Camilo Sesto, un superdotado compositor, intérprete y productor, desfigurado por su propio ego

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Camilo Sesto, un superdotado compositor, intérprete y productor, desfigurado por su propio ego

Los homenajes y palabras de cariño hacia Camilo Sesto, fallecido ayer domingo a los 72 años a causa de un fallo renal, se suceden en los medios de comunicación y redes sociales, que lo califican como uno de los más grandes artistas españoles de la canción. Pero también muchos se regocijarán al decir, secreta o públicamente, que era poco menos que un “one-hit wonder”, que apenas destacó por el himno de karaokes ‘Vivir así es morir de amor’, y se quedarán con la imagen de freak que se proyectó de él en la televisión española a través de ‘¡Al ataque!’ de Alfonso Arús y la malévola incursión en su famosa casa de Torrelodones de Javier Cárdenas. No podrían estar más desacertados.

Cierto es que Camilo Blanes, nacido en el seno de una familia humilde de Alcoy (Alicante) en 1946, contribuyó a esa idea con sus excentricidades, propias de una estrella de otra era. Por ejemplo, en el retrato que ofrece de él el compañero David Saavedra, que le entrevistó para El Mundo en 2010, habla de él como un niño grande enclaustrado en una mansión llena de espejos, “recordando sus glorias pasadas con una modestia quizá no tan falsa”. “Un poco Michael Jackson, un poco Fantasma de la Ópera, pero con un punto al tiempo muy cañí”. Pero no deja de ser una pena que esa decadencia exhibida a la vista de todos empañe el recuerdo de una carrera artística que no solo cosechó un éxito descomunal –las ventas globales de sus álbumes se estima que superan los 120 millones de unidades– sino que sirvió para mostrarle como un superdotado compositor, intérprete y productor, sin igual entre los cantantes melódicos de su época.

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Blanes comenzó prestando su voz y sus canciones al furor del rock and roll y lo yeyé, primero en un grupo de su Alcoy natal, Los Dayson –con los que hacía versiones de las canciones de moda en bodas, bautizos y comuniones–. Pero ni el apoyo de una pandilla de delincuentes juveniles del distrito de Usera llamada Los Ojos Negros –por “bizarro” que suene, esta es una historia real– logró que triunfaran en Madrid. Cuando sus compañeros regresaron a Alicante, Blanes optó por sumarse a Los Botines, un grupo beat ya de capa caída. En todo caso, su paso por este grupo contribuyó a su aparición en la película juvenil de Pedro Lazaga ‘Los chicos del Preu’, en 1967, donde compartió cartel con la entonces estelar Karina.

Tras hacer la mili en Almería, Sesto volvió a Madrid y logró que Juan Pardo impulsara su carrera como cantante al componer para él las canciones de su primer single como Camilo Sexto. ‘Llegará el verano’ se publica en 1970 y supone un estrepitoso fracaso, para enfado del sello Movieplay, con el que no llega a un acuerdo ni para acudir a Eurovisión ni para conservar su “apellido” tras su marcha. Él, como explicó después, decidió que Sesto era perfecto, dado que el de la x era un sonido del todo exótico para el español medio de la época. Con ese nuevo nombre debutó en Ariola con ‘Buenas noches’, una adaptación de Pardo de la popular ‘Canción de cuna’ de Brahms, que por fin logró cierto éxito.

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Enseguida, en 1972, llegó su debut ‘Algo de mí’, producido por el miembro de Los Brincos y Juan y Junior y el cual alternaba composiciones ajenas con otras propias que daban la medida de su talento, entre ellos el inmortal tema que abría y daba nombre al álbum, con ciertos ecos de la grandiosidad de Brel. ‘Solo un hombre’, editado el mismo año y de nuevo con producción de Pardo, redobló su popularidad: no solo con la increíble ‘Amor… amar’ –co-escrita con Lucía Bosé–, sino también con producciones y arreglos alucinantes como los de ‘Fuego’ o ‘Fresa salvaje’, en las que Camilo ya mostraba del todo el increíble poder de su voz, con una tesitura interpretativa –tendente a lo excesivo, con esa gestualidad incontenible, casi cómica– que le distinguía de una pléyade de cantantes melódicos que solo podían admirarle desde abajo.

La década de los 70 fue un auténtico desenfreno creativo y comercial para Sesto, quien publicaría como mínimo un disco cada año, convirtiéndolos todos en éxitos –también en Latinoamérica–, de ‘Algo más’ a ‘Horas de amor’ pasando por el muy reivindicado ‘Sentimientos’. Discos repletos de canciones que se debaten entre el histrión (‘Solo tú’, ‘Y… no’) y lo sublime (las más: ’Melina’, ‘Con el viento a tu favor’, ‘Piel de ángel’, ‘¿Quieres ser mi amante?’, ‘La culpa ha sido mía’) pero que hoy siguen sonando increíbles en las producciones y arreglos de Juan Carlos Calderón, Teddy Bautista y, ojo, el propio Blanes, una faceta poco mencionada en él. Producciones, en definitiva, que no tienen nada que envidiar a Burt Bacharach. En medio de ese huracán, en el año 1975 se empleó en uno de los episodios artísticos más memorables de su carrera: la adaptación y representación del musical de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice ‘Jesucristo Superstar’.

Y es que, en los albores de la muerte de Franco, Sesto arriesgó su imagen y su dinero (él financió la superproducción) al estrenar en un teatro de la Gran Vía esta ópera-rock que rechazaban los sectores de la sociedad más desesperadamente reaccionarios y anclados en el franquismo. Con Teddy Bautista como Judas, Ángela Carrasco como María Magdalena y él mismo en el papel de Jesús de Nazaret, la representación y el álbum que lo acompañó fueron un triunfo incontestable pese a la polémica alrededor, que además apuntaló el aura de Camilo como un artista arriesgado. Un icono del underground español como Javier Corcobado reivindicó en los 90 su monumental ‘Getsemaní’ junto a Manta Ray, poniendo en valor su figura ante un par de generaciones posteriores como algo más que un hortera romántico.

Y es que esa etiqueta fue la que, con la llegada de la nueva ola posterior al punk que vivió nuestro país en los 80, se le atribuyó a Camilo Sesto en adelante. Y, en buena medida, justamente, porque aunque aún lanzó fabulosos melodramas románticos como ‘Perdóname’, ‘Quererte a ti’, ‘Vivir sin ti’, ‘Te amo’ o ‘Ven o voy’, no supo adaptarse a los tiempos ni renovarse lo más mínimo, al contrario de lo que sí han sabido hacer con mejor tino Raphael o Julio Iglesias, los dos grandes nombres de la canción melódica española con los que hay que equipararle. Pese a eso, su capacidad de atracción permanecía intacta fuera de nuestro país, llegando a ser número 1 de la lista Billboard Latin en 1991 con ‘A voluntad del cielo’ –algunas fuentes le atribuyen 22 millones de copias vendidas y estuvo nominado a un Grammy–, y una delirante y barroca ‘Amor mío, ¿qué me has hecho?’ que permaneció 9 semanas en el número 1 de Hot Latin Songs pese a pasar inadvertidos, disco y single, por aquí. Tres años después anunciaba su retiro de la música –no duraría mucho: tres años después volvía a actuar– para recluirse en su casa de Miami y cuidar de su hijo Camilín.

En algún momento de esa etapa llegó una aparente desconexión de la realidad, quizá enfatizada por esa voluntad de mostrar su decadencia, cayendo en el despiadado e insaciable circo de la prensa del corazón, convirtiéndose (o viéndose forzado a convertirse) en una caricatura de lo que fue. Él siguió intentando mantener su relevancia: en 1999 se embarcaba en otro musical de Lloyd Webber, ‘El fantasma de la ópera’, en principio menos exitoso que ‘Jesucristo Superstar’. En Wikipedia se dice que ‘Alma’, el disco que en 2002 recogía algunas de sus canciones –por problemas legales no pudo editarse oficialmente el álbum de la obra teatral– aderezadas con un remix de ‘Fresa salvaje’ y el ínclito ‘Mola mazo’ –hoy reivindicado como un guilty pleasure, que bien podría encajar en un repertorio de Fangoria–, vendió 12 millones de copias en todo el mundo por sus dos ediciones, si bien no hay datos fiables que sustenten esa afirmación.

Fue su último disco de estudio oficial. Desde entonces, se han publicado diversos recopilatorios –el último, ‘Camilo Sinfónico’, el año pasado, con duetos junto a Marta Sánchez, Mónica Naranjo, Pastora Soler y Ruth Lorenzo– y directos, como el que registraba su supuesta última actuación (hubo más en años posteriores) en el Palacio de Congresos de Madrid, en 2010. Entre otros lanzamientos curiosos, el año pasado Guille Milkyway (La Casa Azul) tenía la oportunidad de acceder a los másters originales de ‘Vivir así es morir de amor’ para remezclar la canción, detallando con profusión la grandeza de su creador. Una grandeza que posiblemente no se le reconoció suficientemente en vida, como tantas veces nos sucede, empeñados como estamos en destronar a cualquiera que alcance la cumbre tan rápidamente como le elevamos allí. Al menos Camilo ofreció resistencia y, en su palacete de Torrelodones y en las mentes de sus innumerables fans, ha estado siempre en lo más alto.

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