En las últimas semanas el feed de Instagram es un océano de imágenes de Marilyn Monroe retroalimentado por likes a imágenes compartidas que celebran los 100 años de su nacimiento. Es increíble pensar que hoy podría estar con nosotros, como David Attenborough, que acaba de cumplir un siglo de vida, aunque es evidente que la comparación es muy improbable. Históricamente, la figura de Monroe no está tan lejos, pero lo parece, porque cada vez que veo una imagen de ella me da la sensación de estar viendo un personaje histórico y no a una persona humana que existió.
Tanto hemos reproducido su imagen en las últimas décadas -de Warhol a Madonna y más allá- que Monroe se ha convertido más en su propio símbolo que en alguien que percibas como real. Cada día aparece una foto suya, una faceta nueva que no habías visto. Da la impresión de que cuantas más imágenes ves, menos la conoces. Y al mismo tiempo, cuando la ves en una película, en una entrevista o simplemente en imágenes firmando autógrafos, rodando escenas o atendiendo a la prensa, aparece la sensación contraria: la de conocerla, incluso la de poder ser su amigo, de que la entenderías tú mejor que la sociedad que la encumbró y después no la protegió.
Marilyn Monroe murió en 1962, pero se me ocurren pocas figuras públicas con una vida póstuma tan larga como la suya. Solo figuras históricas como Cleopatra o Napoleón Bonaparte vienen a la mente. Desde entonces, Monroe ha sobrevivido como una reproducción incesante de sí misma, que en realidad son millones de imágenes y reinterpretaciones, todas esquivando la posibilidad de fijar a la “verdadera” Marilyn Monroe. Glamurosa, vulnerable, accesible e inalcanzable a la vez, es un reflejo de nuestros deseos, aspiraciones y sueños.
En las décadas posteriores a su muerte nos hemos acercado a la “verdadera” Marilyn: hemos sabido apreciar su talento, su faceta más culta, el hecho de que, como todos nosotros, era un ser humano complejo. Pero eso convive con otra cosa: su vida cultural póstuma no es una extensión de su carrera, sino una producción completamente separada de ella. Monroe simplemente deja de participar en ella: su vida ya no es necesaria, porque es reproducida por los medios hasta el infinito.
Cuando estaba viva, su vida estaba extremadamente dirigida, estilizada, controlada e iluminada como un set de rodaje. Tras su muerte, sus imágenes y contradicciones se convierten, como indica acertadamente Lena Dunham en una reciente entrevista, en material cultural que se sigue reinterpretando y circulando. Quizá por eso sigue fascinando Marilyn Monroe: porque cuanto más circula su imagen, más se deshumaniza de la persona real que se escondía detrás del personaje, más queremos saber quién era. Y la clave es que el misterio nunca se resolverá, porque nunca la llegaremos a conocer de verdad. Solo conoceremos sus mil reproducciones, y las que vengan dentro del siguiente siglo.
