‘El regalo’: de repente, vuelve el thriller con extraño de los 90

Por | 17 Mar 16, 16:37

el-regalo‘La mano que mece la cuna’ (1992), ‘Mujer blanca soltera busca…’ (1992), ‘Falsa seducción’ (1992)… El 92 no fue solo el año de las Olimpiadas y la Expo, también el de la invasión de los thrillers psicológicos protagonizados por modélicas parejas WASP que veían cómo un intruso o intrusa amenazaban con arruinar su paraíso doméstico blanco, anglosajón y protestante. La película fundacional de esta tendencia fue ‘De repente, un extraño’ (1990), un inesperado éxito de taquilla que forzó las puertas de Hollywood y provocó el asedio de los thrillers hogareños.

‘De repente, un antiguo compi del cole’, así podríamos denominar ‘El regalo’, el exitoso (fue uno de los sleepers del año pasado) debut como realizador del actor Joel Edgerton (‘El gran Gatsby‘, ‘Exodus‘). El intérprete australiano, quien se reserva el papel de intruso, maneja con mucha solvencia los mecanismos del suspense para ofrecernos un regalo envenenado, una película mucho más sugerente y refinada de lo que su envoltorio podría hacer sospechar. El embalaje es tosco y está abollado. Cierto. Está elaborado con sustos facilones, subrayados para espectadores con déficit de atención y trucos de guión (la nota en la nevera, la repentina ausencia durante la cena) que se ven venir de lejos, desde los noventa. Sin embargo, cuando quitas el envoltorio, lo que contiene merece bastante la pena.

Edgerton revisita este subgénero en desuso para retorcerlo de forma sutil y sibilina. Primero, por medio de los personajes. Ni la pareja (en crisis y con pasado revuelto) ni el acosador (apocado y poco carismático) responden al estereotipo de este tipo de propuestas. Segundo, con la puesta en escena. Las dos casas donde transcurre la acción, la de la pareja (completamente acristalada, vulnerable) y la del intruso (que romperá con nuestras expectativas) tampoco encajan con lo acostumbrado. Y, tercero, con el sorprendente desenlace, tan impactante como completamente a contracorriente.

El director pone boca abajo el discurso habitual de este tipo de películas -el miedo paranoico al prójimo de los nuevos ricos de los noventa y la vulnerabilidad de sus estructuras familiares-, diluyendo su maniqueísmo, inyectándole ambigüedad y dotándole de una dimensión moral de resonancias hanekianas. ¿A quién hay que temer más, al acosador o al acosado? 7,5.

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