El talento de RAYE no cabe en el Palau, ni en un QR

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El talento de RAYE no cabe en el Palau, ni en un QR

En uno de los momentos más divertidos de la gira de RAYE, la artista británica muestra unas pancartas al público para provocar gritos y aplausos, reconociendo que intenta entretenernos mientras cambian el montaje del escenario, a pesar de que su propio equipo le ha advertido de que esta sección es «floja» (no lo es). Cuando gira la última pancarta, revela un código QR que dirige al pre-order de su nuevo disco, y señala entre risas que una sigue siendo “una artista independiente con un disco que promocionar”.

Que la nueva era de RAYE apuesta por la literalidad es evidente desde el título de su gira -This Tour May Contain New Music- y, sobre todo, desde el de su disco, ‘This Music May Contain Hope’, que parece comentar la propia música pop como producto envasado para el consumo. El concierto se comenta a sí mismo para subvertir las expectativas del público. “Ya sabéis que hay un bis”, declara RAYE al final; “¡siempre veis a los artistas abandonar el escenario y luego volver!”.

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El espectáculo juega con las expectativas desde el primer momento, cuando Rachel Keen es la primera persona que aparece en escena, en lugar de su banda, vestida con gabardina negra y gafas de sol para interpretar a una mujer solitaria -que está “muy soltera”- que camina “a través de la tormenta”, mientras una nube de atrezzo desciende sobre ella. La apertura con ‘Where Is My Husband?’ revela un diseño de escenario clásico, de inspiración Motown, que sitúa a RAYE al frente de una formación integrada por su banda, sus coristas y sendas secciones de viento y cuerda, conformando una suerte de orquesta de jazz reubicada en un recinto -el Palau Sant Jordi- donde, en principio, no debería funcionar, pero funciona.

La recreación de un directo de big band resulta impecable gracias a la calidad del sonido y a lo inusual de la propuesta, y alcanza su punto álgido con la escenificación de un club de jazz típico de los años cuarenta, al que el personaje interpretado por RAYE acude para ahogar las penas de su soledad. El espacio se recrea con mesas vestidas con manteles y lámparas distribuidas sobre el escenario. El ambiente es elegante y decadente, y en esta sección el disfrute musical es absoluto: RAYE canta ‘Fly Me to the Moon’ acompañada de vientos y cuerdas, y después introduce ‘Worth It’ con un precioso solo de su trompetista. La atormentada balada ‘Nightingale Lane’ es una de las varias canciones inéditas que se presentan en este tramo.

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RAYE se muestra pletórica -primero vestida de rojo, después de negro, siempre descalza porque dice que cantar con zapatos la distrae-, ya sea entregándose al scat singing, regalándonos momentos de comedia improvisada o abrazando el drama más intenso. Desborda simpatía y naturalidad y, por si no fuera suficiente placer oírla cantar cualquier cosa, se toma la molestia de crear nuevos arreglos para canciones antiguas que lo requieren, como ‘Flip a Switch’, sin privarnos tampoco de la estremecedora versión sinfónica de ‘Oscar Winning Tears’, que remata firmando el vinilo de un fan. Además, presenta una serie de temas inéditos que son un espectáculo en sí mismos, en especial la divertidísima ‘South London Forever’ y la exultante ‘Joy’, para la que cuenta con los coros de sus hermanas, Amma y Absolutely, que previamente han ejercido de teloneras.

Aunque RAYE ya nos había advertido de que se encuentra en su «era dramática», destaca en el repertorio el jazz dream-pop de ‘I Know You’re Hurting’, dedicado a todas aquellas personas que estén pasando por un mal momento, a quienes insta a “no rendirse”. Aquí adopta el papel de cantante omnipresente -muy propio de las vocalistas de su estilo- y, si hay un mensaje que repite durante el concierto, es el de expresar las emociones, pedir ayuda y ser conscientes de que los baches se pueden superar, de que hay luz al final del túnel. Ella lo sabe porque se atreve a interpretar ‘Ice Cream Man’ sola al piano, emocionándose en las últimas líneas, pero armada con la fortaleza necesaria para cantar en directo la “canción más triste” que ha escrito, sobre el abuso sexual que sufrió a manos de un productor.

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El mensaje de superación, aunque bonito, puede rozar el cliché en momentos puntuales, por ejemplo en la introducción de la curiosísima ‘Click Clack Symphony’, otra de las pistas inéditas -centrada en la depresión-, pero RAYE tiene el acierto de citar estadísticas que respaldan sus palabras. Cuenta que una «1 de cada 4 mujeres y hombres» han sufrido abuso sexual y que muchos no lo cuentan por miedo, y asegura a quienes hayan pasado por una situación similar, que no están solos. RAYE se convierte aquí en una artista con mensaje y algo que decir, más allá de sus desamores.

Precisamente en este punto del show el concierto vuelve a girar, recreando una discoteca moderna, un cambio de tercio anunciado de manera muy simpática, cuando en pantalla aparece el nombre de RAYE y la Y es sustituida por una V que genera la palabra «RAVE». El segmento queda raro por tono al principio, pero queda justificado por el juego de palabras y porque, al fin y al cabo, de algún modo ha integrar en el repertorio canciones como ‘Prada’, también muy queridas por el público. Y lo cierto es que resulta una sección muy divertida y el remate de los ritmos tecno combinados con las embestidas de viento y cuerda de la orquesta funciona de maravilla.

Tras el clímax con ‘Escapism’, presentada durante ese bis que ya esperábamos, RAYE se muestra agradecida por el apoyo de un público ya multitudinario, como demuestra un Palau Sant Jordi lleno. Se nota que quiere saborear cada segundo de este éxito que lleva años labrándose, después de que la industria no supiera apreciar su talento. Por suerte, ha sabido abrirse camino al margen de las multinacionales ofreciendo, también, un producto muy elevado. Puede divertir a lo grande mientras «busca a su esposo” (así lo dice en español), y, al mismo tiempo, defender con firmeza la dignidad propia frente a un sistema que normaliza el abuso. Sin duda, su música contiene esperanza.

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