Sr Chinarro: «Casi temo más a las redes sociales que al gobierno»

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Sr Chinarro: «Casi temo más a las redes sociales que al gobierno»

Sr Chinarro06El Progreso‘ (El Segell del Primavera) es el disco número dieciséis de Sr. Chinarro. «Sí, igual sobra alguno, pero ahí quedan», bromea Antonio Luque. El álbum ha supuesto una nueva colaboración con J, que vuelve a ejercer de productor once años después de ‘El fuego amigo’. Y una nueva muestra de que el genio creativo de Luque no se agota. Esta es la entrevista que le hicimos el pasado mes en Barcelona, durante la fallida investidura de Pedro Sánchez, y que publicamos ahora que el álbum está al fin en la calle.

La primera pregunta es sobre el título. ¿Por qué ‘El Progreso’?
Porque como parece que ahora todos los discos deban tener cierto contenido político… Fíjate que, en estas sesiones de investidura -o de lo que sea-, la palabra que casi más se usa es «progreso». «El gobierno del progreso», no paran de repetir y, a mí, en estos tiempos, hablar de progreso me produce cierto sonrojo. Entonces quise analizar… Bueno, analizar no. Es un disco, no un ensayo. Quise echar un vistazo a en qué hemos progresado en la vida en pareja, en el sexo, en la vida en sociedad… Y yo, francamente, pienso que progresamos entre poco y nada. El invento de la rueda estuvo bien; el fuego estuvo de puta madre y la penicilina. Yo creo que son las tres cosas que hemos inventado que merecen la pena.

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«Pienso que progresamos entre poco y nada»

La canción homónima parece una reacción a este progreso, precisamente.
El siglo XX empezó con la Primera Guerra Mundial. Y luego la Segunda, el resultado de la culminación del pensamiento humano, después de la Ilustración, del s. XIX, etc. El culmen del pensamiento humano dio como resultado grandes masacres y utopías como el estalinismo o el nazismo. Ese es el resultado de las utopías, eso es lo que conseguimos con las grandes ideas. Yo prefiero un pensamiento más de andar por casa, más casi de broma, que es lo que defiendo en ‘La ciudad provisional’, argumentando –cantando- que la verdadera sociedad ideal es casi la de la Feria de Abril de Sevilla, en la que, con poco dinero, la gente se pone de acuerdo, se busca una lona contra la lluvia y comparte cerveza, jamón y pan de picos, que es a lo máximo a lo que podemos aspirar los seres humanos.

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«La verdadera sociedad ideal es casi la de la Feria de Abril de Sevilla, en la que, con poco dinero, la gente se pone de acuerdo, se busca una lona contra la lluvia y comparte cerveza, jamón y pan de picos, que es a lo máximo a lo que podemos aspirar los seres humanos»

Ah, yo creía que era simplemente un regreso a Sevilla.
El viaje a la Feria de Abril es el viaje a la infancia, cuando iba en el carrito de bebé con mis padres. Y yo veía que la Feria era un sitio donde todo el mundo estaba contento, se bebía cerveza –yo Fanta-, había tortilla, gambas… No parecía necesario ser rico para poder ir allí. Ahora como músico, vivimos –si hay suerte y el disco va bien- de festival en festival que, de alguna manera, son como la Feria de Abril, con sus casetas, sus cantaores… Ahora mismo, me siento afortunado de ser uno de los que coge la guitarra y hacen reír, transmiten sensaciones. Los camerinos son una especie de caseta de feria también: te ponen cervecitas, tortillas… gambas nunca. He terminado haciendo música como una especie de regreso a aquel paraíso de la infancia que, año tras año, era la Feria de Abril. Es, frente a las grandes utopías, una cosita de andar por casa, un poco «vamos a ponernos de acuerdo para llevar la vida con un poco más de alegría y tranquilidad». Los socios ponemos una pequeña cuota y ya sobra para comida. No parece que sea tan difícil que lo hiciéramos en colectivos mayores. Luego da mucha pena cómo en una reunión de comunidad de vecinos hay tanto problema para todo, es imposible ponerse de acuerdo en nada. Como ahora no se ponen de acuerdo en nada en el Congreso de Diputados. Cuando alguien me viene con una de esas utopías de «ahora nos vamos a organizar» y yo… no sé. Prefiero hacerlo a la andaluza.

Y ‘Walden’, la canción con que cierras el disco, como el ensayo de Thoreau, es también otra respuesta al progreso (en el libro, el autor relata sus dos años viviendo solo en una cabaña a la orilla del lago Walden, planteándose la idea de sociedad). Pero, a la vez, parece que te burles de ese regreso a lo natural.
Yo soy de los que creen ser capaces de eso. También es verdad que enloquecería al poco tiempo, aunque igual es tarde para enloquecer. Me gustaría probarlo. Luego está aquella canción tan graciosa de Triana Pura, ‘Probe Miguel’: «Él dice que es feliz en la montaña, que hace mucho tiempo que no sale». Y luego, cuando jalean, dicen: «¡Anda y déjalo ahí, que le den por saco!». Así que la solución de la Feria -o la de la Velá de Triana, en este caso- es casi mejor que la de la cabaña en el bosque. Aparte de que la naturaleza ya sabemos que es más dura de lo que parece.

El disco lo ha producido J. Desde ‘El fuego amigo’, no habías vuelto a trabajar con él, ¿no?
Formalmente, no. Obviamente hablamos e intercambiamos impresiones. Aunque una cosa es esa y otra es ponerse a trabajar: decidir canciones, arreglos… Lo conozco desde hace veinte años y ya sé de qué es capaz, nos tenemos mucho respeto y acepto sus consejos.

Hay canciones en que se nota mucho su impronta, como ‘La mujer’, es la canción que más me recuerda a Los Planetas.
¡Pues es la canción en la que menos ha metido mano! Pero es verdad que la guitarra y el arreglo es de Florent, así que por ahí sí que suena a Los Planetas.

‘Efectos especiales’, ¿tiene tintes autobiográficos?
Todas tienen cosas autobiográficas. Y todas esas cosas autobiográficas se intentan llevar más allá. No lo haces para que los demás se puedan sentir identificados, pero sí que intentas trascender lo anecdótico… Me salen así y ya está.

‘El Progreso’, con Soleá Morente, es la primera canción que cantas a dúo (si quitamos quizás ‘El idilio’), ¿no?
A ese plano de las dos voces, una después otra y tan alto, creo que no ha habido ninguno, con una estrofa solo para Soleá. Eso fue idea de J, tanto llamar a Soleá como el reparto de estrofas. Una idea bastante acertada, porque hizo que la canción se alargara. Yo la habría hecho de tres minutos y medio y J la ha llevado a los seis y pico, con un crescendo bastante guay, que espero que sepamos hacer en directo.

«‘La fiebre del oro’ habla de cómo el dinero nos ciega, nos vuelve locos. No hay más que ver a Urdangarín en el juicio, a Julián Muñoz… Hay gente que enloqueció por tener acceso al dinero»

‘La fiebre del oro’ es una especie de western en forma de canción, aparte de que contiene en su inicio una referencia a la banda sonora de ‘El bueno, el feo y el malo’ de Ennio Morricone. ¿Te has basado en alguna película o es que simplemente te apetecía hacer algo menos costumbrista?
De hecho, el arreglo ese de Morricone se le ocurrió a J. Yo no había pensado en darle una sonoridad del Oeste, como en ‘El lejano Oeste’ de ‘El mundo según’. La canción habla de la fiebre del oro, que es cosa propia del Oeste. Me consta que a J le gusta ver ese tipo de películas Western y a mí también. Molan porque reflejan cómo somos los humanos, esa conquista, matando a la gente que estaba ahí, a los indios vendidos como los malos… Esta canción habla de cómo el dinero nos ciega, nos vuelve locos. No hay más que ver a Urdangarín en el juicio, a Julián Muñoz… Hay gente que enloqueció por tener acceso al dinero. Pero no había pensado yo en darle ese punto en los arreglos.

Me da la sensación de que este disco es más de canción melódica, menos pop que ‘Perspectiva Caballera’.
Fue J el que cogió los ritmos de varias canciones –tres, cuatro- y los subdividió, los hizo a mitad de tiempo. Queda más balada, más de crooner, más de… personalidad de cuarenta y cinco años. Eso es también idea de J.

Contrasta la erupción final bastante alegre respecto a lo melancólico, introspectivo del disco.
Sí, la ironía, la típica alegría engañosa mía, la de ‘Tímidos’.

«A veces lo pienso: un sueldecito de 1.700 euros ahí tranquilito todos los meses, y luego hacer algún concierto… Pero no fui capaz de aprenderme todo el tocho ese de las oposiciones»

También está esta sensación permanente de que huyes del estancamiento. No te gusta repetir productores, sellos…
Sí… hubiera sido fácil quedarse en Mushroom Pillow. Pero tampoco tiene nada que ver con el sello. Las canciones van saliendo, podían aburrirse y esa sensación no me gusta nada. Pasa cuando has cantado muchas veces las canciones en directo. Por eso haces más discos: para renovar el repertorio. Nosotros no somos muy de aburrirnos, para eso hubiese intentado ser funcionario del Ministerio de Cultura. A veces lo pienso: un sueldecito de 1.700 euros ahí tranquilito todos los meses, y luego hacer algún concierto… Pero no fui capaz de aprenderme todo el tocho ese de las oposiciones.

Pero hay mucha gente en el mundo de la música que funciona así, con empleos «normales» y dando conciertos durante el fin de semana. Da la sensación de que la gente como tú, o Los Planetas, que solo trabajáis en esto, sois la excepción… lamentablemente.
Claro, porque eso implica que hay poca profesionalización en el gremio de los músicos. Si al final solo le dedicas algún fin de semana, obviamente eso se nota, que hay menos oficio. Es un hobby al que le sacas una rentabilidad. A veces estás haciendo una competencia, si no desleal… dudosa. Porque, claro, ellos ya tienen un sueldo. Y si dicen «hacemos un concierto el fin de semana», habría que ver… (duda un segundo) por cuánto lo hacen, ¿sabes? Imagina que tú dices «como los fines de semana me aburro, voy a hacer de taxista, para dar vueltas a la ciudad y le cobro algo a la gente». Los taxistas se te echan al cuello.

«Puedo perder público por decir algo que de pronto a la gente le moleste; se monta una campaña en tu contra en las redes y te quedas sin el público. Y yo no gano nada por tuitear una opinión. Nada voy a ganar y sí mucho a perder»

Te había leído en tu blog en cultura FNAC una entrada, titulada ‘Políticamente correcto’, en que expresas que ya no te atreves a «hablar como antes». Aunque también lo ligo con esa idea que dice «si no haces nada malo, no te va a pasar nada», pero luego nos encontramos con lo contrario.
Yo hace años que pienso que estamos en pre-guerra. Tengo ese miedo. Ahora todo lo que digas… piensa en todo lo que pasó a tantos y tantos, que luego te denuncian. Y encima ahora lo dejamos todo escrito en las redes sociales, que prácticamente lo único que tienes que hacer es darle a F1-imprimir y sacar la lista negra de los que tienen que fusilar. No sé. Parece que el ejército esté tranquilo, parece que el descontento social se canalizó por el 15-M, que ahora están tranquilos porque está Pablo Iglesias ahí, en el Parlamento con sus diatribas y parece que esté todo tranquilo. ¡Pero no! ¡La gente está cabreada! Las cosas no van a mejor a la velocidad que la gente quisiera y a mí me da miedo ese cabreo de la gente. Entre otras cosas, porque yo puedo perder público, porque yo diga algo que de pronto a la gente le moleste; se monta una campaña en tu contra en las redes y te quedas sin el público. Y yo no gano nada por tuitear una opinión. Nada voy a ganar y sí mucho a perder. Entonces, prefiero no decir nada. Incluso en los bares, porque alguien te puede grabar. Alguien te graba, lo comenta, se sabe. Casi mejor hablar solo con tu pareja en casa.

«La censura que ejercen las redes sociales es salvaje. Como te columpies lo más mínimo, te ponen directamente en listas negras. Casi que les temo más que al gobierno.»

¿A quién temer más, pues? ¿A la ley mordaza o a lo «políticamente correcto»?
La censura que ejercen las redes sociales es salvaje. Como te columpies lo más mínimo, te ponen directamente en listas negras. Casi que les temo más que al gobierno. Porque, vale, el gobierno te puede denunciar por tuits así. Fíjate en el de Def con Dos, que lo están juzgando para ir a la cárcel o los titiriteros de Granada… Vale, hay algunos casos. Pero como te columpies en un tuit y a la gente no le mole, estás crucificado. Entonces, prefiero no poner nada. No porque piense que mis ideas pueden ser molestas pero, por si acaso, no me voy a arriesgar. En todo caso, las expresaré como las he expresado toda mi vida: en clave de letras más o menos difíciles de entender y que cada uno pille lo quiera ver.

Para acabar, ¿estás siguiendo el debate de investidura?
Sí, es muy divertido, es como la obra de teatro de Los Payasos de la Tele. Faltaba Chinarro y ha llegado.

Yo no lo estoy siguiendo, y debería.
Bah, tampoco es tan interesante. Ayer Pablo Iglesias se sobró un poco, pero para eso está ahí, supongo.

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