La música de Caroline no solo va sobre conectar con las emociones o sobre el mero hecho de experimentar, sino también sobre el propio proceso de creación musical. Este concepto cobra vida en directo, una frase que puede sonar a cliché, pero que resulta especialmente significativa en este contexto. En un concierto de Caroline, el público es testigo de la construcción de las canciones en tiempo real, mientras sus ocho integrantes hacen auténticos malabares con sus variados instrumentos y voces.
Hablamos de la típica configuración de banda de rock -guitarra eléctrica y acústica, bajo y batería-, pero también, por ejemplo, de una inusual mezcla de violín y autotune, de guitarra y trompeta, de saxofón y ruido electrónico, o de voces que susurran en un instante y, al siguiente, gritan desesperadas tratando de hacerse oír a través de un ensordecedor muro de sonido.
Su insólita mezcla de post-rock, bucólico folk, música de cámara, drone y voces pitcheadas hasta el extremo, como la expuesta en el disco que presentan, ‘caroline 2‘, va tanto de tensar la emoción como de saborear el silencio, como de explorar el sonido en sí mismo, indagando en timbres y texturas instrumentales -como los de ese saxofón de intensos graves o ese chirriante violín- que a veces no son los esperados.
Dispuestos en el escenario de la sala Upload de Barcelona, donde han actuado este martes con todo agotado, en una especie de semicírculo, los ocho miembros de Caroline son capaces de observarse tocar unos a otros, entrando en diálogo. Jasper Llewellyn es el vocalista principal, pero cada miembro tiene también su momento de protagonismo musical o vocal. Cuando observas a un integrante tocar a tu izquierda, de repente entra una voz o una nota de saxofón por la derecha.
Es fascinante verlos en acción, sobre todo porque sus canciones ya parecen crearse en el momento en sus propias grabaciones, pero precisamente ese es el truco que se revela en directo, ya sea en la emoción desnuda de ‘When I Get Home’ -con esa voz delicada de Magdalene filtrada por autotune- o en el estruendoso crescendo de ‘Two Riders Down’. Durante el set se hace evidente que detrás del aparente caos de la música se esconde un control y dominio absolutos de la técnica: la música puede pasar de una construcción sostenida, épica y apabullante de la tensión a cortarse de repente, dejando sin aliento ante un silencio atronador, como cuando se va la luz de golpe.
Su modus operandi se hace evidente en ‘Coldplay Cover’, canción que Jasper introduce aclarando que NO es un cover de Coldplay, explicando que su proceso de composición ha consistido en grabar dos canciones diferentes siendo tocadas a la vez en habitaciones distintas. Nos hace imaginar que a la derecha tocan en la cocina de una casa y, a la izquierda, en el salón. Es emocionante ver cómo juegan con la propia amplificación de las voces y los instrumentos, tocando instintivamente dentro y fuera del micro.
Por supuesto, el grupo se reserva el momento álgido para el final con ‘Total Euphoria’, que va construyendo tensión hasta estallar en un glorioso momento de catarsis. Durante su interpretación, el violinista Oliver Hamilton aparece sentado con una cerveza, como si su papel ya hubiera terminado, pero solo porque se prepara para su épico solo final, donde entra en batalla con el resto de instrumentos.
Puede que haya pasado toda la crónica tratando de explicar y razonar qué hace especial la propuesta de este grupo. Pero quizá tanta explicación corre el riesgo de dar a entender que para disfrutar de la música de Caroline se necesita saber o entender algo, y no es así. Sí se recomienda acudir con la mente abierta y aceptar que el grupo opera con una lógica diferente a la habitual. Y quizá salgas del concierto con la misma sensación que tuvo mi amiga, que al término del concierto comentó: no he entendido nada, pero me ha encantado.
