El típico discurso de «está acabada», «ya no es lo que era» o «sus fans le han hecho el vacío» se fue al traste al comprobar las larguísimas colas que desde horas antes de la apertura de puertas había en las inmediaciones del Palau Sant Jordi de Barcelona para ver la única parada que el artRave de Lady Gaga hacía en nuestro país. A pesar del fracaso de ventas y la deficiente promoción de la era ‘Artpop’ se rozó el aforo completo (algo que a Kylie ya le hubiera gustado cuando nos visitó recientemente), demostrando que el público español le sigue mostrando pleitesía aun pasando por su momento más débil de popularidad. Por ello, atendiendo a la entrega absoluta del público (la mejor de todas sus visitas por aquí, de calle) y comprobar que el Sant Jordi era una auténtica olla a presión de little monsters y amantes del pop ya entrados en años, la diva se creció de mala manera y ofreció un show atípico que convenció. Pero vayamos paso a paso.
Lejos de apoyarse en atrezzos imposibles, una escenografía apabullante y vestuarios de escándalo, el artRave se vertebra única y exclusivamente por la presencia de la propia Gaga. Ciertamente, en comparación con giras anteriores, esta es la más low cost de todas. Sin embargo, esa distribución de las pasarelas (donde en realidad sucedía toda la acción, mucho más que en ese escenario principal lunarmente indescifrable) fueron un auténtico acierto porque repartían la atención en diversos puntos, generando la locura allá por donde ella paseaba sus nalgas turgentes. Visualmente resultó poco efectista (alguien debería decirle que retomara los interludios de vídeo del The Monster Ball Tour entre cambio y cambio de modelito) pero, como decimos, el espectáculo está pensado para que nada le robe protagonismo a Gaga.
En el primer tramo compuesto por ‘Artpop’, ‘G.U.Y.’, ‘Donatella’ y ‘Venus’ a ella se la vio bastante perjudicada tanto física como vocalmente, tan pasadísima de vayan ustedes a saber qué, que no dudó en tirarse al público durante los últimos segundos de ‘MANiCURE’ provocando uno de los instantes más punk de la noche (tan pronto un miembro de seguridad se la llevó del público en brazos, emulando ‘El Guardaespaldas’, contabilicé cuatro personas que ipso facto tuvieron que ser atendidas por los servicios médicos). Sea lo que fuere lo que se tomó antes de subir al escenario, eso sí, tras el stage diving su voz volvió a la normalidad y contentó en cierta manera a los nostálgicos con un popurrí de la etapa ‘The Fame’ compuesto por ‘Just Dance’, ‘Poker Face’, y ‘Telephone’. Y decimos lo de en cierta manera porque ella misma ya avisó en uno de sus primeros discursos populistas: este no era el lugar para escuchar sus primeros hits, sino ‘Artpop’.
Más allá de las mencionadas, en esta gira rescata también ‘Paparazzi’, ‘Born This Way’ al piano y una parte de ‘Alejandro’ y ‘Judas’ (antes de ponerse bruta con ‘Aura’). Y hasta se permite el lujo de cantar a medias una joya como ‘Do What U Want’ porque a ella le sale de la peineta. Parece mentira, pero eso no importó en absoluto a los ahí presentes, que ovacionaron todas y cada una de las nuevas canciones de un modo sorprendente para quien esto escribe y hasta para la propia Gaga, que durante los últimos meses ha tenido que batallar con arenas prácticamente vacías y la sombra del fracaso mediático.
Ese marco tan favorable es la única explicación que se le puede dar a la actitud de Gaga durante las dos horas y cuarto que duró el concierto. Entregadísima a la causa como buena folclórica que en realidad es, repitió hasta la saciedad su amor por Barcelona, se emocionó realmente cuando una galaxia de móviles iluminaron el Palau Sant Jordi mientras bordó ‘Dope’ al piano y se la veía realmente feliz de actuar ante un público que no respondía con tanta pasión ni en su mayor momento de popularidad allá por 2010. Obviamente, aun sigue empeñada en sus speechs de autoayuda, deja bastante que desear como bailarina y le cuesta mantener el ritmo de un espectáculo de estas características. No obstante, el momento en el que subió a uno de sus fans al escenario para cantarle ‘You & I’ y rescatar nuevamente la versión del ‘What’s Up?’ de 4 Non Blondes, fueron de una ternura aplastante y humanizaron a la diva, que se lo estaba pasando pipa.
Para el final se guardó otra versión, la del ‘Bang Bang (My Baby Shot Me Down)’ de Nancy Sinatra, además de ‘Bad Romance’, ‘Applause’, la ida de olla de ‘Swine’ (mientras sus bailarines tiraban cerditos de peluche) y ‘Gypsy’, ya como bis. Pero poco importaba el colofón final. Gaga cumplió su cometido y convirtió aquello en una auténtica fiesta pseudo-ravera, una celebración que a pesar de sus imperfecciones funcionó a las mil maravillas en las distancias cortas. Miedo da si en un futuro renace de sus cenizas y lanza un buen puñado de singles que vuelvan a ponerla en la primera división del pop palomitero. Para entonces, el Palau Sant Jordi se hundirá literalmente, que no quepa duda. 8



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