«En Lilith Fair tocaron todas las artistas que admiro, y jamás había oído hablar del festival»

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«En Lilith Fair tocaron todas las artistas que admiro, y jamás había oído hablar del festival»

En los compases iniciales de ‘Lilith Fair: Building a Mystery’ se ven clips de Instagram en los que diversas fans de la música expresan su sorpresa por acabar de descubrir la existencia de este festival itinerante que se celebró durante tres años a finales de los 90. Al final aparece Olivia Rodrigo diciendo: “Tocaron todas las artistas que admiro… y sin embargo no había oído hablar jamás del festival. No me lo podía creer”.

Verdaderamente es un misterio cómo ciertos eventos culturales importantes pasan a la historia y otros parecen esfumarse sin dejar rastro. Uno de los propósitos de este excelente documental aparecido hace unos meses (disponible en Disney+) es precisamente analizar el porqué. Y no hacemos spoiler si decimos que el ser un festival organizado y promovido por mujeres, cuyo objetivo principal fue el impulsar a artistas femeninas, tiene mucho que ver con esa amnesia. Lo cual no quiere decir que en su momento no tuviese impacto mediático: en los años en los que se celebró recuerdo menciones a Lilith Fair incluso en la prensa musical española, por ser algo realmente novedoso en una década –no lo olvidemos– en la que hubo una explosión de artistas mujeres sin precedentes en las décadas anteriores. Una explosión que inició un proceso transformador en la industria y la cultura, impulsado en buena parte por la aparición de Lilith Fair.

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La película plasma ese movimiento de manera excelente, partiendo de un ambiente cultural y social flagrantemente discriminatorio: ¿sabías que hasta los 90 la mayoría de las radios no ponían seguidas dos canciones de artistas femeninas? Los directores de programación lo prohibían. ¿Que los promotores desaconsejaban las giras colectivas compuestas por más de una mujer? (tildados despectivamente de “pussy package”). Pues en ese contexto la película nos presenta la figura de Sarah McLachlan, cantante canadiense impulsora del festival, cuya carrera iba en ascenso a nivel mundial conforme avanzaba la década (en España ya sonaba en Radio 3 en 1992).

Para 1995 Sarah había vendido medio millón de discos en los EE.UU., un éxito rozando el mainstream que –para su desagradable sorpresa cuando empezó a hacer promoción en aquel país– la industria quiso impulsar a base de sugerirle que perdiese peso y no girase con otras mujeres. Decidida a hacer todo lo contrario, Sarah montó una gira con otra estrella en ascenso, Paula Cole, que resultó un sonoro éxito. Como cuenta Cole en el documental, en esa serie de conciertos percibieron una euforia especial en el público, aparentemente sediento de ver a artistas mujeres actuando juntas, un cierto zeitgeist que muy hábilmente supieron captar y que les hizo lanzarse a probar un cartel más potente al año siguiente, 1996. A modo de experimento organizaron una corta gira en la que McLachlan y Cole añadieron a Suzanne Vega, Patti Smith, Aimee Mann y Lisa Loeb.

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El nuevo éxito de la experiencia confirmó que la idea tenía un enorme potencial, y Sarah se lanzó junto a su fiel equipo de management a montar un festival itinerante a lo grande para el verano de 1997. Sorteando la oposición de su sello discográfico, la incomprensión de los promotores y la estupidez de los sponsors (una empresa de agua embotellada rehusó patrocinar “porque nos centramos en el público masculino”), el primer Lilith Fair fue un sensacional éxito, con un impresionante cartel a lo largo de 35 ciudades que incluía a Fiona Apple, Suzanne Vega, Meredith Brooks, Tracy Chapman, Mary Chapin Carpenter, Patti Smith, Shawn Colvin, Aimee Mann, Sheryl Crow, Indigo Girls, Emmylou Harris, Jewel o Lisa Loeb y un equipo técnico y de roadies con presencia femenina sin precedentes.

A lo largo de la hora y media que dura el documental escuchamos testimonios sobre lo que significó el festival para las fans que encontraron en él un espacio seguro, no misógino, donde disfrutar de la música. También oímos a las artistas explicar lo que significó para ellas participar: a nivel comercial (Jewel cuenta que pasó de vender 2.000 discos en un año a vender un millón en un mes) pero sobre todo a nivel de experiencia comunitaria transformadora, un colectivo de mujeres viajando juntas todo un verano y peleando por sacar adelante una propuesta muy radical para la época, con un componente reivindicativo y político más atrevido de lo que la música pop y folk del festival podría indicar.

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Pero hay más que testimonios. Uno de los éxitos de la película es el impresionante tesoro de imágenes de toda la gira: sobre el escenario, en el backstage, entre el público, en las oficinas de la organización… la periodista musical Jessica Hopper (autora de la semilla original de este documental, una historia oral de Lilith Fair para Vanity Fair publicada en 2019) es también productora del documental, y comentaba en una entrevista reciente que el momento clave del documental fue cuando descubrieron esas 600 horas de vídeo que los organizadores habían grabado y archivado pacientemente a lo largo de los tres años de esta aventura. En los planos escogidos para la peli es increíble poder ver a Aimee Mann, McLachlan y Lisa Loeb sentadas en un sofá charlando y riendo, a los organizadores bailando dentro de un autobús tras los conciertos, a Sheryl Crow actuando con su ídolo Bonnie Raitt, o a las irrepetibles Indigo Girls liando a todas las artistas para cantar juntas sobre el escenario al final de cada noche, en lo que Sarah denomina en un momento del documental como “la mejor droga del mundo”.

La idea de que los hombres no escuchaban a estas artistas es una patraña

Las imágenes del público son otro de los tesoros: los estilismos, el ambiente de felicidad, todos esos planos de fans de la música con una sonrisa en la cara, bailando espontáneamente, algunas llorando por haber encontrado su lugar. La mayoría mujeres, pero también muchos hombres, algo que con la experiencia de la época puedo afirmar que no me ha chocado en absoluto: parece una obviedad decirlo, pero si tu afición por la música no estaba contaminada por ideas retrógradas, en los 90 te gustaba la música sin atender a cuestiones de género: habiendo sido un gran fan Suzanne Vega y Sinèad O’Connor desde finales de los 80, y a lo largo de los 90 sucesivamente de las Indigo Girls, 10,000 Maniacs, Mary Chapin Capenter, Aimee Mann, Juliana Hatfield, Emmylou Harris o Lucinda Williams (todas ellas artistas que participaron en el festival) asistir a este festival habría sido un sueño para mí. Como comenta la autora Andrea Wariner en el artículo de Vanity Fair, “a mediados de los 90 las mujeres superaron en ventas a los hombres. La idea de que los hombres no escuchaban a estas artistas es una patraña”.

Y al igual que el documental desmonta ese mito, dirige el foco hacia otras diversidades. Su directora Ally Pankiw es queer y pone especial atención por ejemplo en lo que Lilith Fair significó para la comunidad LGTB+. Vemos a Brandi Carlisle contando su asistencia al festival siendo aún adolescente y describiendo la sensación de libertad, de inclusión, y lo importante que fue para ella la experiencia, igual que las Indigo Girls como artistas participantes.

Y conforme el documental narra las ediciones de 98 y 99 vemos cómo ese interés por la diversidad se extendió también a otros ámbitos: si bien la inmensa mayoría de las artistas eran blancas, en cada nueva edición se fueron incorporando artistas más diversas, incluyendo géneros como el country o la música negra y urbana, que hasta entonces en los 90 no habían tenido apenas cabida en los festivales. Sin ir más lejos, el primer concierto de la carrera de Missy Elliott tuvo lugar en el Lilith Fair de 1998. También Nelly Furtado, Dido o Christina Aguilera dieron sus primeros pasos en los escenarios más pequeños del festival.

El documental deja constancia además de los problemas políticos generados por la parte solidaria de Lilith Fair: una de sus rompedoras ideas fue donar un dólar por cada ticket vendido a causas benéficas escogidas por la organización. En su mayor parte se trataba de ONGs de apoyo a mujeres maltratadas o planificación familiar, incluyendo organizaciones en favor del aborto, algo que en las ciudades del sur de los EE.UU. levantó ampollas y generó protestas, incluyendo amenazas de bomba y boicots varios. En un ejercicio de transparencia muy canadiense, Sarah MchLachlan concedía ruedas de prensa en cada nueva ciudad, en las que tenían que aguantar preguntas agresivas sobre estas cuestiones, además de los esperables comentarios misóginos e insolentes.

Lilith Fair representa el mundo que nos gustaría que existiese ahora

El epílogo es agridulce: Lilith Fair fue el festival de mayor envergadura de los 90, mayor que Lollapalooza o Monsters of Rock, y podría quizá haber continuado unos años más, pero el nivel de implicación de Sarah y su equipo les llevó a la extenuación al final del tercer año. Un verano que fue también el del infausto ‘Woodstock 99’, evento que mostraba la otra cara de lo que un festival podía ser, y que desgraciadamente marcó el inicio de la «bro-ificación» del rock alternativo a manos de Korn, Limp Bizkit, y compañía. Cuando al final del documental ves las imágenes de Woodstock se te cae el alma a los pies.

Antes de casi poder darse cuenta, el backlash contra Lilith Fair cayó como un losa: la industria seguía comandada por las mismas personas, y aunque muchas cosas cambiaron a mejor, para comienzos de los 2000 sellos y radios habían recatalogado a buena parte de todas estas artistas como AAM (Adult Alternative), relegándolas a medios y emisoras mucho más minoritarias, dejando el espacio de lo alternativo ocupado por artistas hombres de su misma edad o mayores. Todo esto coincidió también con la llegada del nuevo pop prefabricado de Britney Spears, N’Sync o Jessica Simpson, que muchas de las artistas vieron también como una reacción cultural en contra.

La impresión de que Lilith Fair fue una burbuja que duró tres o cuatro años para después ser pinchada por los poderes fácticos planea sobre los minutos finales del documental. Las artistas hablan de un final agridulce y enfurecedor que condujo a ese lento olvido en los años sucesivos, la amnesia de algo que fue prácticamente una anomalía. Sin embargo hay espacio para la esperanza: primero por el interés cada vez más creciente en lo que significó. Como explica muy bien Liz Phair, “la nostalgia actual es porque Lilith Fair representa el mundo que nos gustaría que existiese ahora”. Otras voces apuntan que ahora algo similar sería impensable, pero que a la vez sería más necesario que nunca en la actual coyuntura de rampante sexismo, homofobia y racismo.

Quizá a modo de esperanza, los planos finales de la película muestran imágenes de recientes y multitudinarios conciertos de Boygenius, Taylor Swift, Olivia Rodrigo, Beyoncé o Billie Ellish, sobre los que la crítica de música Ann Powers comenta que “el ambiente en estos lugares es el mismo que lo que se vivió en Lilith Fair, y lo que entonces se criticó del festival ahora está aceptado” y concluye que por fin se ha llegado a que en la música “la mujer esté en el centro de la cultura”. Si eso es realmente así, Lilith Fair sin duda contribuyó de forma muy importante. 8.

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