Discos de la década: The Hidden Cameras

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Discos de la década: The Hidden Cameras


En 2003 un disco folk de letras gays obscenas hasta para el más depravado conseguía críticas entusiastas en medios heterosexuales como Rockdelux y poco más que tibias en medios gays como Shangay. ‘The Smell Of Our Own’, ‘Nuestro Propio Olor’, que el título ya se las traía, venía a defender la teoría de que las letras no importan. Puedes estar cantando sobre hacerle un dedo a un tipo la noche antes de tu boda en un cuarto oscuro y la gente puede percibir que estás cantando: «Que sueñes con los angelitos».

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Pero esta confusión no es la que trae este disco a nuestro especial sobre los mejores de la década. Lo que lo trae es el descubrimiento de uno de los mejores hombres orquesta de todos los tiempos. Aunque The Hidden Cameras se presenta como una banda arty de Toronto de innumerables músicos y bailarines, es Joel Gibb quien escribe todos los temas y produce el álbum. Y todas y cada una de las diez canciones de este ‘The Smell Of Our Own’ son absolutamente maravillosas y emocionantes.

El single con el que se presenta el disco es ‘Ban Marriage’, un himno contra el matrimonio en el momento en que la comunidad estadounidense busca desesperada la legalización del mismo. A menudo las asociaciones gays luchan por desvincular el mundo gay de la promiscuidad y Joel construye un anti-himno en ese sentido, que ni siquiera considera esta institución por considerarla antigua. Encima la imposibilidad de ser fiel no será la referencia sexual más pervertida que encontraremos en el álbum. ‘Golden Streams’ lo abre hablando de la lluvia dorada mientras que ‘The Man That I Am With My Man’ lo cierra hablando de lo mismo.

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No es, en todo caso, esta suciedad, como decíamos, lo mejor de Joel Gibb, sino su gran talento para orquestar las estupendas melodías que pasan por su cabeza. ‘A Miracle’ es ese tipo de canción folkie que te emociona desde el primer acorde. ‘Shame’, ‘Boys Of Melody’ y ‘The Day Is Dawning’ consiguen el mismo efecto pero gracias a la suma paulatina de instrumentos e intensidades a lo largo de ellas. Joel en un momento bautiza su estilo como «música folk gay de iglesia» aunque lógicamente termina hasta el gorro de la etiqueta. Quizá porque también los momentos románticos y hermosos en las letras son perfectamente universales, no sólo perfectos para ilustrar una película de Bruce LaBruce, como por otro lado lógicamente terminó sucediendo. ¿No hay un dramatismo desgarrador en la tristeza con que Joel canta «Levanta mis piernas» en ‘Shame’?

La banda nunca consigue plasmar en su directo la belleza de sus canciones, e incluso acostumbra a dejar de lado sus mejores pistas, como ‘A Miracle’, que en los cuatro conciertos a los que he asistido, nunca he llegado a ver interpretada, a pesar de haber sido un single. En su segundo álbum Joel recurre a la trampa de recuperar caras B de este primer disco y temas de un EP anterior; y en el tercero se muestra definitivamente irregular, pero ni el peor de los tropiezos puede enturbiar el recuerdo del descubrimiento de ‘The Smell Of Our Own’. El álbum es tan grande que convierte a Joel en un personaje a seguir para siempre, haga lo que haga.

En la época de su edición, dos miembros de JENESAISPOP tuvimos la suerte de entrevistar a Joel Gibb y a ambos nos hipnotizó el magnetismo de su personaje. Y no por lo guapo que es, a pesar de que estas cosas terminan influyendo digan lo que digan, sino por su elegancia, inteligencia y lo comedido que es, algo impropio de alguien que escribe las cosas que escribe. De repente te parece imposible que alguien tan limpio, aparentemente recatado y cordial, casi conservador en algunos aspectos, pueda escribir estas guarrerías. Si ha creado un personaje basándose simplemente en sus fantasías bien por él y si realmente es así, bravo por recordarnos que hasta el chico más aparentemente mono y naíf que puedas llevarte a la cama puede descolocarte como la peor de todas las cerdas.

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