Aprovechando el estreno de la magnífica ‘Nouvelle Vague’, de Richard Linklater (ya reseñada en nuestra crónica del Festival de Gijón), proponemos un top de películas del célebre movimiento francés que impulsó la llegada de la modernidad –en términos de historia cultural, de “conciencia lingüística”- al cine. No se trata de una selección canónica, sino personal, atendiendo a un criterio que considero fundamental a la hora de valorar las películas del pasado fuera del ámbito estrictamente historiográfico: su relevancia en el presente, esto es, cómo ha pasado el tiempo por ellas.
Antes, para quien quiera ampliar conocimientos, recomiendo el que, a mi juicio, es el mejor libro publicado en castellano sobre el tema: ‘En torno a la Nouvelle Vague: rupturas y horizontes de la modernidad’ (VV.AA., 2002).
Los cuatrocientos golpes (François Truffaut)
Con ella empezó todo. Sin la repercusión que tuvo el debut de François Truffaut en el festival de Cannes de 1959, donde obtuvo el premio a la mejor dirección, quizá el movimiento no se habría articulado de manera tan cohesionada, con los cinco críticos de Cahiers du Cinéma -Truffaut, Jean-Luc Godard, Éric Rohmer, Claude Chabrol y Jacques Rivette- debutando en el largometraje prácticamente al mismo tiempo. Rodaje en exteriores, interpretaciones naturalistas, cámara móvil, narración abierta… ‘Los cuatrocientos golpes’ (1959) impresionó (y sigue impresionando) por su asombrosa libertad creativa y su extraordinaria sensibilidad dramática. Sensibilidad que encontraría una prolongación más abiertamente lírica y romántica en otro hito del movimiento: ‘Jules y Jim’ (1962).
Disponible: Filmin.
Al final de la escapada (Jean-Luc Godard)
Si Truffaut alumbró el cine moderno, Godard le puso luz estroboscópica y le aplicó descargas eléctricas. Con su increíble debut, ‘Al final de la escapada’ (1960), convertida con el paso del tiempo en la película más emblemática de la nouvelle vague (y en la más cool), el cineasta franco-suizo dinamitó la gramática fílmica tradicional, el conocido como “modo de representación institucional”, con una audacia, frescura y entusiasmo contagiosos. En la película conviven el amor fetichista por el cine clásico, la irrupción plena de la modernidad y la prefiguración de la posmodernidad. Todo lo que haría célebre a Tarantino en los 90, ya lo había anticipado Godard en los 60 (no por casualidad, el primero bautizó a su productora como A Band Apart). Ver esta película y después la de Linklater es el summun del gozo cinéfilo.
Disponible: Filmin, Movistar+, Flixolé
Banda aparte (Jean-Luc Godard)
La explosión creativa de Godard en los 60, hasta que se separó de su mujer y musa Anna Karina y se volvió maoísta, es asombrosa. Pocos cineastas han demostrado una capacidad comparable para generar secuencias icónicas, imágenes destinadas a perdurar más allá del propio relato. ‘Banda aparte’ (1964) contiene dos de las escenas más célebres y narrativamente significativas de la historia del cine, auténtica poesía pop: el baile en el café, que funciona como una performance, una fuga lírica, juguetona y autoconsciente que suspende la progresión narrativa y subvierte la lógica dramática del filme, inaugurando una forma de digresión que sería posteriormente imitadísima; y la carrera por el museo de Louvre, una travesura aparentemente infantil que en realidad esconde un potente discurso político lleno de irreverencia, casi un acto de transgresión punk.
Disponible: Filmin, Prime Video
Mi noche con Maud (Éric Rohmer)
A Éric Rohmer le costó mucho más arrancar que a Truffaut y Godard. Su primer largometraje, ‘El signo de Leo’ (1962), fue un fracaso y pasó prácticamente desapercibido. Hubo que esperar a ‘La coleccionista’ (1967) y, sobre todo, a ‘Mi noche con Maud’ (1969), presentada con gran éxito en Cannes y nominada a dos Oscar (mejor guion original y mejor película de habla no inglesa), para que su carrera despegara definitivamente. A partir de entonces, Rohmer se consolidó como uno de los cineastas más influyentes del cine contemporáneo (todas las películas de parejas hablando sobre el amor y el sentido de la vida mientras pasean le deben mucho a su cine). En ‘Mi noche con Maud’ se condensa ya todo lo que define el estilo rohmeriano: depuración formal, densidad moral e intelectual y una ligereza narrativa que convierte sus filmes en agradables paseos cinematográficos, tan discretos y serenos como profundamente reflexivos.
Disponible: Filmin, Prime Video
Cleo de 5 a 7 (Agnès Varda)
Qué bien le ha sentado el paso del tiempo a esta película. La obra más conocida de Agnès Varda es un claro ejemplo de revalorización tardía. ‘Cléo de 5 a 7’ fue muy apreciada por sus coetáneos, pero pronto quedó relegada a un segundo plano hasta que, más de veinte años después, Varda regresó al primer plano del cine mundial al ganar en el Festival de Venecia con ‘Sin techo ni ley’ (1985). A partir de entonces, una nueva generación de espectadores fue redescubriendo su obra hasta alcanzar el reconocimiento actual: en la última gran encuesta de Sight and Sound, ‘Cléo de 5 a 7’ apareció en el puesto 14 entre las mejores películas de la historia. Varda no solo aportó una mirada femenina pionera a la nouvelle vague (y a los “nuevos cines” en general), sino que alcanzó una de sus cimas estéticas: una combinación excepcional de ligereza documental, rigor compositivo y un magistral uso del tiempo subjetivo.
Disponible: Prime Video
La felicidad (Agnès Varda)
Si ‘Cléo de 5 a 7’ está sobradamente reconocida, a ‘La felicidad’ (1965) aún le queda un buen trecho. Pero llegará. Reivindicada por la crítica feminista contemporánea, la película fue en su momento ampliamente incomprendida. Varda juega con la ironía desde el propio título. Bajo una apariencia luminosa, casi publicitaria -colores saturados, paisajes bucólicos, intérpretes guapos, música amable de Mozart-, que actúa como un maquillaje alegórico, la película despliega una crítica muy fina (tan fina que en una lectura rápida se podría confundir con ambigüedad) de la ideología burguesa y patriarcal. Cuanto más perfecta parece la imagen, con un cromatismo exuberante que hoy calificaríamos de almodovariano, más inquietante resulta el contenido: la naturalización del deseo egoísta masculino heterosexual.
Disponible: Filmin, Prime Video
Adiós Filipina (Jacques Rozier)
Con ‘Adiós Filipina’ está ocurriendo algo parecido a lo que ha sucedido con ‘La felicidad’. Olvidadísima durante muchos años, en parte debido a la escasa producción posterior de su director (solo rodó cuatro largometrajes más, muy espaciados en el tiempo), la película está siendo poco a poco redescubierta y valorada como una de las obras más logradas de la nouvelle vague. El debut en el largometraje de Jacques Rozier contiene todo lo que cabe esperar de la “nueva ola”: entusiasmo juvenil, libertad formal y experimentación narrativa. Un retrato generacional naturalista y evocador, marcado por la guerra de Argelia, presencia latente y amenazante que tiñe de melancolía y de una persistente sensación de despedida una obra llena de frescura y vitalidad. Una joya.
Disponible: Filmin
La mujer infiel (Claude Chabrol)
Con Claude Chabrol ocurre lo contrario que con Godard: hay que esperar a finales de los años sesenta para empezar a ver sus mejores obras y el estilo por el que sería más reconocido. Pero, a diferencia de Rohmer, no se trata de una escasez de películas -desde su debut en 1958 con ‘El bello Sergio’, Chabrol rodó nada menos que 19 largometrajes-, sino de una cuestión de madurez como cineasta. Con ‘La mujer infiel’ (1969) empezamos a ver al gran retratista de la burguesía que, utilizando los códigos del thriller, disecciona la (a)moralidad de la clase media acomodada con precisión de carnicero (parafraseando el título de una de sus obras maestras). El cine del prolífico Chabrol -más de cincuenta largometrajes- no es rupturista en lo formal, sino en lo moral. Sus formas son clásicas, pero su contenido resulta profundamente irreverente y corrosivo.
Disponible: Movistar+, Flixolé
Los locos viajes de Céline y Julie (Jacques Rivette)
De los cinco redactores de Cahiers du Cinéma que formaron el núcleo duro de la nouvelle vague, Jacques Rivette es el menos conocido y, para mi gusto, el menos interesante. Casi nunca he conectado con su cine. Por eso he elegido una película que no pertenece al periodo clásico de la nouvelle vague, que iría de 1959 a 1969, con la explosión del Mayo del 68 como punto de cierre, pero que considero la más fiel a su espíritu original. ‘Los locos viajes de Céline y Julie’ (1974) funciona muy bien como fábula lúdica y luminosa sobre la amistad entre dos mujeres, jugando con mucha gracia e imaginación con el surrealismo, el melodrama decimonónico y lo metacinematográfico.
Disponible: Filmin
El desprecio (Jean-Luc Godard)
Podría haber acabado esta selección con cualquier otra película del Godard pre-sesentayochista, con maravillas como ‘Una mujer es una mujer’ (1961), ‘Pierrot el loco’ (1965) o una de sus grandes obras maestras, ‘Vivir su vida’ (1962) (habrá quien eche de menos a cineastas como Alain Resnais, Louis Malle o Jacques Demy, pero considero que eran autores que iban por libre y que han sido incluidos en el saco de la nouvelle vague más por proximidad generacional y afinidad estilística que por una verdadera pertenencia al movimiento). Pero, ya que acaba de morir Brigitte Bardot, qué mejor manera de terminar que con la que fue su mejor película. ‘El desprecio’ (1963) es, desde el punto de vista audiovisual, una de las obras más hermosas jamás filmadas: una melancólica historia de desamor conyugal y de amor al cine, reflejo de las tensiones entre arte e industria, modernidad y clasicismo, sentimiento y reflexión, articulada a través de una deslumbrante utilización del color y de una banda sonora inolvidable de Georges Delerue.
Disponible: Filmin
