha, contra la que tantas veces se ha pronunciado, recibe.

Por lo demás, ‘El Drogas’ sí es un entretenido y necesario relato que explica al espectador las condiciones sociopolíticas que permitieron el desarrollo del rock urbano, la conexión entre la Txantrea en Pamplona y Vallecas en Madrid y lo necesitado que estaba el público en estos barrios tan humildes de una voz que cantara sobre sus inquietudes. En ese sentido, es vital que las letras de Barricada se hayan subtitulado. No por dicción en absoluto, sino a modo de subrayado. Tampoco se esquivan las propias contradicciones y complejos de El Drogas. Uno de los momentos más significativos es el análisis de su «sensibilidad femenina» a raíz del feminismo contenido en temas tan tempranos como ‘Mañana será igual’, aunque se reconoce que ha sido su «socia» Mamen Irujo quien crió a sus hijos. Por otra parte, se dedica un tiempo inesperado a alabar la figura de Josetxo Ezponda, «el verdadero glam» para El Drogas. De manera insólita, parece visiblemente traumatizado por no haber parecido una estrella lo suficiente, sobre el escenario, en comparación.

Rosendo, Fito y otros colegas, periodistas e hijos -los dos muy divertidos- ayudan a construir este retrato, por el que también ha aceptado pasar extrañamente Christina Rosenvinge, suponemos que para cumplir algún tipo de cuota femenina en lo que fueron unos años absolutamente sonrojantes para la misma en el rock «de izquierdas» (su aportación es que los grupos vascos le daban «miedo», ahí lo dejo). Un documental ameno, en todo caso, con algún momento glorioso como ese relato del nacer de un amor, que decide alternar imágenes de manifestaciones y mobiliario urbano destrozado con un inocente piano de fondo. Sensibilidad y barricadas, eso es ‘El Drogas’. 7.

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