El otro día acabé viendo la ceremonia en la que Miley Cyrus recibió su estrella en el Paseo de la Fama. Mientras la veía pensaba: ¿por qué sigo prestándole atención a esto? No recuerdo la última vez que comenté con alguien una ceremonia del Paseo de la Fama. Hace unos años estos homenajes parecían mucho más importantes de lo que parecen ahora. Y, aun así, aquí estamos, escribiendo sobre ellos.
Ahora que Karol G, Pedro Pascal, Lisa Kudrow, Nicole Scherzinger o hasta Linkin Park también tendrán la suya, queda claro que el Paseo de la Fama ya solo certifica carreras, más que consagrarlas. Miley llevaba más de una década siendo una de las artistas pop más importantes de su generación antes de que su nombre acabara incrustado en una acera de Hollywood.
Mucho ha llovido en los últimos 20 años. La atención ya no pasa por un único lugar y el prestigio se reparte entre decenas de escaparates distintos. La televisión perdió hace tiempo el monopolio de la cultura popular e internet distribuye nuestra atención entre la Met Gala, los Tiny Desk, Coachella, las portadas de Rolling Stone o un actor comiendo alitas picantes en Hot Ones. Ninguno de esos hitos determina por sí solo quién es una estrella, pero todos ayudan a construir esa imagen.
Y, sin embargo, el Paseo de la Fama sigue resistiendo y nosotros seguimos mirando. También porque estas ceremonias siguen dando pie a memes. Ahí está la imagen viral de Jennifer Lopez con un supuesto «ft. Pitbull» grabado en su estrella, un guiño al papel que tuvo el rapero en su resurrección comercial con ‘On the Floor’, o el vídeo de Mariah Carey posando con sus hijos sobre su placa. Hoy la noticia rara vez es la estrella. Lo es todo lo que pasa alrededor.
También resulta curioso que algunos de los artistas más grandes nunca hayan querido formar parte del Paseo de la Fama. Madonna rechazó su nominación en los 90 y Prince nunca mostró demasiado interés. Ninguno necesitaba una estrella para demostrar quién era. Y el propio sistema tampoco es tan romántico como parece: hay nominaciones, un comité que decide y alguien tiene que pagar la instalación de la estrella. El mito pierde un poco de brillo cuando conoces los detalles. Lo curioso es que sigue funcionando.
Será porque el Paseo de la Fama es uno de los pocos símbolos físicos de la cultura pop que nos quedan. En un momento en el que el éxito se mide en reproducciones, seguidores y tendencias que duran una semana, sigue teniendo algo especial que una carrera acabe resumida en un nombre grabado en el suelo. No cambia nada. Pero cuesta no mirar quién será el siguiente.
