‘Holy Motors’: o la amas o la odias

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‘Holy Motors’: o la amas o la odias

Todos los años hay una. Si en 2010 fue ‘Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas’ y el año pasado ‘El árbol de la vida’, este año la película-polémica de la temporada es ‘Holy Motors’.

Como toda obra radical, la nueva película de Leos Carax crea controversia y provoca reacciones extremas: o la amas y defiendes como si te fuera la vida en ello, o la odias y vilipendias como si no pudieras soportar su existencia.

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En mi caso, amo y odio ‘Holy Motors’.

Amo su valentía y su capacidad de riesgo. Después de provocar uno de los mayores descalabros financieros de la historia del cine francés con ‘Los amantes del Pont-Neuf’ (1991), y de tirar por tierra todo su prestigio crítico con ‘Pola X’ (1999), la forma que ha tenido de volver al cine Léos Carax es admirable. Ni un ápice de transigencia o acomodo. Se la ha vuelto a jugar, y ha ganado.

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Amo su singularidad. En un mundo donde los modos de representación cada vez son más uniformes, ya vengan de Hollywodd o de Irán, ‘Holy Motors’ supone una rareza a reivindicar y celebrar.

Amo su cinefilia. Su diálogo, más que homenaje, con la historia del cine. Desde los fascinantes experimentos cronofotográficos de Étienne Jules Marey con los que empieza la película, a la explícita cita a ‘Los ojos sin rostro’ (1959) con la que termina (incluyendo un agradecimiento a su director, Georges Franju, en los créditos finales).

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Amo el erótico baile con los dobles virtuales, la canción de Kylie Minogue compuesta por Neil Hannon (el líder de The Divine Comedy) y al personaje de Monsieur Merde, una suerte de Quasimodo del futuro.

Pero también odio ‘Holy Motors’.

Odio su extravagancia “autoral”. La calculada afectación, el forzado cripticismo y la irritante petulancia de quien quiere seguir siendo el enfant terrible del cine francés.

Odio su prólogo. Protagonizado por el propio Léos Carax, es como una versión barata de Lynch, pero sin su humor surrealista ni su capacidad para provocar misterio.

Odio su tufo a performance callejera. Ese discurso del “actor sin público”, del acto puro de interpretar en un mundo de cámaras invisibles, el arte por el arte, por “la belleza del gesto”…

Odio la conversación entre limusinas. Ni es ocurrente, ni graciosa, ni elocuente, ni necesaria. Es, eso sí, el mejor ejemplo del primero de mis odios descritos.

En fin, amo y odio ‘Holy Motors’. 6.

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