Adiós, Josetxo

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Adiós, Josetxo

«Soy un superviviente… los dos baterías de Los Bichos muertos, Asio muerto, Charlie… en fin, en su mundo… Ya sólo quedo yo». Así me hablaba Josetxo Ezponda en uno de esos encuentros casuales, cada vez más espaciados, hace ya algunos años. Parecería que anticipaba quizá su final, en estas horas en las que todos especulamos exactamente por qué se ha ido, pero es bien posible que lo dijese simplemente por alimentar un mito y una estética que le acompañaron toda la vida, hasta las últimas consecuencias.

Casi todos los músicos y aficionados locales que le conocimos y seguimos, tenemos nuestras pequeñas historias, nuestra particular relación y anécdotas con Josetxo, pero creo que lo que más nos une a todos, al final del día, de un día triste como el de ayer, es la admiración por sus canciones. Fue ante todo un excelente compositor: de rock y de pop, en castellano, en inglés, sin tapujos, sin complejos, mezclando melodías y ruido, swamp-rock y pop, punk y tex-mex, cajas de ritmos y guitarras trémulas, pildorazos de glam-pop rabioso y largas letanías de densas distorsiones en clave de blues… y todo desde el pequeño pueblo de Burlada, junto a Pamplona, insospechadamente, contra todo pronóstico. Prueba viviente de que el verdadero talento puede crecer en cualquier parte. En el caso de Josetxo, un talento alimentado por su amor por la música: la suya era una de las colecciones de discos más admirada y codiciada de la ciudad en los 80, testimonio de su impecable gusto. Recuerdo unas cintas de VHS que llegaron a mis manos a primeros de los 90 con maravillosas actuaciones en directo de Mink DeVille que provenían, en copia de tercera o cuarta generación, de su colección. Que era gran melómano es un dato también para entender su obra.

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Se notaba, desde luego. La música de Los Bichos no salía de la nada, todas las referencias estaban ahí: el glam-rock, Kim Salmon, Howlin’ Wolf, Suicide, The Stooges, Tom Verlaine, los Cramps… Y sin embargo, observada desde nuestra actual época de corta-pega, de imitaciones impecablemente conseguidas (pero con frecuencia con el alma de una fotocopia) resulta que la música de Los Bichos llegaba, en su afán ya posmoderno por imitar a sus ídolos, a un lugar diferente. Particular, personal, único, con la voz propia, peculiar, de Josetxo. Quizá no para todos. Pero sí para mí en aquella postrera adolescencia. Y con sus letras como otra gran señal distintiva: uno de los mejores letristas del pop español, en este idioma y en inglés también, a pesar de entrañables deslices ocasionales. Poesía sobre noches estrelladas, chicas, y sentimientos turbios. Lo llevaba muy a gala: todas sus letras en inglés aparecían traducidas al castellano en las hojas interiores de sus discos. Hojas por cierto siempre manuscritas y decoradas, con dibujos y atención de orfebre. Era otro de sus talentos, poco evocado en estas horas de recuerdos: ilustrador, pintor. Hizo portadas para Los Brujos, Tahúres Zurdos, Cerebros Exprimidos, siempre con su particular estilo: el único ilustrador que resiste el uso del temible (tan 80s) aerógrafo.

Muchos tratábamos de imitar su deliciosa caligrafía: recuerdo mi copia de ‘Color Hits’, su debut de 1989, grabada en una cinta TDK, reproduciendo sus caracoleadas letras lo mejor que pude. Mi LP llegaría, con ahorros, un año más tarde. Conocí a Los Bichos en 1989, en el lugar más insospechado quizá para muchos: los 40 Principales. En aquellos finales de los 80 todavía podían ocurrir cosas así de raras. Como por ejemplo que William, mítico locutor de dicha emisora en Pamplona, y uno de los pioneros de la FM musical de la SER, ayudase al grupo con su influencia para elegir sus singles como «discos rojos», algo que garantizaba un número muy alto de reproducciones a nivel nacional. Gracias a ese impulso, la indie local Ohiuka pudo vender alrededor de 5000 copias del disco, lo que garantizaba álbum de continuación, y sobre todo creaba una base de fans que con la triste noticia de ayer renacieron, quizá algo insospechadamente, en Facebook y Twitter. Yo sólo sé que ‘Shadow Girl’ me noqueó doblemente al oírla por primera vez: primero por ser tan increíble. Y segundo al escuchar que era un grupo no ya español, sino ¡local! Esa canción y su gran clásico, ‘Verano Muerto’, eran la cara más comercial (por qué no) del brillante ‘Color Hits’. ‘Verano Muerto’ llevaba años en el repertorio de Josetxo (he subido aquí la maqueta de la canción de primeros de los 80, muy nuevaolera, como Bloodletter) pero no sus únicas gemas: canciones como ‘Un poco más’ («así que esto es el fin / no me lo esperaba así»), «Me gustaría llorar» y sobre todo ‘The One You’ll Never Catch‘ brillaban en la noche decadente, esa en la que Josetxo se inspiró tanto. Cerrado en mi habitación escuché esa cinta, ese disco, un millón de veces, grabando en mi corazón para siempre el sonido de la trémula Telecaster de Josetxo y la afilada Mustang de Charly, soñando con tener mi grupo alguna vez, y aprendiendo que en una ciudad de mierda también podía haber una estrella, nacida de su propio mundo, fuera de modas y movimientos, y además una dispuesta a seguir su visión sin desviarse. Pamplona parecía de repente un poco como Berlín, como Nueva York. Diego A. Manrique empezaba a escribir sobre él, Los Bichos aparecían en Plàstic, ‘Color Hits’ en la lista de Rockdelux de los 100 discos españoles de la década (esa que concluía si no recuerdo mal con ‘Entre el Cielo y el Suelo’ de Mecano)…

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En 1991 salió al fin el doble LP ‘In Bitter Pink’, descrito por casi todo el mundo como un disco ambicioso. Lo fue: iba a llevar todavía más canciones, y Josetxo soñó con sacarlo en vinilo rosa, pero Ohiuka no pudo, o no quiso. Pero sobre todo ambicioso en su sonido: desaparecía el castellano (Josetxo desoyó interesantes ofertas de multinacionales que le exigían, eso sí, cantar en castellano), las canciones de puro pop se hacían escasas, la pedalera de Josetxo se volvía casi tan importante como el Bigsby de su Telecaster… canciones turbulentas para reflejar un momento turbulento de su vida y de la del propio grupo. Un disco irrepetible, que al principio asustaba y que después enamoraba. Con puro ruido dorado (el ‘Solid Gold Hell’ pintado en el amplificador Marshall de Ezponda), con los teclados y la voz ocasional y glamourosa de Susana, con su versión de Big Star, las fotos de Eduardo Muñoz (su mejor retratista), y con lo que tiene que ser la mejor cara C (vale, quizá no hay tantas) del rock y pop españoles, culminada con ese trío de pepitas de oro: ‘Marina’, ‘Nip of Hate’ y la gran última canción de Josetxo: ‘Wishin’ Shift‘. Los Bichos no durarían: cuatro años de carrera, cinco si contamos el single de cierre, ‘Hell of a Girl‘, ya sin Charlie ni Asio, patrocinado por una larga lista de amigos, entre ellos Kike de la tienda de discos Dientes Largos. Ayer me pasé por allí y estaba desolado, recordando las recientes visitas de Josetxo, que seguía «encabronado con el mundo» pero aparentemente «contento».

A partir de ahí su carrera se vuelve aún más errática: actuaciones en solitario con su caja de ritmos, siempre hermosas de presenciar pero sin la magia de Los Bichos, proyectos que no llegaron a buen fin… En 1994 tuve la suerte de participar brevemente en la preparación de lo que sería su último disco, ya como El Bicho. Probó fortuna con los Glitter Souls (grupo en el que yo tocaba) como banda de acompañamiento. Tras unos pocos ensayos la cosa se enfrió y al final lo grabó por su cuenta, para el sello Triquinoise, en 1995, que mantuvo como seña anecdótica el título (‘A Glitter Cobweb’). Para unos fans como nosotros fue un sueño rojo/roto breve pero hermoso. Como comenta Javier Moya en su excelente reminiscencia de ayer, me quedo con el recuerdo de Josetxo afinando la guitarra en aquel local diminuto de la Casa de la Juventud de Pamplona y tocando unos pocos compases de ‘Verano Muerto’, o del riff de ‘Wishin’ Shift’. Recomiendo su lectura, documentada con anécdotas suculentas y grandes sentimientos.

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Lo que siguió fue el largo epílogo de casi veinte años en los que Josetxo prometió volver y nunca lo hizo. Hubo proyectos frustrados, con grandes guitarristas de Pamplona como Germán Carrascosa, o Jon Ulecia, pero El Bicho nunca volvió a publicar nada, para frustración de sus seguidores. Quizá fuese su manera de preservar el listón alto. Su triste figura se siguió viendo en la noche pamplonesa, casi siempre con una sonrisa socarrona sujetando un cigarrillo prestado, un dandy local, habitual, cercano, pero a la vez sin perder su aire de estrella de rock, una rara combinación que Carlos Benito describe muy bien en su recuerdo de ayer como «turbio cóctel de brillantina y serrín de bar». En los últimos años acusó una evidente decadencia física, pero su espíritu (y su fondo de armario) se mantenían coquetamente intactos. La última vez que le vi fue hace un año en un concierto de Joseba Irazoki. Después intercambiamos unos correos… y ya no volví a verle. Gran parte de los músicos de Pamplona que cogimos una guitarra en los noventa debemos mucho a Josetxo Ezponda. Rompió moldes, fue pionero de un «indie» que por supuesto aborrecía, siempre fiel sólo a sí mismo, pero sobre todo nos enseñó algo mágico: que podíamos hacer lo que quisiéramos, sin seguir modas, cantando en el idioma que nos diera la gana, y que podíamos soñar con hacer música maravillosa desde una ciudad insignificante. Adiós, Josetxo. Como solías escribir en tus dedicatorias Keep on Rockin’, donde quiera que estés.

Jaime Cristóbal es mitad del dúo Souvenir y también publica discos como J’aime y realiza el precioso Popcasting.

Foto: Ángel Aparicio (Facebook)

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