El problema de los artistas que se acreditan donde no toca

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El problema de los artistas que se acreditan donde no toca

Un grupo de compositores de pop ha decidido sindicarse para pedir a los artistas que dejen de acreditar su nombre en canciones que no han escrito o a las que no han contribuido una sola frase. Es una práctica común en la industria desde los tiempos de Elvis Presley hasta la actualidad, sin embargo, los compositores han solido quedarse callados por miedo a perder sus trabajos. El manifiesto de The Pact -así se llama la organización- señala que «este grupo de compositores no dará créditos de composición a nadie que no haya creado o cambiado la letra o melodía de una canción, o que no haya contribuido a su composición sin un intercambio equivalente o significativo con todos los autores de la canción».

Los compositores que han firmado el pacto son Emily Warren (quien ha impulsado la iniciativa), Ross Golan, Savan Kotecha, Tayla Parx, Justin Tranter, Ian Kirkpatrick, Amy Allen, Scott Harris, Lennon Stella, Billy Mann, Shae Jacobs, Joel Little, Deza, Jordan McGraw, Neil Jacobson, Tobias Jesso jr. y Sam Harris. Todos ellos firman una carta que habla de los «abusos, amenazas y tácticas de intimidación» que ciertos artistas o sus representantes utilizan para quedarse con una parte del pastel de la composición y la publicación. «Muchos de estos artistas ganan dinero con las giras, el merchandising o los acuerdos con marcas, cuando los autores dependen casi exclusivamente de esos derechos», indica. Ninguno de los compositores firmantes da nombres pero entre todos han trabajado para artistas de primerísimo nivel como Dua Lipa, Maroon 5, Ariana Grande, Justin Bieber, Taylor Swift, Charlie Puth, Little Mix, Britney Spears, Shawn Mendes, Ellie Goulding, Jonas Brothers, Selena Gomez, Harry Styles, Camila Cabello o los integrantes de One Direction juntos o por separado. Algunos de ellos son conocidos de hecho por ser autores además de intérpretes, y otros no.

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La decisión de los compositores es arriesgada hasta cierto punto porque significa que muchos artistas podrán dejar de trabajar con ellos para proteger su marca: un crédito de composición significa credibilidad y prestigio para la estrella aunque el compositor haya firmado la canción en su totalidad. Sin embargo, el grupo de compositores defiende que «sin canciones, no hay industria de la música» y, al fin y al cabo, se trata de personas que han escrito o co-escrito algunos de los mayores éxitos de pop de los últimos tiempos, como ‘Don’t Start Now’, ‘7 rings’ o ‘One More Night’. Parece difícil que estos artistas vayan a perder sus trabajos tarde o temprano, pero aunque ellos mismos señalan que la industria sufre problemas más graves que este, también apuntan que «para llegar a Júpiter, hay que aterrizar primero en la luna».

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En los tiempos en que un hit es escrito por hasta 10 o 15 personas (una reciente crítica de ‘Justice‘ de Justin Bieber señalaba que el disco es mediocre a pesar de contener «más co-autores que la Biblia»), lo cual afecta directamente a la obtención de «royalties» sobre todo desde que se ha asentado el streaming, el rol del compositor ha sido elevado muy por encima del del vocalista, hasta el punto de que un artista puede no gozar de gran prestigio si no escribe sus propias canciones. Una reflexión absurda si se tiene en cuenta la historia: en los albores de la música pop los papeles del compositor y el vocalista estaban muy diferenciados (Dionne Warwick y Burt Bacharach), innumerables estrellas actuales no son conocidas por escribir sus canciones, y no es que nazca una Édith Piaf todos los días. Hoy en día ya no se se hacen hits escritos por una sola persona, por lo que quizá cabe preguntarse si no será el rol del compositor el que se ha devaluado en realidad. Cuando una canción comparte 80 autores, ¿es porque nadie confía en uno solo?

Hace unos años indagábamos en este fenómeno, y mi compañero Sebas reflexionaba que a pesar de que «la música pop ha tenido un punto manufacturado desde los años 50», ya apenas existen en la industria figuras como las de Quincy Jones o Carole King cuya impronta como autores era inconfundible, y los cuales también eran (super)estrellas por cuenta propia. Indicaba aquel texto que «salvo excepciones como Jack Antonoff, que tiene su propio proyecto, es difícil intuir en (los autores actuales) algún tipo de personalidad y parecen únicamente motivados por lograr un hit facturado al imperativo de las modas y el mercado, impidiendo que cualquier atisbo de originalidad o innovación o rasgo autoral se asome por algún lado». Julia Michaels (quien no firma el pacto) es a todas luces una de de las autoras más influyentes de la última década, pero está claro en qué posición está su carrera como intérprete en comparación con la de su amiga Selena Gomez. ¿Alguien es capaz de reconocer la firma de Emily Warren o Joel Little o de identificarlos siquiera?

Puede que ya no haya compositores únicos en las listas de éxitos, puede que un artista ya no confíe en una sola persona para escribir un hit, puede que los compositores ya no sean estrellas, pero irónicamente todos los cantantes desean ser compositores y agenciarse un trozo del pastel de la composición y de la de edición de una canción sin haberla escrito o sin haber aportado a ella ni una sola coma. Mientras tanto, el mismo rol de vocalista (que sí es único, no se necesitan a dos o tres Arianas para ser vocalista principal de ‘no tears left to cry’) es devaluado hasta el punto en el que nos encontramos, porque no se escriben ríos de tinta precisamente sobre la importancia de una buena actuación o interpretación vocal, sobre la multitud de capas emocionales o de textura que un vocalista es capaz de inferir a una letra o melodía sin necesidad de añadirle una sola palabra o frase. De la misma manera que una canción debe ser buena para triunfar, esta también debe ser interpretada por la persona adecuada. Y eso ya es mérito suficiente.

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