La huérfana

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La huérfana

la-huerfana “A Esther le pasa algo”, reza una frase en el cartel publicitario de ‘La huérfana’. Al creador de semejante personaje, deberíamos añadir, también. Cierto es que de historias de niños malvados paridos por el cine estamos más que vacunados, pero algo reside en el alma de esta nueva adquisición, algo enfermizo que dista mucho de los crímenes que comete en pantalla, que nos hace preguntar dónde están los límites para corromper la inocencia infantil. A ver, que la intención aquí no es ejercer de pureta preocupado por los derechos de los niños actores, pero uno se pone en la mente de la pequeña Isabelle Fuhrman, intentando imaginar qué poso habrá quedado en su cabeza después de dar vida a esta huérfana, y lo menos que se puede hacer es buscar el teléfono de los mejores psiquiatras en las Páginas Amarillas. Porque hay cosas distintas al asesinato -un director puede mostrárselo a un niño como un simple juego a la hora de matar a un compañero actor delante de una cámara- que no pueden explicarse sin un punto de vista adulto y enfermizo. Los que ya habéis visto el final de la película sabréis de que hablo. Sí, lo raro es que a Esther no le pase algo.


Dirigida por el catalán Jaume Collet-Serra, avispado que dio un papelillo a Paris Hilton en ‘La casa de cera’ cuando aún no era nadie, ‘La huérfana’ cuenta la historia de Kate (Vera Farmiga) y John (Peter Sarsgaard), una pareja traumatizada por haber perdido una hija antes de nacer que decide expiar su amargura adoptando a Esther, una niña repipi y solitaria que vive en un orfanato local. Pero lo que al principio parecía una acertada elección se convierte en pesadilla cuando una serie de extraños acontecimientos (una muerte por aquí, un sustito por allá) convence a Kate de que esa niña de aspecto totalmente angelical no es lo que aparenta. Como todo espectador con más de dos dedos de frente, enseguida sabréis que tenía razón la muy aguililla. Y tanto, aunque nada que ver las intenciones de Esther con las del Henry que Macaulay Culkin interpretaba en ‘El buen hijo’, con la que por cierto tanto se ha comparado esta película.

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Como todos los filmes de su género, peca de vicios y costumbres, como los sustos amplificados con música estridente, de las tensiones alargadas hacia un falso final y, sobre todo, de las interpretaciones estereotipadas del palo “pongo cara de alelada para dejar bien claro que no sé que hago aquí” o “mis ojos de loca indican que realmente estoy loca pero sólo en el momento que se descubre este pequeño dato, antes no”. Abusos narrativos que quitan méritos a una película que a buen seguro podría haber sido mucho menos palomitera de lo que actualmente es. Material había, y para ello habría bastado con que su responsable hubiera profundizado, con un poco más de seriedad, en los conflictos interiores de los personajes, que son el verdadero monstruo de la película. Pero las ganas de taquilla mandan.

Pena de ocasión perdida. Si no fuera por el lamentable vehículo que la ha traído a nuestras vidas, Esther podría entrar en el podium de grandes malvados infantiles. Sobre todo gracias a ese final sorpresa, que conecta con lo más asqueroso y desagradable que un ser humano puede ver. Sí, Esther podría haber sido, sin ayuda del diablo, la nueva Demien de ‘La Profecía’o la Regan de ‘El Exorcista’. Pero no ha podido ser. Esther no se merecía esto. No señor. 4,5

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