Bad Gyal, una diva fría en el Palau al mando de su club privado

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Bad Gyal, una diva fría en el Palau al mando de su club privado

Bad Gyal me cae de puta madre, y esta es una afirmación que no oigo a menudo. Al contrario, no paro de escuchar que es borde, antipática y, sobre todo, que “no sabe cantar”. Los gatekeepers de la música quieren que solo escuchemos voces técnicas y perfectas, pero la historia se ha cansado de demostrar que el público no quiere solo eso. Tampoco queremos únicamente pop stars amables y risueñas, y Alba Farelo está muy lejos de ser la reencarnación de Betty Boop: su tipo de performance es fría, distante, casi incómoda. Sin duda, ha aprendido eso también de Rihanna.

Me costó entender que Bad Gyal era eso. Su cometido no es ejecutar la coreografía perfecta, sino escribir club tracks pegadizos y ser la representación misma de la chulería urbana femenina. Y esa chulería no está en absoluto reñida con la inteligencia emocional o incluso empresarial, que Farelo exhibe a menudo, y que es evidente si decides mirar a través de esa armadura defensiva que la diva de Vilassar de Mar parece ponerse muchas veces.

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Tampoco creo que el fuerte de Farelo sea tanto el directo como su capacidad para escribir bops brutales, pero desde hace un par de años empieza a ser evidente que sus conciertos están más elevados, sobre todo gracias a la incorporación de un cuerpo de bailarines espectacular que aporta donde Farelo quizá no llega tanto.

El concierto de ‘Más cara’ gira en torno a la figura de Bad Gyal y a sus bailarines, y se basa en una colección de hits de altura. Suman 13 personas (la mitad de bailarines hombres, la otra mitad mujeres, y la artista) en el escenario del Palau Sant Jordi este sábado, que no paran de bailar, aparecer, desaparecer, danzar unos con otros, en parejas, en grupos o en línea, con y sin Bad Gyal, y que aprovechan la escenografía al máximo, incluso involucrando cámaras que crean perspectivas específicamente pensadas para ser vistas a través de las pantallas, como la simulación de cunnilingus en ‘Sin carné’ de un bailarín a Farelo, o el momento del micrófono fálico de ‘Comernos’, con Farelo cantando tirada en el suelo mientras el bailarín la graba con una cámara de mano.

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El montaje de ‘Más cara’ simula un club de élite, con una sencilla estructura de cubículos o paredes que aparecen o desaparecen del escenario según la ocasión. Hay un sofá circular negro, una mesa de cristal de diseño, un candelabro… y poco más. El montaje luce algo parco teniendo en cuenta su concepto, pero Farelo saca provecho del espacio de diversas maneras: perrea agarrada a las enntradas, posa encima de la mesa exhibiendo su cuerpo de acero, en ‘Perro’ baila con un cuchillo y en ‘Última noche’ hace coreografía de suelo, creando formas geométricas con su cuerpo y los de sus bailarines.

Christian Bertrand

A veces las coreografías, como la de ‘Gatitas’, son un poco de “1, 2, 3”, pero Farelo lo compensa gracias a sus bailarines, a los que es un espectáculo ver, y que cuentan con varios momentos de lucimiento individual o grupal, entregados al performance de la seducción y el baile atlético. A su lado, el artista invitado, el rapero 8belial, pasa bastante desapercibido cuando sale al escenario, hasta en dos ocasiones. Al contrario que Bad Gyal, que cada vez que desfila de una punta a otra del escenario, es una diosa en la tierra. Sobre todo, el ritmo del show se mantiene dinámico, generando un entretenimiento constante, mientras las canciones van sucediéndose una detrás de otra.

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Este dinamismo solo se ve entorpecido por el mismo problema que ya acusaba el anterior show: esos extraños vacíos entre canciones o secciones, en los que Farelo aprovecha para cambiarse, descansar o ambas cosas, pero que pueden alcanzar varios minutos de silencio sepulcral en los que no pasa absolutamente nada en un escenario a oscuras. Estos vacíos ocurren desde el principio del concierto, llegando a suceder un par de veces antes incluso de que Farelo salga al escenario, y después se siguen encadenando a lo largo del espectáculo, dejando una sensación incómoda cuando el show pasa del todo a la nada.

Es uno de pocos peros que se le pueden poner a un concierto que te hace olvidar los 17 minutos de retraso inicial y que consigue que incluso las canciones de ‘Más cara’ que te generaban dudas acaben gustándote, resultando una colección de hits consolidados (‘Flow 2000’) y potenciales (‘Noticia de ayer’) envidiable. La colabo con Bad Bunny ya tarda.

Ya no vale tanto la pena destacar el delirio de ‘Fiebre’, la aceptación inicial de ‘Un cora y ya’, el hitazo que es ya ‘Choque’ o lo contundente que suena ‘Fuma’ en vivo, como subrayar el enorme valor de que Madame Bad Gyal ofrezca un show tan entretenido de principio a fin que se te olvida que no se ha dirigido al público en casi ningún momento. Solo al final reconoce que no es muy habladora (nos habíamos dado cuenta), pero que prefiere decir “lo esencial”: que nos ama. Y nosotros a ella.

Christian Bertrand

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