Siempre me ha parecido difícil explicar la música de Juana Molina: compleja, intrincada, llena de capas y recovecos, pero aun así accesible para quien la escucha con la mente abierta. Molina crea laberintos sonoros que se superponen y se entrelazan como rompecabezas imposibles. No existe música igual. Es, sin exagerar, una de las propuestas musicales más originales, peculiares, distintivas y molonas del pop contemporáneo. Lo es desde 1996, y lo sigue siendo 30 años después.
La que fuera humorista en Juana y sus hermanas, y después cantante de pop experimental comprometida con la investigación de su propio enfoque sonoro, despliega su proceso creativo en directo, donde Molina es su propio centro de operaciones (toca guitarra, teclado, sampler y loop pedal), acompañada únicamente por el batería Diego López de Arcaute. Molina no usa micrófono de pie, ya que no podría manejarlo, y lleva un micrófono de diadema a través del cual su voz se emite con un filtro metálico y distorsionado.
Al principio del concierto que Molina ofrece en la sala Upload de Barcelona -el segundo en la ciudad en una semana, tristemente el último de la gira- cuesta distinguir si la artista argentina está cantando en directo, dado el aparentemente bajo volumen de su micro y el mencionado filtro. Su voz casi se confunde con el resto de texturas instrumentales, pero esta es, lógicamente, una decisión estética deliberada. Obviamente, Molina canta en vivo mientras realiza diferentes operaciones musicales. El repertorio de ‘DOGA‘ (2025) compone el grueso del setlist, que incluye también cortes de ‘Halo’ (2017), ‘Wed21’ (2013) y ‘Un día’ (2008), y ninguno de los tres primeros.
Molina, en un principio en su típica pose hierática, se va soltando durante el concierto, quizá incapaz de resistirse al groove de sus propias canciones. Todo el set mantiene un ritmo intenso, de patrones metronómicos similares al krautrock, evidentes en ‘La paradoja’ y sobre todo en el explosivo y progresivo final de ‘Miro todo’; un género al que también se acercan los riffs de guitarra eléctrica que Molina toca puntualmente, algunos sampleados para añadir subtexturas adicionales. El arreglo de cuerdas y percusiones de ‘Caravana’ es especialmente bello.
Es fascinante ser testigo de la construcción de las canciones en vivo, en toda su complejidad, al mismo tiempo que sobre el escenario apenas ves a dos personas: Molina samplea su propia respiración en ‘Ay no se ofenda’, convertida en percusión; samplea también su voz cantando; los beats programados emitidos por las máquinas se acompañan, con un efecto hipnótico, de los golpes a los platos de Arcaute. Y cuando el público da palmas de forma rítmica en ‘One Day’, ya llegando al final del set, el sonido parece una capa más del abanico instrumental de Juana Molina, hasta el punto de que el público tarda en dejar de palmotear porque parece estar contribuyendo al concierto. Y el efecto funciona. Incluso se me pasa por la cabeza que Molina pueda samplearlo.
Con algún fallo de directo casi imperceptible, relacionado con la guitarra eléctrica -solo evidente para el público porque Juana Molina intenta resolverlo en directo mientras canta a través de su filtro vocal que está «teniendo problemas»-, Molina introduce la interpretación de ‘Desinhumano’ para contar que se encuentra vendiendo los 14.000 frames que componen el videoclip completamente hecho a mano de la canción. Todos ellos son encuadres únicos, claro: una apuesta por la artesanía y el mimo absoluto por la creación musical más individual y creativa, algo que también queda patente en su directo.

