‘Bestias del sur salvaje’, prohibido llorar

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‘Bestias del sur salvaje’, prohibido llorar

Hay películas, como ésta, que lo tienen todo para que acabes en un mar de lágrimas al terminar la proyección: niña de seis años creciendo en ambiente hostil, abandonos, inundaciones, alcoholismo, pobreza, enfermedad, muerte, rebeldía… Pero también hay películas, como ésta, que en lugar de usar estos elementos de forma engañosa para provocarnos una emoción estudiada cual perros de Paulov prefieren llevar la narración a terrenos pantanosos que te obligan a implicarte de forma activa en la historia y acabar para siempre con el mito del espectador ameba.

Este es sin duda el gran acierto de ‘Bestias del sur salvaje’, la pequeña historia que cada año Hollywood encumbra en plan beneficencia (en esta industria apoyar un filme que ha costado un millón y medio de dólares es lo más parecido a sentar un pobre en tu mesa) que, después de haber ganado el Gran Premio del Jurado en Sundance y la Cámara de Oro en Cannes, por fin llega hoy a España.

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Lo hace, además, con la suerte de poder presumir en su cartel de sus cuatro merecidas nominaciones a los Oscar, entre ellas, la de Mejor película. Algo que, al igual que a Haneke con su ‘Amor’, estrenada aquí la misma semana que se supo que optaba a cinco estatuillas, no asegura una taquilla multimillonaria, pero sí larga vida en la cartelera. Y eso para pequeñas distribuidoras como Golem, responsable de traer ambos títulos a nuestro país, es un seguro de vida.

Sobre todo tratándose de vender al público un filme con más verdad que fábula en el que el dolor se contiene porque la naturaleza así lo manda. Un filme que reivindica la libertad individual por encima de todas las cosas aunque para ello haya que volar en pedazos los diques que separan nuestro yo civilizado de nuestro yo más animal. Que dignifica a los que no huyen y se quedan a contemplar la verdad entre cadáveres, lodo y prostitutas para ser más fuertes. Que enseña a decir adiós como creemos que hay que hacerlo y no como nos enseñan.

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Por eso en este caso lo de merecidas nominaciones no es una frase hecha, sino una realidad constatable, empezando por Benh Zeitlin, candidato a guión y dirección por demostrar a Goliath una vez más que el talento no siempre se puede comprar (aunque haya veces que el ritmo se le escapa), y terminando por la pequeña Quvenzanhé Wallis, la candidata al Oscar la mejor actriz más joven de la historia.

Un dato que viste mucho cualquier crónica pero que no puede empañar el mérito de haber construido, con sólo seis años, una de las presencias fílmicas más fuertes de la historia. No nos equivoquemos, ella no es una niña actriz, es actriz, a secas. Y lo es con una madurez y una rabia que en América recordará a la de Anna Paquin en ‘El piano’ pero que por aquí nos lleva a los tiempos en los que Ana Torrent era la niña de los ojos de Victor Erice y Carlos Saura. Lástima que el catalizador de toda esta energía, Dwight Henry, que interpreta a su padre y al que el director encontró trabajando en una panadería, no haya sido reconocido. Lo merecía. Y es que cuuando él dice que no llores, tú cortas la lágrima. 7,8.

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