Surfin’ Bichos: «El fin del mundo está revoloteando»

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Surfin’ Bichos: «El fin del mundo está revoloteando»

Fernando Alfaro, Joaquín Pascual, Carlos Cuevas y José Manuel Mora: Surfin’ Bichos vuelven. Pero esta vez nada de giras de reunión, nada de celebrar el aniversario de algún disco mítico: ahora vuelven con todo. ‘Más allá’ (Sonido Muchacho), coproducido con Fino Oyonarte, es una sorpresa inesperada, treinta años después de ‘El amigo de las tormentas’, su último clásico. O quizás no tan inesperada. Al fin y al cabo, ya son varias las veces que han tocado juntos para poner en valor ante las nuevas generaciones un repertorio mítico, piedra angular del indie en España. Y tanto va el cántaro a la fuente…

Algo así es lo que me explica Fernando Alfaro. Lleva todo el día de promoción y esta es la última entrevista del día, así que quedamos cerca de donde se aloja. Buscando un sitio por el ruidoso Camp de l’Arpa barcelonés, acabamos en una tranquila terraza de una tranquila calle… aparentemente. Porque el estrépito de Barcelona no descansa jamás. Ni siquiera en las vías peatonales.

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La última vez que te entrevisté, te pregunté sobre el pasado de Surfin’ Bichos. Presentabas la gira de 2017 tocando ‘Hermanos carnales’. Así que ahora te voy a preguntar por el presente y probablemente por el futuro de Surfin’ Bichos.
Fernando Alfaro: (risas) ¡Madre de Dios! ¡El futuro! ¡Qué difícil es el futuro!

Han pasado 30 años desde ‘El amigo de las tormentas’, vuestro último disco. La primera pregunta es de cajón: ¿por qué hay un nuevo disco?
A cuento de qué, ¿no? Primero, ya teníamos ese gusanillo, esa semillita de la posibilidad de un disco nuevo de Surfin’ Bichos, cosa que parecía como algo lejano o improbable. Fue gracias a Carlos [Cuevas], el batería, que, con toda su buena fe soltó, precisamente por 2017, «yo no digo que lo vayamos a hacer… Pero si nos diera por grabar un disco nuevo de Surfin’ Bichos, molaría que lo hiciéramos guardando el secreto absoluto, no diciéndoselo a nadie y sacarlo por sorpresa». Lo dejó ahí y la idea de grabar un nuevo disco se quedó pululando. ¿Pero por qué ahora? Influyó mucho el hecho de que me trasladé de residencia, después de vivir en Barcelona diez años. Volví a mi tierra natal, donde viven los otros tres Surfin’ Bichos y, aunque nos habíamos estado viendo mucho todos estos años, no es lo mismo que tener ya cercanía, con más continuidad, verte cada día. Entonces es más fácil que surja el deseo de trabajar juntos.

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También el haber hecho la gira de ‘Hermanos carnales’. La idea era tocar el disco entero. Y claro, teníamos que tocar todas las canciones del disco, cosa que en su época no hacíamos: había que reinterpretar y recrear y, por lo tanto, crear [las canciones]. Era hacer algo nuevo con canciones ya de aquella época. El trabajo creativo de grupo era muy similar al de trabajar con material nuevo, en realidad. Entonces ya estábamos en la dinámica. Era un paso muy cercano, pero a la vez que cercano, era muy arriesgado, por lo típico de: «después de tanto tiempo, a ver qué van a hacer estos tíos». Era muy fácil traicionar las expectativas o incluso la memoria emocional de la gente que tenía esos discos en su juventud o casi en su niñez. Era fácil traicionar personalmente a la gente si no estás a la altura. Y como había ese riesgo, por eso lo hicimos también: porque el carácter del grupo era eso, un poco kamikaze.

El que no arriesga, no cruza el mar.
Exacto. De hecho, eso fue el motor del grupo de siempre… Nosotros tuvimos que trascender muchas barreras geográficas y mentales en su época. Como dice la canción de ‘El baile de más allá‘ de este disco, «ir cruzando fronteras». Nosotros ya tuvimos que empezar un pasito p’alante, otro para atrás, como dice la canción, cruzando fronteras, de lo que era un grupo de provincias absoluto. Porque Albacete, como muchas otras ciudades en la época, era una isla cultural. Había cosas, pero era muy difícil hacerlas llegar. Entonces ya había que ser bastante kamikaze. Y con este mismo carácter kamikaze hicimos este [disco].

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¿Habíais colaborado entre vosotros en estudio antes de este disco?
No te lo sé decir seguro, porque para mí hubiera sido muy natural que ocurriera. Cuando grabamos el disco de IS [Isabel León, miembro del grupo durante una temporada y exmujer de Fernando], la batería en la mitad de los temas fue Javi de Chucho y la otra mitad Carlos. Y Joaquín y yo estuvimos hasta pergeñando un proyecto juntos en tiempos. Pero por la distancia física y la propia dinámica de cada uno, no lo llevamos a cabo. Me acuerdo que uno de los nombres que barajamos, casi definitivo, era Soga brillante (risas).

No hubo ningún tipo de extrañamiento ni nada, entonces.
No, por el hecho de haber estado tocando en directo juntos, encima reinterpretando y recreando. La cosa fue tan simple como lo fue en tiempos, con el mismo sistema. Hice once canciones en la época de la pandemia. Y de repente estamos juntos otra vez. Y tienes estas canciones y le das un pensamiento: «¿cómo sonarían con Surfin’ Bichos? ¿Nos tiramos a la piscina… sin agua o llena de agua… ¡o de lava!? ¡Nos tiramos! ¡Venga!». Entonces se las enseñé, les gustó la idea y grabamos las canciones, con guitarra acústica y voz en casa de Joaquín. Joaquín justo en ese momento estaba grabando su disco en solitario (que sale justo después del de Surfin’) y tenía una canción que no había grabado, y que completaba el concepto de este disco, que es la de ‘Conversación ultrafónica a las 4 a.m’, que es el tema once, que termina ya de redondear el rollo. Además, es la única que tiene un «fade out» final, para cerrar de alguna forma el disco. Y luego viene la de ‘La mujer invisible’, que conscientemente es una canción invisibilizada a propósito, para incidir en el concepto. En digital sí vendrá acreditada al final. Pero en el vinilo y en el cd no está en la lista de canciones.

Y el fichaje por Sonido Muchacho, ¿es una especie de reconocimiento como padres del indie, de lo alternativo?
Nosotros de hecho ya teníamos muy avanzada la grabación cuando contactamos con ellos. Yo intuía que podían estar interesados porque ya conocía a Luis [Fernández] de etapas anteriores. Pero tampoco las tenía todas conmigo. Y lo estuvo totalmente, por eso que dices, además lo reconoce: «estos tíos lo empezaron todo». Para nuestra desgracia, porque empezar todo significa que no había nada entonces, y eso lo sufrimos. Justo cuando estás empezando, cuando tienes toda la energía, lo primero que estás haciendo y de repente todo es una complicación. Claro que entonces no lo sabíamos, porque era lo que había. Pero ahora, visto con perspectiva, es que uno dice: «joder, ¡si hubiéramos brotado después, lo hubiéramos tenido más fácil!». Pero sí, ese reconocimiento, que muchas veces es nominal, en el caso de Sonido Muchacho ha sido un reconocimiento real y se agradece, desde luego.

“El carácter del grupo siempre ha sido un poco kamikaze»

No sé si en este disco ha habido algún tipo de concepto. Hay algunos temas que sí que se repiten, como por ejemplo el apocalipsis. Pero ya no el apocalipsis religioso, el de San Juan, sino el apocalipsis real.
El fin del mundo está revoloteando. Y el más allá, que es la otra cara de lo mismo. Al fin y al cabo, todos llevamos un apocalipsis personal, que es la propia muerte. Y eso es lo que da sentido y lo que te hace intentar vivir, amar, comer buena comida, tener buen sexo, divertirte: vivir. En ese momento de pandemia una de las cosas que aprendimos fue a parar, a mirar y darnos cuenta del cuento de hadas capitalista en el que se nos pretendía hacer vivir. Ese momento sirvió para que la gente se mirara en un espejo de verdad. Esto es un tópico, pero es cierto: fue un momento de recapacitar y de ver qué es importante y qué no. Es un disco hecho durante la pandemia, pero no habla directamente de la pandemia, sino de forma más bien tangencial. Por ejemplo, ‘Luz del Mediterráneo’ dice: «virus en el Mediterráneo»: habla de los mapas aquellos que había cuando estábamos en lo más oscuro de la pandemia. Parecían los del hombre del tiempo, con las zonas de más incidencia o menos. Terrible. 


Fue esa situación distópica extraña que teníamos, con la que nos desayunábamos cada mañana, la que dio lugar a todas las canciones. Ese es el concepto. Esa disrupción en el vivir cotidiano que teníamos. En mi caso yo estaba solo en una casa enorme de mi familia. Mi familia es muy grande, pero yo estaba solo ahí y me pilló el confinamiento y estuve solo todo aquel tiempo. Y en ese diálogo, incluso conmigo mismo… El otro día me decía un amigo «¿por qué la canción de ‘Mortal’, si es un diálogo en el que tú hablas con otra persona, no canta las frases de esa otra persona, Isabel por ejemplo, ya que hace los coros?». Precisamente porque es un diálogo supuesto. Es un diálogo con uno mismo, en realidad, por la propia soledad. El disco habla de la soledad y de la necesidad de cercanía, de traspasar fronteras para poder tener cercanía física con las otras personas. O, en este caso, con otra persona, por cuestiones amorosas, sobre todo en la parte final que ya abiertamente dice: «los días se acaban y no te puedo abrazar». Que era lo que ocurría realmente. Es muy hijo de esa época, el disco. Lo que pasa es que los temas que trata son bastante más.. de siempre.


Hay muchas relaciones además entre las canciones de unas a otras. Hay personajes que aparecen en una y luego en otra… Por ejemplo, hay un personaje que aparece ahí retratado como un puto canalla de verdad en ‘Yo que te he visto’. Pero si te fijas, sale tanto en la situación de sospechoso habitual que aparece en la barra, como también desde la primera persona hablando de sí mismo de una forma mucho más amable. Pero en el fondo es la misma situación, el mismo personaje.

Esa es la canción más concreta de todo el disco, porque da la sensación de que estás retratando a alguien específico. Cuando le dices: «tienes un cargo en el partido bisagra» sí parece un personaje con nombre y apellido.
No, lo que pasa es que es más literario hacerlo así: cerrar una historia, pintar un personaje mucho más concretamente. Pero habla de un tipo de gente que incluso nosotros mismos podemos haber sido en algún momento: en el suelo a gatas y predicando absurdos. Esta canción es la más tangencial en cuanto a temática del disco. Está también compuesta en esa época y está inspirada en esa situación que había de hedonismo macarra y un poco terminal. Por eso retrata a ese tipo de personaje.

Cuando pintas el personaje al final sacas de varios personajes y lo concretas en uno. Y lo de partido bisagra… ¿habla de Ciudadanos?
No realmente. Partido bisagra para mí son todos. Soy anarquista. Sí que tengo filias y fobias, pero todos me parecen bisagra, me parecen trampolín. Me parecía que redondeaba el personaje, más que nada.


Iba a preguntar sobre lo de titular el disco ‘Más allá’, que me parecía muy irónico, en plan «hemos vuelto del más allá».
En cierto modo va por ahí también, como más allá del tiempo: “¡Los Surfin’ Bichos han vuelto del más allá! «¿Pero no se habían muerto estos»? (risas).

El arte de Joaquín Reyes también juega mucho con este concepto. En la portada parece que te estés encontrando a la niña de la curva…
¡En el fondo es su amor! Y es la mujer invisible también, que eso es como una especie de superheroína. O superhéroe, mejor dicho. La superheroína sería el fentanilo, más bien (risas) . Se dice que el fentanilo es no sé cuántas veces más potente que la heroína. ¡No lo he probado!

Y volviendo al arte. Joaquín, sin hablar mucho con él ninguno del grupo de lo que era el concepto del disco, lo pilló de una forma muy sorprendente. Eso me pasó cuando trabajaba en Chucho con Aramburu. Lo que hacía era siempre un shock, como una vuelta de tortilla creativa que te estaba diciendo más de lo que tú estabas diciendo incluso. Y esto me ha pasado con lo de Joaquín también. Guardando además esos guiños a los contenidos… Me parece muy guay. Y ese punto que tiene además de cómic, cuadra mucho, porque son pequeñas historias. Estamos muy contentos con el arte.

En cuanto al sonido, no sé hasta qué punto lo podemos comparar con los discos clásicos de Surfin’ Bichos, porque al fin y al cabo, hace ya 30 años de ‘El amigo de las tormentas’… Aunque vosotros siempre habéis tenido una vena pop, ahora se nota aún más pop, incluso muy de pop sofisticado en algunas canciones, sobre todo en ‘El caballo del mar’ o las trompetas de ‘El baile del más allá’.
A todos nuestros discos de les pasa eso. Tienes la noción de que es algo más visceral, porque es lo que te queda al final, porque hay una sensación punki por nuestra raíz, por la música que nos marcó. Antes hablábamos de que nuestros discos marcarían a gente en su infancia y juventud. A nosotros nos pasó con el punk, eso es lo que te conforma. Entonces, es lo que sale. O nuestro propio carácter es así, ese punto visceral siempre lo hay. Pero en el fondo, como tú dices, si lo escuchas es mucho más pop, está mucho más modulado. Hay canciones muy tranquilas en todos los discos. Por ejemplo, arreglos de metales también hay en casi todos los discos de Surfin’ Bichos. En ese sentido, guarda mucho una relación estética con los de la época, sin pretenderlo. Porque una cosa que decidimos, esto sí que fue consciente, fue: si grabamos otro disco juntos, va a ser un disco de Surfin’ Bichos. Ahora mismo, con lo que hemos aprendido en todos estos años, podríamos haberle dado una vuelta de tuerca, haber sonado a una cosa totalmente diferente, haber hecho trabajo previo en casa… Pero decidimos que fuera lo que era: yo grabo las canciones con la acústica, cada uno se las escucha, las asume, saca sus partes, sus movidas… Y luego vamos a juntarnos a hacer cinco o seis ensayos ya directamente en el estudio y grabamos inmediatamente. No queríamos darle vueltas. Luego te das cuenta de que es precisamente para preservar la frescura. Lo veíamos natural, lo que siempre habíamos hecho. Aun así, todo lo que hemos hecho en este tiempo, todos los discos que hemos grabado, cada uno por nuestra cuenta, nuestra experiencia como músicos hace que esa versatilidad te sea más fácil de alcanzar ahora.





“Era fácil traicionar las expectativas»


La carrera post Surfin’ Bichos abarca muchísimo más tiempo que la del grupo. Además son carreras muy sólidas. La tuya, con Chucho y en solitario, Joaquín, Carlos y José Manuel montaron Mercromina, y luego uno por solitario, los otros con Burrito Panza.
El hecho de que nos hayamos mantenido en activo, activamente en activo, valga la redundancia, ahora es muy importante, se nota mucho en el disco. Yo creo que si nos hubiéramos dedicado a otras cosas, aunque hubiéramos seguido haciendo música en casa e incluso grabando, no habría funcionado igual. Pero el hecho de estar activamente tocando en directo y haciendo entrevistas… ¡estar en activo en la música, en el diálogo con la gente! Te mantiene un pulso que es el que ha permitido, por ejemplo, que este disco respire como respira. En cierto modo es como si no nos hubiéramos ido. Y hace 30 años ya.

La primera canción que sacasteis es ‘Máquina que no para’, que es un poco una declaración de principios.
Lo que te decía antes: de lo particular a lo general. Es una canción de amor, en realidad. Todo lo que dice es cierto. Todo lo que narran las estrofas es cierto. Luego en los estribillos se suelta y llega incluso a lo existencial (risas), a «el más allá no existe, pero me da igual. Voy a quedarme a mirar. Voy a mirar la vida, pero no ver la vida pasar, sino ver la vida ocurrir”. Es una canción de amor que parte de una situación real, pero tiene la doble lectura de máquina, que no para de funcionar, de hacer canciones, tanto Surfin’ Bichos, como yo, como Joaquín, como Carlos y José Manuel. Te voy a decir una cosa muy, muy rockera, en el buen sentido: que Carlos y José hayan seguido tocando juntos, bajista y batería…

La base rítmica es importante.
Exacto. Eso es lo rockero que iba a decir (risas).

Me he adelantado, lo siento.
O sea, eran la sección rítmica de Surfin’ Bichos. Lo fueron de Mercromina después, continuaron siendo la base rítmica en Burrito Panza, en las giras de reunión de Surfin’ Bichos también… Y ahora voy a decir ya la cosa rockera del todo: es el motor del grupo. Se notan estas cosas, hay una especie de empaque ahí. Contar con esta gente es un lujo.

Y la frase que has dicho que es de que está basada en hechos reales, que me hace mucha gracia: «no quiero que te gusten mis canciones, quiero gustarte yo».
Totalmente cierto. En todas las canciones, una gran parte de lo que se dice es verdad, es realidad. Y esta es una. Es una canción de amor de algo que me ocurrió completamente así.

Hay una canción, que a lo mejor me vas a decir que me equivoco completamente, que es ‘Tu propia Navidad’, que me recuerda mucho a El niño gusano.
No es que te equivoques, ¡para mí eso es un piropo que me acabas de soltar!

La letra, la melodía y todo me parecía un homenaje al grupo.
No lo era, al menos conscientemente, pero es un halago. Esa canción también parte de un hecho como el que se relata. Yo me acuerdo que tuve un concierto a finales del año 2020 en L’Hospitalet, antes de Navidad, en la Sala Void, lo que era el Depo. Un concierto yo en acústico y tal, con mi salvoconducto, porque había que ir con salvoconducto para poder ir a los sitios. Y aquello que ya volvía a mi casa del pueblo, y me llama Eloy Bernal [Gúdar, Hibernales, Neleonard]: «Fernando, la camarera del Void ha dado positivo y tendrías que hacerte la prueba». Y fui y di positivo, que no tuve síntoma ninguno, pero me confinaron todas las Navidades. Y todo fue exactamente así: mis chuletitas y mi botella de vino. Un amigo me envió a la casa del pueblo una caja de vinos poco antes, sin saber que me iban a confinar.

Mi propia Navidad, Nochebuena y mi propia Nochevieja ocurrieron así. Lo de las velitas no, es una forma de vestir la movida. Pero claro, como decía, de lo particular se pasa a lo general. ¿Y si el cambio climático resulta que estamos confundidos y en realidad, finalmente, por un giro de los acontecimientos, resulta que es para bien y nos mejora todo? Entonces Dios se estaría riendo de nosotros, porque nosotros sufriendo y sufriendo… Y esa es un poco la idea. Es una canción en la que la anécdota está llevada al extremo. Por cierto, lo de las chuletitas, si de postre pueden ser chuletas, también es una anécdota que ocurrió a un sobrino mío que es de comer bien. Fuimos a comer chuletas a un sitio donde las hacen de puta madre en Ayna, el pueblo donde se rodó ‘Amanece, que no es poco’, que está a 15 kilómetros de mi pueblo, donde yo estaba encerrado… Fuimos ahí a comer. Y entonces a él le gusta mucho la comida-comida. Nos tocaban X chuletas de cordero a cada uno. Él se come las suyas y viene el camarero: «¿y de postre qué van a desear?» «¿De postre puede ser chuletas también?». Y me dije «¡esto lo tengo que meter!». ¡Porque me emociona!

¡Es como lo de «y para beber, albóndigas» de los Simpson!
Entonces era “voy a extremar la anécdota, sacar una lectura”. Porque entonces era el retrato de la soledad absoluta.

No sé si por el hecho de haber estado en tu casa así, casi aislado, está ‘Lotus Europa’, que habla de Baroja, de Valle-Inclán y parece que estés narrando un viaje. Pero en un mundo que ha muerto. ¿Va sobre la España vaciada? Es un tema que curiosamente también tratan Cala Vento en su último disco.
Es la idea de un mundo ya muerto. Hablo de Baroja y Valle-Inclán, en plan puros ejemplos de lo que es una cultura que ya tenemos enterrada. La cultura de nuestros ancestros inmediatos, que era otra y era diferente. «La sangre roja ya no se puede encontrar». Era otro tipo de cultura, que, al igual que muchas cosas, las hemos perdido para bien: el trato a nuestros semejantes o en cómo la sociedad trata a los más desprotegidos, hemos mejorado en eso. Es una cultura que hemos perdido, que es el mundo muerto ya, del que yo quería hablar, que lo puedes encontrar cuando abres un libro, vuelves a leer y recuperas lo que era. Y la reflexión es: la gente que hacemos cosas creativas, en el fondo tenemos una motivación, aunque sea oculta, de dejar huella. Huella para el futuro. Pero plantea un futuro en el que no hay nadie que recoja esa huella. Lo dice de hecho literalmente la canción: «Y nadie se va a encontrar esto que estoy escribiendo, porque va a ser un mundo muerto». Un mundo que es un pueblo fantasma. Y ahí volvemos a la anécdota.

Yo estaba ahí, en el pueblo, en pleno confinamiento. En las zonas rurales, en esos momentos, de repente lo que hubo fue la imposición de un silencio. Eterno. No pasaba un coche por las carreteras. Te asomabas y veías la nada absoluta. A lo mejor algún helicóptero de la Guardia Civil, cosa que era más alarmante todavía. Pero muy rara vez. Lo normal era el silencio absoluto. La gente estaba encerrada en su casa y de repente, unas campanadas como de muertos. Y yo: «¿quien está llamando a muertos?. ¿Quién está llamando a la gente a misa si todo el mundo está encerrado?». Era un choque. Y me di cuenta de que era, como dice la canción, el reloj del ayuntamiento, que tiene sonido de campanas y que estaba desactivado hasta entonces y alguien lo activó de nuevo. Y por eso dice textualmente: «es el reloj del ayuntamiento, que sigue todavía despierto». Para dibujar el cuadro de lo que está contando la canción, que el diálogo entre lo que se supone que es la cultura, que es un diálogo con los coetáneos, un diálogo hacia el futuro también, un futuro que… En el fondo, es una reflexión: ¿va a haber un futuro? ¿Queremos que lo haya? ¿Queremos dejar algo?





«La gente que hacemos cosas creativas, en el fondo tenemos una motivación, aunque sea oculta, de dejar huella»

Y hablando de futuro… ¿Os habéis planteado un futuro de Surfin’ Bichos de nuevo? ¿O de momento se queda en esto y ya veremos?
No te lo voy a decir porque lo quiera ocultar, sino porque realmente no lo sé. No lo sé ni lo sabemos, porque hemos decidido no hacer ese planteamiento. Hemos decidido hacer ese disco, vamos a ver qué pasa. Si funciona bien en el sentido personal, que es la motivación principal. Si no nos acompañan los astros, no seguiremos. Lo hemos dejado abierto nosotros mismos. Final abierto.

¿Y conciertos y giras? No me ha parecido leer nada, pero supongo que algo habrá.
Cerrado solo tenemos el de La Paqui en Madrid el 18 de mayo. Por cierto, sobre este concierto: cuando nos juntamos los cuatro nos dijimos «hay varias canciones que molarían que tuvieran coros», y pensamos en Isabel [León]. Se lo dije y contestó: «Vale. Envíame las canciones. Si me gustan las haré. Si no, no. Pero no pienso actuar en directo». Y las grabó. A ella nunca le gustó tocar en directo. Ni siquiera entonces. Y ahora me dijo que ni de coña. Pero como en directo no vendrá, los coros en el concierto de la Paqui los hará Lea Leone, que es nuestra hija común (tenemos a Lidia y a Natalia. Natalia es Lea Leone). Va a sacar un disco en Subterfuge ahora. Ella dijo: «¡Hago yo los coros!». Tiene un arrojo que yo nunca tuve. El que le lleva a salir ella sola con la guitarra acústica a cantar su repertorio. Yo eso tardé… pues empecé en el 88 con Surfin’, el primer acústico solo lo hice en 2004. Tardé 16 años en atreverme a salir solo. En cambio ella…

¿Y habéis vendido muchas entradas ya?
Te confieso que no tengo ni idea de lo que se ha vendido. Cuando nuestro manáger nos envía información le digo «¡que no me envíes, que no quiero saber cuántas entradas se han vendido! Pero es que me ha pasado toda la vida. Que no me digas lo que he vendido. Que me da igual.

Y en principio este año estaba previsto festivales o eventos varios y luego hacer una gira por salas. Al final lo haremos al revés. Primero gira por salas y ya el año que viene, si tienen a bien festivales con buen gusto llevarnos, encantados, pero que en principio el objetivo es hacer una gira por salas. Nuestro público natural es más de ir a una sala a vernos, que a un festival con 400.000 grupos o así. Ya te digo, lo retomaremos ya a partir de septiembre.

O sea, ahora descanso. ¿O descanso relativo?
¡Mi alma nunca descansa! (risas) No, yo sigo con conciertos y movidas. No puedo parar. Supongo que como todos. Hay que multiplicarse mucho más que antes.

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