OT Gala 5: Apriétame más fuerte

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OT Gala 5: Apriétame más fuerte

“Conexión” es un término que se lleva usando en OT 22 años. Y lo han repetido tanto que hay estudios que indican que le gastaron el significado en algún momento de 2005. A los concursantes siempre se les pide que conecten: con su compañero de actuación, con la audiencia, consigo mismos. Pero es mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque la conexión es algo que solo se percibe cuando falta. La gala de anoche sufrió varias desconexiones: entre Juanjo y Paul, entre Salma y la justicia y entre Rosa de vestuario y los límites de la decencia humana. Pero la desconexión más dramática ocurrió entre el jurado y los profesores. Es algo que pasa en OT cuando todo está sencillamente ok: si todas las actuaciones son un 7, los motivos para nominar y para salvar serán más caprichosos y aleatorios. Si todas las actuaciones son un 7, lo más televisivo de la noche será el choque de criterios entre dos hembras alfa: Noemí Galera y Buika.

Salma abrió la gala con algo que, de asentarse en OT, podría canibalizar la edición: la versión balada a piano y voz de una canción pachanguera. Es un fenómeno que empezó a principios de los 2000, cuando el pop todavía no había logrado el desproporcionado prestigio intelectual que disfruta hoy en día. En aquella época, que una banda de rock masculino como Travis versionase ‘… Baby One More Time’ se percibía como una legitimación: el indie elegía determinadas canciones pop para concederles una pátina de prestigio, aunque fuera desde la admiración irónica. El fenómeno cuajó en España gracias al ‘Girls Just Wanna Have Fun’ de Russian Red o el ‘Take On Me’ de Anni B. Sweet, versiones cuquis y en cursiva que querían ser tan emocionantes que le quitaban toda la emoción al original. A lo largo de los 2010s las versiones balada se propagaron por los pisos de universitarios, los hilos musicales de las cafeterías de brunch y, en su asalto más letal al mainstream, los programas de entrevistas de Bertín Osborne.

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En esta edición de OT llevamos dos en dos galas consecutivas: ‘Es por ti’ de Violeta y ahora ‘Cuando zarpa el amor‘ de Salma. Y lo cierto es que, en este caso, el formato piano y voz le sentó extraordinariamente bien a la canción. Consiguió que la melodía luciese más y llevó la letra a otro lugar. Si bien Camela ha sido el grupo más ridiculizado del pop español de la democracia, Salma, que nació en 2002, no tiene prejuicio alguno. Ella sabe que ‘Cuando zarpa al amor’ siempre ha sido una canción excelente (compuesta, por cierto, por la propia Mari Ángeles: tras años sin que le dejasen incluir sus composiciones en el repertorio del grupo, Mari Ángeles se desquitó escribiendo seguidas, atención, ‘Nunca debí enamorarme’ y ‘Cuando zarpa el amor’), pero gracias a la interpretación de Salma la canción pasó de ser un canto al inicio de un romance a un réquiem por un amor perdido. Un ejemplo: en la versión Camela el verso “dime que sientes lo mismo que yo” suena a “sé que la respuesta es sí, así que ponme otro cubata”, mientras que en la versión de Salma sonó a “ya sé que no, pero te lo pregunto por última vez porque el amor es en realidad una enfermedad mental y si estoy loca es cosa mía”. Y esa doble lectura dice mucho de la canción y dice mucho de Salma. Ella cantó desde el corazón roto. Cantó como una Adele flamenca. Cantó como si no tuviera una pantalla llena de medusas detrás. Y en el último “cuando zarpa el amor” hizo una pausa preciosa para respirar, como si ese final fuese solo para ella.

Pero daba igual lo que hiciera. Su destino estaba sellado por dos síndromes que están resultando infalibles en esta edición: el factor Cepeda y el factor Cadena Dial (ver crónicas anteriores). Álex Márquez volvió a elegir Cualquier canción de Cualquier Artista. Su gusto musical no dice absolutamente nada de él, excepto que es uno de los concursantes con más probabilidades de hacer carrera tras el concurso, porque el gusto musical de Álex es el mismo que el del mínimo común denominador del público español. Y esa, por cierto, es una de las claves del éxito de OT1, una edición en la que ninguno de los 16 concursantes tenía ínfulas discordantes y todos aspiraban a sonar como artistas que ya existían y que ya triunfaban. Fue después, cuando el programa coqueteó con concursantes con gustos algo más alternativos, cuando se abrió una brecha y proliferaron los perfiles que funcionaban fenomenal dentro del concurso pero que no encontrarían su hueco en el mainstream al salir de él (Beth, Ainhoa, Virginia, Víctor, Moritz, Chipper). Y al nominar a Álex sin parar, el concurso le está brindando un escaparate excelente para esa carrera post-OT. En seis galas lleva tres actuaciones en solitario con canciones perfectamente genéricas que suponen una rampa de lanzamiento directa a hacer un dueto con Pablo López en el especial de Nochebuena de TVE en 2025. Puede que ese logro no signifique nada para muchas personas, pero sin duda lo significa todo para Álex Márquez.

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La actuación de Álex parecía la de un artista invitado, lo cual no quiere decir que fuese especial sino todo lo contrario. El mercado musical español lleva una década sodomizado por el algoritmo y por canciones que se parecen a canciones que ya has escuchado. Y ese es un terreno fértil para un artista como Álex. Porque, mientras que es imposible imaginar qué tipo de carrera podrían tener Salma, Violeta o Juanjo, es obvio el tipo de carrera que puede tener Álex. Él sabe exactamente quién es. Quiere ser un 7. Quiere ser un artista de playlist que no desentone entre Manuel Carrasco, Morat y Rozalén. Quiere ser el futuro cantante favorito de la gente que acompaña sus fotos de Instagram con frases como “A esta vida invito yo”. Álex es un artista completo ya. Y por eso a OT no le sirve: su actuación de anoche fue estupenda, fue lo mejor que puede dar, pero lo mejor que Álex puede dar sencillamente no es suficiente para Buika.

Martin apareció en el escenario vestido como una parodia porno de Goku. Pero da igual porque a él todo le viene bien. Esta gala fue quizá la más transparente en cuanto a las intenciones de cada actuación: se notó que Álvaro y Martin llevaban toda la semana escuchando que tenían que tener “muy buena onda” y “mucho rollazo”, del mismo modo que se notó que a Chiara y a Cris les pidieron “mucha química” y “miradas de complicidad” o que a Juanjo y Paul les pidieron “algo muy fresquito y muy buenrollero”. El problema es que las tres actuaciones (sobre todo en la de Cris y Chiara) casi se podían escuchar los engranajes en la cabeza de los concursantes y su actitud quedaba poco natural. Qué rico, un 7.

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Juanjo y Paul cantaron ‘La vida moderna’. Esta canción que contiene la frase “Le llamáis poliamor a los cuernos de siempre”, una sentencia que no puede sonar más al tipo de tuit que pondría alguien que paga por el tick azul. Juanjo cantó la frase “odio la vida moderna”, como si no lo supiéramos por los favs de su Instagram, y Paul se comportó como si en vez de en un dueto estuviese en una competición. Paul es un concursante delicado. Hace, en teoría, todo lo que tiene que hacer para levantar el ánimo del público. Y lo hace bien. Todos los artistas son en el fondo niños sedientos de atención, pero lo que diferencia a los artistas de las estrellas es que las estrellas consiguen que parezca que son ellas las que le están haciendo un favor al público y no al revés. Paul lo intenta demasiado fuerte y a veces cae en el histrionismo. Y eso causa cierta antipatía subconsciente entre los espectadores, porque todo el mundo ha tenido un compañero de clase que cuando presentaba un trabajo en grupo le indicaba al profesor la parte que había hecho él. Y si para algo sirve OT desde hace 22 años es para que los espectadores den rienda suelta a las filias y las fobias que engendraron durante su adolescencia: celebramos a los concursantes que nos recuerdan a los amigos que nos cuidaron y rechazamos a los concursantes que nos recuerdan a los compañeros que nos daban rabia. ¿Porque qué es la vida adulta sino una versión a gran escala de nuestros traumas adolescentes? Todo esto son (más) buenas noticias para Álex Márquez, que en principio eliminará a Paul sin despeinarse la semana que viene. Y para que no queden ni los huesos, seguramente elija una canción de Nil Moliner.

La combinación Naiara y Lucas resulta automáticamente interesante porque ambos son los concursantes que mejor entienden la tarea que les toca cada semana. Son los que menos dudan sobre el escenario. Cantaron ‘Corazón hambriento’ como si fueran dos participantes de ‘La isla de las tentaciones‘ que se dicen cosas como “eres mi prototipo de hombre”, “tengo que ser tu prioridad” o “si me quieres de verdad déjame mirarte los mensajes del móvil”. Y acercaron tanto las bocas que casi se quedan enganchados de los piercings de la nariz. Una actitud calentona que la canción no pedía y que el público no sabía cuánto necesitaba. Pero Naiara y Lucas entendieron que cuando le pides a alguien “no te vayas” lo que realmente quieres decir es “fóllame”. En una ironía del destino, los ojos de la novia de Lucas (que recordemos él lleva tatuados en el pecho) se pasaron la actuación obligados a mirar las tetas de Naiara. Es posible que al terminar la actuación ese tatuaje tuviese una ceja levantada.

Ruslana se pasó la semana escuchando a todo el mundo pronunciar la palabra “Ruslanazo”. La primera vez que se utilizó el sufijo “-azo” en OT fue con “Lorenazo”, cuando Lorena cantó ‘Land of 10000 Dances’ en la gala 11 de OT2006. El sufijo se usa para describir actuaciones de concursantes con potencial que llevan varias semanas en el casi-casi y que, de repente, encuentran la canción adecuada y se marcan un espectáculo pirotécnico que lleva a la audiencia a un trance que no encuentra en ningún otro programa de televisión. Cuando un concursante pasa de ser tu vecino a una superestrella. Es decir, se usa cuando OT se convierte en la mejor versión de sí mismo. Podría decretarse que el primer ejemplo es el ‘What A Feeling’ de Gisela en OT1 (las actuaciones de Chenoa no cuentan porque ella las hacía todas extremadamente bien, su relato nunca fue de superación), pero no hay muchos más porque el “-azo” es un fenómeno tan misterioso que no ocurre casi nunca. Hay ediciones enteras es las que no ocurrió. Hay ediciones en las que ocurrió dos veces, como en 2017 con Ana Guerra (‘Sax’) o Amaia (‘Shake It Out’, una actuación en la que Amaia, que ya era la mejor desde la gala 0, encontró inexplicablemente la manera de ser aún mejor). Vender tanto el “Ruslanazo” antes de que ocurriera demuestra que España todavía no ha aprendido (este país tiene sus tiempos) que añadirle el sufijo “-azo” a una actuación antes de que ocurra puede convertirse en un lastre. Su versión de ‘SloMo’ estuvo llena de aciertos: no intentar emular la coreografía original (entre otras cosas porque está patentada), una escenografía radical y arriesgada en su saturación de amarillo y violeta que colocaba la actuación en una dimensión propia y una disciplina militar por parte de Ruslana a la hora de aprenderse la córeo.

Ella hizo todo lo que pudo. Controló el escenario de tal manera que sabía en todo momento hasta dónde iba a caer su coleta. Incluso consiguió que la audiencia se olvidase de lo que llevaba puesto: un mono de color violeta con agujeros que solo puede describirse como la cosa más fea que ha pisado ese escenario en 12 ediciones. Ese mono tan apretado es una idea terrible en general, pero particularmente peligrosa para alguien con gastroenteritis. Era tan apretado que si cerrabas los ojos muy fuerte podías escuchar los comentarios que le hizo Carlos Lozano en una realidad paralela en la que Carlos Lozano nunca dejó de presentar OT. Y la única explicación posible a ese look es que, durante la cena de Nochebuena, el sobrino de Rosa de vestuario le explicó la expresión “servir coño” y ella se la tomó de manera absolutamente literal.

Ruslana ha tenido una semana para montar una actuación que requería meses. El resultado fue que consiguió hacer el show pero no disfrutar de él. Se la notaba concentrada en los pasos y, por alguna razón, dejó escapar el subidón del estribillo final. Tampoco ayudó que en el break la rodeasen cuatro bailarinas (Chanel lo hizo sola porque así no se perciben las posibles desincronías). Así que la actuación fue muy caliente pero no explosiva, aunque hubo suficientes momentos de chispas para erigirse como la mejor de la noche. En algún lugar de San Sebastián (o de San Sebastián de los Reyes), Miryam Benedited sonrió pensando “este país no me merece”. Ruslana consiguió darle identidad propia a una actuación cuyo original es imposible de imitar (y eso que todos los mariquitas de España lo llevan intentando 20 meses) y lo cierto es que nadie podría haberlo hecho mejor con solo una semana de ensayos, enferma y en una gala 5. Porque esta actuación le llegó demasiado pronto: habría brillado mucho más de ocurrir en la gala 9.

La noche se puso a 1.5 cuando Masi irrumpió en el escenario para decir “Ruslana, tú fuiste la nómada favorita la semana pasada y se te quedó una cara de no creértelo, podías elegir una clase y escogiste la de Vicki”. Ruslana, por su parte, respondió “Sí”, que es lo único que puede responderse a Masi porque Masi tiene la manía de hacer la pregunta y responderla. “Vivir de la música es muy difícil, ¿a que sí?”, les dijo. “Sí”, respondieron.

Cris Regatero dijo que su número favorito es el 24. El número favorito de Myriam Rodríguez, la jurado invitada de la semana, es claramente el número de teléfono del estilista de Inés Hernand. Y el número favorito de Buika es 0, porque esa es la cantidad de mierdas que le importa lo que penséis de ella. Su menú de la noche empezó con Chiara, que por cierto iba vestida como una agenda de Kukuxumusu. Buika le dijo que interpreta todas las canciones iguales, el público entró en cólera y Buika inmediatamente ordenó “Un poquito de orden, mis amores”. ¿Un poquito de orden? ¿El público de OT? Pero si esa gente hace que el público de ‘La ruleta de la suerte’ parezcan filósofos del Renacimiento. Y encima anoche les pusieron diademas de 2024, cuando todo el mundo sabe que poner algo en la cabeza de un español lo convierte en la oveja de Los Simpson que se volvía adicta al tomaco. El público de OT1, OT2 y OT3, por cierto, era mucho menos agresivo con las valoraciones del jurado, lo cual daría para un análisis de cómo ha cambiado la actitud ante la autoridad entre la Generación X y la Generación Z.

Buika empezó su valoración de Álex con “Ante todo tengo que decirte que tu actuación ha sido extremadamente enérgica”. Álex ya empezó a pensar en qué canción de Nil Moliner elige la semana que viene. “Extremadamente enérgica”, repitió. Y, por si quedaban dudas, soltó un tercer “extremadamente enérgica” que ya directamente sonaba a “no me pagan lo suficiente para aguantar esta mierda”. Ante las protestas desatadas del público, Buika se limitó a decir “¡Mis amores…!” con una sonrisa que sugería que mañana toda esa gente amanecerá muerta.

A Buika también le tocó valorar a Martin. Y con “le tocó” quiero decir que claramente lo pidió ella. Ese es su regalo de Reyes. Arrancó con un “Vuestra canción ha sido muy divertida”, que cualquiera que haya visto las seis galas sabe que es absolutamente una trampa. “Pero tienes que apretar, porque te estás acomodando”, continuó. Y no le falta razón. Martin no está concursando en OT, está surfeando OT. ¿Cómo no se va a estar acomodando un hombre que se define a sí mismo “bohemio” en 2023? Porque Martin en realidad no es bohemio, Martin es el tipo de chico que está acostumbrado a que todo el mundo le sonría allá donde va. Todos tenemos un amigo así y si no te lo has planteado es porque ese amigo eres tú.

“Tienes que apretar, papi”, insiste Buika por segunda vez. Abril Zamora está en estado de shock y Noemí Galera hunde su cara en las rodillas. Estas reacciones no solo denotan estupor porque Martin no merecía la nominación (que es cierto: no la merecía), sino también porque resulta muy perturbador ver a alguien siendo hostil contra una persona como Martin. Pero Buika no ha tenido suficiente (ella nunca tiene suficiente) y va a por una tercera, porque por lo visto está probando un nuevo ritual que consiste en mantras de tres en tres: “Aprieta, papi”. No es la primera vez que Martin escucha esas palabras en su vida. De hecho, seguramente no sea la primera vez que las escucha esta semana.

Myriam empezó la valoración de Naiara diciendo que “no nos parece que haya habido conexión”. ¿Que no ha habido conexión? Si a Naiara y a Lucas solo les faltó pedir una hora sin cámaras. Pero de repente cambió a “para nosotros sí ha habido conexión” y la invitó a cruzar la pasarela. Myriam parecía algo confusa, seguramente porque cometió el error de ponerse el medallón que Buika le regaló antes de salir a plató. Debió hacer como Pablo, que anoche metió el medallón de Buika en el congelador e hizo sus mejores valoraciones de la temporada: “Cuidado con la euforia, Paul, queda un poco forzada y al final estás en un dúo”.

Álvaro, Paul, Álex y Martin quedaron propuestos por el jurado y Chenoa dio pasó a Noemí. Ella saltó como un resorte: “Antes de nada, Myriam, no lo has podido hacer mejor”. A ver… sí. Sí que podía, Noemí. A continuación señaló una serie de “fallos objetivos” en las actuaciones “que se han pasado por alto”. Y remató con “No hemos escuchado lo mismo y no entendemos las nominaciones”. Estas polémicas son rarísimas en el OT post-2017. Pero esta semana se viralizaron en Twitter un par de vídeos de su rol como jurado (como aquel en el que le decía a Virginia, dos veces, que por haber salido favorita uno de sus compañeros iba a estar nominado mereciéndoselo menos que ella), así que quizá Noemí los vio y le entró morriña. En cualquier caso, es sano, divertido y jaleoso que haya discrepancias en OT. Ya le iba haciendo falta a esta edición. Y Noemí, desde luego, sabe dar buena televisión. No hubo contraplano de Buika, eso sí, quizá porque estaba demasiado ocupada fabricando una muñeca de vudú con gafas de color granate.

Los profesores salvaron a Martin. Los compañeros, a Álvaro, con cinco votos. Cuatro fueron para Álex y cero para Paul, que si ya se sentía desplazado en la academia esto es lo que le faltaba. No le votó ni Juanjo, su compañero de actuación, algo que como bien saben los fans de OT es rarísimo que ocurra, aunque solo sea por no quedar mal ante la gente. Pero eso a Juanjo le da igual, tal y como demuestran sus favs de Instagram.

Las cosas no pintan bien para Paul. Porque las cosas no suelen pintar bien para la gente como Paul. En este sentido es la némesis de Martin. Si Martin va por el concurso como quien pasea por la playa, Paul tiene la actitud de un minero picando piedra que encima intenta hacerlo sonriendo. Pero su mirada le delata. Esa mirada está cansada. Y no es cansancio de las últimas seis semanas, es cansancio de los últimos 20 años. Álex tiene, a priori, las de ganar por tercera vez (sobre todo porque ahora votar es gratis, cuando había que pagar los fans recalcitrantes acababan rindiéndose) y le dará igual que el jurado le siga nominando con argumentos como “tienes demasiada energía”. Por supuesto que dar botes es un recurso fácil, pero, a diferencia de en Estados Unidos, al púbico español le gusta que los cantantes sean simpáticos y les recuerdan a su primo. No, lo importante no es conectar sino entender dónde estás. Y Álex lo sabe perfectamente. El mundo está diseñado para que los hombres como Álex sepan siempre exactamente dónde están.

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