Por un día, todo giró en torno a Katy Perry. No había nadie en la última jornada de Río Babel que no estuviese en el festival para ver a la estadounidense, con los asistentes pillando sitio en el escenario Johnnie Walker desde primera hora. Todo se sintió como estar en la previa de un concierto en el Metropolitano, con toda la espera que ello conlleva. Por suerte, Yami Safdie y Bomba Estéreo hicieron que el tiempo pasase más rápido.
La cantante argentina estaba claramente emocionada por «compartir el escenario con Katy Perry»: «La vi en Argentina y me encantó», comentó. A esta le vino muy bien la pasarela que ya estaba montada para el gran número de la noche y la aprovechó para hablar con su público, preguntándoles cuáles eran algunos de sus libros favoritos, y para interpretar una versión de ‘Nunca Estoy’ sentada en el borde.
El concierto se mantuvo muy tranquilito durante la mayor parte, con canciones de pop adolescente a guitarra. Ella, con una actitud como de hada. Estaba claro que el público lo que quería era un poco de fiesta porque en cuanto sonó el primer indicio de un beat todo el mundo revivió inmediatamente, usando los abanicos para dar palmas. Por ello, no hubo nada de sorprendente en la gran acogida que tuvo el colorido show de Bomba Estéreo.

La agrupación colombiana tocaba en el escenario contiguo al de Katy, pero del sitio no me movía nadie. Por suerte, la fiesta llegaba a todos los rincones del Auditorio Miguel Ríos y hasta fuera de sus muros. En las colinas que rodean el recinto, decenas de personas iban buscando su sitio para ver el concierto de la estadounidense de forma gratuita. Esto había ocurrido durante todos los días del festival, pero ayer se consiguió un récord.
Estar fuera de la fiesta tropical de Bomba Estéreo, como quien está en el baño de una discoteca, fue extraño. Podía apreciar los terremotos que provocaban temas como ‘Fuego’, ‘Soy Yo’ o ‘To My Love’, pero estoy ocupado asegurándome de mantener mi sitio a medida que el espacio se aprieta cada vez más y más según va llegando la gente.
A la vez, empiezo a alucinar con el pedazo de escenario que está montando el equipo de Katy Perry, lleno de dispositivos electrónicos con gigantismo, cada uno con su propia pantalla funcional: un portátil, un móvil… ¡pero también libros! ¿Y un plátano? Parece que el concepto es el escritorio de una habitación, con unos tubos hinchables al fondo que recuerdan al marco de una ventana. Lo último que inflan es la famosa botella de plástico que más adelante protagonizaría el momento más delirante del concierto, con Katy surfeando el público metida dentro de ella. «KATYADE» se puede leer en su costado.
Katy Perry comenzó el concierto con tres de tus mayores hits seguidos: ‘California Gurls’, ‘Teenage Dream’ y ‘Last Friday Night (T.G.I.F.)’. Eso es salir a matar, incluso sin estar en las condiciones óptimas. Perry comentó al poco de empezar que estaba pasando por un resfriado («Con este tiempo, ¡un resfriado!»), antes de dedicar ‘I’M HIS, HE’S MINE’ a Justin Trudeau. Se notó levemente durante la interpretación acústica de ‘Unconditionally’, que fue incluida de forma improvisada en el setlist tras la petición de un fan. El karaoke multitudinario en el que desembocó, con todas las linternas encendidas, fue uno de los momentos más bonitos del concierto.
Este fue desde el principio una superproducción en toda regla, nivel Coachella. El escenario estaba abarrotado de estímulos, dando una sensación de actualidad bastante acertada. Todo muy Generación Z. Que si bailarines con músculos falsos, diferentes ángulos de cámara en cada una de las pantallas e incluso detalles que muy poca gente va a apreciar, como los mensajes del noticiero durante la sección alienígena (Ejemplo: «Se descubre que los gatos son más peligrosos bajo gravedad cero»).
Este es justamente uno de los mayores aciertos del show: Katy Perry riéndose de sí misma. Al mencionar las críticas que recibió por ir al espacio «durante 11 segundos», esta dice que nadie tiene en cuenta lo que hace falta tener para ir al espacio: «Puta valentía», exclama. Es entonces cuando aparece un grupo de astronautas en el escenario mientras suena ‘Así habló Zarathustra’ y Katy coloca la bandera de España en la luna. La temática espacial continúa con ‘E.T.’, que incluye la presencia de un bailarín disfrazado del alien que más ha servido en la historia. El solo de guitarra al final no tenía ningún derecho de ser tan bueno, por cierto.

La superestrella tiene muchísimos breaks de charla durante el concierto, pero son breves y sobre todo sirven para introducir canciones. A veces, de forma tan rebuscada que resulta cómico. La cantante monta todo un juego a propósito de la IA en el que enfoca a gente del público para que haga un reto: actuar como si no estuviesen borrachos o recrear el ‘mannequin challenge’, por ejemplo. Esto fue ultradivertido, pero lo mejor fue cómo el PC gigante entonces se sobrecalentó, explotó (con chispas y todo) y Katy lo hiló con la siguiente canción del set: «Creo que este portátil necesita una tirita», antes de cantar ‘bandaids’. Tonterías como esta me dan la vida.
Todo lo que te imaginas que puede haber en un concierto de pop, ya lo vimos ayer: coreografías espectaculares, pirotecnia, mezclas de canciones y hasta mensajes subliminales que aparecían de vez en cuando, entre canción y canción. Estos consistían en instrucciones contra la IA o en enseñanzas motivacionales («Si siempre haces lo que siempre haces, siempre recibirás lo que siempre recibes»). Después, claro, cosas que solo puede haber en un concierto de Katy Perry.
Ya hablamos de la botella de plástico gigante en la que se introduce, pero también sacó un cañón durante ‘Firework’ con el que parecía que iba a hacer la mayor locura de la noche. Ah no, que es un bote de crema solar gigante… ¿Qué va a hacer con eso? Del bote salía espuma sin parar y por poco ahoga a las personas de la primera fila, a las que apuntó durante varios minutos seguidos.

El último tercio del set resultó muy entrañable. Primero, con el pequeño homenaje que le hace a su hija, la cual le «llama» de repente para decirle que no le gusta el salmón o que quiere tiras de pollo frito para el almuerzo del colegio. Después, cuando Katy se pone seria por un momento y asegura que ha «vivido una vida muy larga»: «Como mujer de 41 años, hoy os digo que el camino no siempre es hacia arriba. A veces, es hacia abajo», comentó mientras preparaba su interpretación de ‘Roar’.
Es entonces cuando se tomó un momento para abordar las críticas que recibe en Internet, conectándolo con una reivindicación por la defensa de la salud mental: «A veces no quiero cantar ‘Roar’. Hoy casi no puedo ni cantar, pero lo voy a hacer igual. Que le jodan a lo que dicen de nosotros en redes sociales. No es real. Esto sí es real. Voy a cantar ‘Roar’ de forma diferente. Mi voz se va a quebrar y no va a ser perfecto, pero voy a rugir», aseguró. La actuación fue un momento bellísimo, con una versión del tema solo a piano, con la excepción del último estribillo. Y para tener un resfriado, estuvo bastante bien cantada.
Es imposible odiar a Katy Perry después de ver su show, que fue seguramente la hora y media más corta de mi vida. Al principio del concierto, esta salió con una camisa en la que se leía: «YO NO SOY UN ROBOT», y no hacía falta que nos lo jurase, porque la IA no es capaz de replicar a Katy Perry. Si no existiese, habría que inventarla.
