Una confesión: al final no pude asistir al anterior concierto de Morrissey en el Sant Jordi Club. Ahora me alegro porque, si lo hubiera hecho, no hubiera acudido al Razz anoche y me hubiera perdido su magisterio de carisma escénico en la distancia corta que permite la sala. Supongo que muchos de los seguidores ocasionales que asistieron a la anterior velada se abstuvieron esta vez de venir, porque había una buena entrada pero no llegó al lleno absoluto.
Esta vez tampoco hubo teloneros; en vez de eso, repitió la jugada de proyectar vídeos… que acabaron aburriendo a las ovejas, porque junto a Ramones, Jefferson Airplane, Penetration, homenajes al fallecido Steve Strange de Visage, Aznavour, un simpático vídeo de flamenco de José Greco (aplaudido y abucheado a la vez) o sus idolatrados New York Dolls, también nos tocó tragarnos aburridísimas martingalas variadas durante más de media hora. El público, impaciente, empezaba a silbar y abuchear, como queriendo decir: «De acuerdo, este es el universo que te ha conformado, Mozz. Pero es que nosotros queremos verte a ti».
Cuando por fin la pantalla cayó, el ídolo aún se hizo esperar unos minutos, hasta que hizo su entrada triunfal, enfundado en unos pantalones y una camisa negra con ribete plateado, tan hortera como puedes llegar a esperar de él. En contraste, su banda vestía como si fueran los secundarios del Oktoberfest (camisas blancas, tirantes negros). La primera canción fue un tiro a bocajarro a nuestros corazones: ‘Suedehead’. En un instante se borró el tedio de los vídeos y el Razz se vino abajo cantando eso de «I’m so sorry’, ocultando prácticamente la voz de nuestro héroe. Sí, reconozco que dudaba de Morrissey. Pero la duda se evaporó inmediatamente, porque él está en una forma estupenda y su voz brilla, potente, magnífica, mientras que su banda es una máquina engrasada y precisa, con el único pero de un volumen demasiado atronador.
El inicio fue tan arrollador que hasta infectó a la siguiente ‘Staircase at the University’, aunque el entusiasmo se fue rebajando a medida que se iban sucediendo los temas de ‘World Peace is None of your Business‘; nada menos que cuatro seguidos en el arranque del concierto (tocó nueve en total). Entiendo que no quiera vivir de glorias pasadas, pero hubiéramos agradecido un repertorio algo más aligerado de tantas novedades. Morrissey está muy por encima de este repertorio, a años luz, a galaxias infinitas. En el escenario del Razz convertía el latón en oro, a base de carisma, magnetismo, desplantes, un calculado histrionismo y una interpretación vocal portentosa que convertía esas canciones tan nimias en engañosamente grandes. Si nos pide palmas al final de la homónima ‘World Peace…’, se las damos; si hay que festejar ‘Kiss me a Lot’ como una gran canción, pues la festejamos.
Las primeras filas lo celebraban todo. El resto estábamos expectantes, pero igualmente hechizados. Llegó ‘I’m Throwing my Arms Around Paris’ y casi fue recibida como un clásico. Convirtió ‘Speedway’ en algo épico; no pudo con él ni el momentáneo fallo de micro que le dejó sin voz y la cerró entonando a capella un fragmento de ‘Frankly Mr. Shankly’. Hizo que ‘Smiler with Knife’, en perfecta sincronía con la banda, fuera un sentido y delicado número en el que el público incluso instaba a callar a los inconscientes que osaban charlar mientras el ídolo se desnudaba emocionalmente. Después de presentar a la banda, llegó el delirio cuando empezó ‘Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before’, delirio que llegó al clímax cuando la enlazó con ‘First of the Gang to Die’, coreada hasta la afonía. Me hizo tantísima ilusión que la tocara, que hasta le perdoné esa especie de versión tex-mex sincopada. Lástima que no pudiéramos seguir así y continuara con la simpática (y poco más) ‘The Bullfighter Dies’ y la sosita ‘One of your Own’. En comparación, ‘The World Is Full of Crashing Bores’ es un oasis. Pero el carisma y el chorro de voz de Mozz lo salvaban casi todo: la trascendencia de ‘I’m not a Man’ quedó hilarantemente truncada cuando alguien le lanzó un sujetador negro de raso que se dedicó a voltear con lanzamiento posterior, pero ‘Neal Cassady Drops Dead’ provocó la misma indiferencia que en disco. Otro mérito que hay que concederle es el perfecto control del timing del concierto; en el momento en que el sopor nos amenazaba, tocó ‘What she Said’ y la gente se volvió loca otra vez, cerrándola con el canturreo final de ‘Rubber Ring’. En ese momento el tupé de Morrissey ya era historia, de lo chorreante de sudor que estaba, mientras arrancaba ‘Meat is Murder’. Lejos de ser celebrada, el público se quedó congelado a causa de los escalofriantes vídeos de sacrificios de animales con los que nos aleccionó, mientras que la canción adquiría tintes apocalípticos cuando Morrissey aporreaba el gong gigante que presidía el escenario y que hasta ese momento había permanecido intacto.
En los bises, nos dio la bienvenida una foto de Bruce Lee. Morrisey saludó teatralmente junto a la banda… y llegó ‘Every Day is Like Sunday’, ante la algarabía general y el coreo masivo. La única canción de toda la noche que sí que estuvo por encima de él, que de repente se mostró torpe y renqueante. Y en un segundo, se desataron todos los topicazos Morrissey: Luis Le Nuit volvió a abrazarlo; una chica de amarillo lo intentó pero no lo consiguió; Morrissey se arrancó la camisa, la tiró, mostró su torso desnudo ya macilento desafiante y se largó. Puto amo.


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De ‘Ghost Rider’ de Suicide a ‘Tous les garçons et les filles’ de Françoise Hardy. De la combinación de varios planos de un hotel que parece en permanente temporada baja hasta el sostenido plano fijo de un degradado complejo industrial. Así empieza y termina ‘Attenberg’ («mala» pronunciación de Attenborough, el naturalista de los documentales de la BBC), la segunda película dirigida por Athina Rachel Tsangari, productora de los filmes de Yorgos Lanthimos (que aquí hace un pequeño pero jugoso papel como actor). Entre una y otra canción, entre una y otra secuencia, discurre el camino de iniciación -sexual, vital- de la protagonista (fabulosa Ariane Labed, una actriz que dará que hablar). Un complicado proceso de aprendizaje protagonizado por una joven que parece salida de la familia de ‘Canino’, una chica indefensa y sin habilidades sociales lanzada a un mundo extraño e inhóspito por el padre/Estado agonizante. No tiene la fuerza simbólica ni la capacidad de impacto de la película de Lanthimos, pero es una digna descendiente.
Uno de los aspectos más sobresalientes de ‘Canino’ era su oblicuo y desconcertante sentido del humor. El debut de Babis Makridis (no por casualidad escrito por Efthymis Filippou, guionista de ‘Canino’) conduce al espectador por esa senda tragicómica ofreciendo una de las comedias más despojadas, desapegadas, desecadas y todos los «des» que se nos pueden imaginar de los últimos años. La historia de un hombre que vive en su coche y, como dice el propio director, «pierde la sensación de estabilidad», es un ejemplo extremo de humor beckettiano, de comicidad dislocada solo apto para amantes de la carcajada a destiempo, las narraciones inhóspitas y las metáforas retorcidas. Que la opera prima de un director de cine que no sabe conducir esté protagonizada por un experto conductor de automóviles habla muy a las claras de qué clase de película es ‘L’.
Quien la haya visto (se pasó en el último festival de Gijón) se preguntará por qué incluyo una película como ‘Xenia’ en esta selección. El filme de Panos H. Koutras, gran admirador de Almodóvar o Fassbinder, no puede estar más lejos de las premisas narrativas y estilísticas que caracterizan a esta Greek Weird Wave. ‘Xenia’ es una película de gramática convencional y algo rutinaria, que nada tiene que ver con el rigor formal y la carga simbólica del cine de Lanthimos y compañía. Sin embargo, tiene un interesante punto en común: la rapidez de reflejos que demuestra su director a la hora de detectar (y denunciar) las amenazas que se ciernen sobre la sociedad griega. En este caso, el viaje iniciático que emprenden unos hermanos griego-albaneses en busca de su padre a ritmo de Patty Pravo y 
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