Andaluces, levantaos (Parte I)

Por | 27 Nov 18, 23:16

La primera obra que estudió la lengua castellana, y que fue a su vez el primer libro impreso sobre las reglas de cualquier lengua romance, es la Gramática Castellana de Antonio de Nebrija, de 1492… criticada décadas después por Juan de Valdés en ‘Diálogos de la lengua’ porque su autor era de un lugar “donde la lengua no está muy pura”. Si no sabíais de dónde era Nebrija, seguro que esto último os da una idea. Y es que no es nada nueva la idea del andaluz como algo negativo, fallido, de menor nivel cultural, algo que quita validez a tu discurso. Esto se traslada de la lingüística al resto de aspectos: “este tópico del andaluz como el que habla mal español conlleva el razonamiento de que quien habla mal piensa mal y, por tanto, es un incapaz” decía Pedro Carbonero, y una prueba de esto es la cantidad de gente a la que le “encanta” el acento andaluz… pero para contar un chiste, no para un contexto serio, hombre-por-favor. Manuel Alvar, ex-director de la RAE, defendía el hecho de que en los informativos de la televisión andaluza se neutralizase el acento: “buscar presentadores que hablen en andaluz para contar los partes de la guerra de Kosovo es una idea que me parece una sandez supina”. Él aseguraba, no obstante, valorar el andaluz. Quizás como valoraríamos un buen chiste o un buen baile, o incluso un buen polvo, y a la vez consideraríamos inapropiado hacer cualquiera de esas tres cosas en una reunión, en un contexto formal. Y quizás ahí está una de las claves, en lo que los propios andaluces tenemos interiorizado: el escritor onubense Vaz de Soto no aprueba que “se exagere el acento en un programa de chistes y luego en el informativo se intente disimular”, y lo ve un síntoma de esa especie de “andaluzofobia interiorizada”: “los primeros en aceptar el absurdo dictamen de que en Andalucía se habla mal son los andaluces, los individuos pertenecientes al sector discriminado, como todos los profundamente alienados, aceptan sus alienaciones”. Tiene sentido. Como lo tiene el hecho de que, cuando vas saliendo de esa alienación, vayas dejando de sentirte bien cada vez que te “piropean” diciendo que, para ser andaluz, hablas muy bien, que no lo pareces…. igual que fuiste dejando de agradecer los “¡qué guay, para ser gay no se te nota nada!”.

José María Pérez Orozco, Catedrático de Lengua y Literatura Española y director de la IV Bienal de Flamenco, fue conocido sobre todo por su activismo sindicalista y en defensa del andaluz, siendo especialmente viral su explicación del “no ni ná”. Consideraba el andaluz “la variedad de la lengua española, desde Hispanoamérica hasta Filipinas, más avanzada” y equiparaba sus peculiaridades a las de las lenguas romances cuando empezaron a derivarse del latín y a “acortar palabras para decir lo mismo con menos sonido, con menos esfuerzo”, animando a los andaluces a sentirse orgullosos de su acento, en lugar de sentir vergüenza cuando están frente a alguien de fuera. Porque ese sentimiento de inferioridad sigue bastante presente y, en la era digital, está evidentemente muy relacionado con la representación en ficción, y en no-ficción. La actriz e historiadora María Galiana comentaba, en una entrevista que le hizo Manu Sánchez, que es lógico el complejo de inferioridad de los andaluces teniendo en cuenta que al hecho de que la televisión nacional esté salpicada de estereotipos sobre nosotros se le suma “que en la propia televisión andaluza se pongan a hablar fisnos, como decimos nosotros”, aprovechando para ironizar sobre el amplio (y quizás no tan conocido como debería) pasado multicultural de la tierra de Blas Infante: “yo me siento muy romana y muy musulmana… cristiana-medieval me siento menos porque se lavaban poco”.

Y precisamente esta riqueza cultural nos lleva al motivo por el que estamos hablando de este tema en JENESAISPOP. El motivo está relacionado con una serie de nombres. De Miguel de Molina, Camarón, Lole y Manuel, Lola Flores, Morente, Pepa Flores/Marisol, Rocío Jurado o Raphael, a Fuel Fandango, Miguel Ríos, Los Planetas, Pata Negra, Lagartija Nick o Martirio; de Mala Rodríguez, David Bisbal, Manuel Carrasco, Vanesa Martín, Falete, Pablo Alborán, Sabina, Alameda o Chambao a Dellafuente, Gata Cattana, Zahara, Virginia Maestro, Medina Azahara, Pony Bravo, Anni B Sweet, Rocío Márquez, SFDK o Brisa Fenoy; de Yung Beef, Ayax y Prok o La Favi a Lori Meyers o El Kanka. Pasando, por supuesto, por la que personalmente considero la fusión musical más envidiable de nuestro país en las últimas décadas: la representada por Triana mezclando en los 70-80 el rock progresivo de Pink Floyd con el flamenco, y pariendo un himno generacional (‘Hijos del agobio’), uno de los más bellos temas escritos en español (‘Tu Frialdad’) y un viaje lisérgico-folclórico (‘Abre la puerta’), entre muchísimos otros “hijos” que son hitos de nuestra música, y cuya influencia es enorme (por citar solo un ejemplo reciente, el de los algecireños Atavismo). Lo que quiero decir con esto es que es innegable que Andalucía ha exportado multitud de artistas de una gran calidad, o de un gran tirón comercial, o ambas cosas a la vez… PERO. Pero, al mismo tiempo, parece que cuesta más tomarse en serio a un cantante/grupo si es andaluz, si se nota que es andaluz. Eso sin contar el tema de la centralización: ¿nunca habéis pensado eso de “si esta persona hiciese en Madrid o Barcelona en vez de aquí, lo petaría”?

No sé, quizás sean solo cosas mías… pero la cosa es que, antes incluso de que toda la polémica de Rosalía saltase al mainstream, mucha de la gente que veía el vídeo de ‘Malamente’ y luego escuchaba una entrevista suya se sorprendía de que no fuese andaluza, se sorprendía de “lo bien que habla en realidad” (recuerda el caso a cuando preguntaron a Melody cómo podía hablar tan bien siendo de Dos Hermanas, ese “¿has estudiado?” que ojalá Melody hubiese respondido con el “si lo has visto es porque es, ¿no?” de su coetánea María Isabel. No, éste no es otro artículo sobre la polémica de Rosalía, porque pienso que eso sería injusto tanto para ella como para el problema real, y mucho más complejo, que hay con Andalucía. Pienso que Rosalía tiene talentazo y respeto por lo que hace (pude comprobarlo en primera persona cuando la entrevisté), y la rabia que se le ha echado encima me parece errónea… especialmente porque se equivoca de objetivo: igual estamos proyectando en ella el sentimiento de rabia hacia una prensa y, en sí, una sociedad que tiene una doble vara de medir. Por un lado, esa sociedad flipa cuando Rosalía pone ese acento y usa esa imaginería pero, por otro, cuando Dellafuente habla en su vida diaria tal y como habla en sus canciones, reacciona con esa sonrisita de condescendencia a la que muchos andaluces estamos acostumbrados. Esa sonrisita que asume que, como decía Carbonero, si hablas mal es porque piensas mal y por tanto eres un incapaz. Es un error poner el foco en Rosalía; es un acierto ponerlo en los problemas a los que se tienen que enfrentar los artistas andaluces. Y de eso, ahora sí, disculpad la larga pero necesaria introducción, de ESO va este artículo. ¿Son sólo cosas mías? Para evitar que la intención se pierda entre lo que podría ser una opinión personal, incluso victimista o exagerada –un argumento al que también estamos acostumbrados–, he querido preguntarles a aquellos de los que hablo. Para así no hablar (tanto) en su nombre. He querido preguntarles a artistas musicales andaluces.

De todo tipo. Jóvenes y adultos, mainstream y underground, pop, rock, flamenco y hasta rap, hombres y mujeres, payos y gitanos, heteros y no heteros, etc. Mala Rodríguez lo tenía claro: “siempre estamos en un mal momento”, me decía sobre la posición de los andaluces en la escena musical española, “no me creo que si eres andaluz no hayas sentido cómo cuando salimos fuera a trabajar tenemos que cambiar nuestro acento para que no se nos ridiculice y menosprecie”. “Quiero pensar que por el simple hecho de ser andaluz no van a pensar que tienes menos cultura o menos nivel intelectual, quiero pensar bien de los mesetarios”, comenta entre risas Dellafuente, “pero sí… lo vemos en la misma tele, el tonto es el andaluz, y luego lo de subtitularnos… no sé si llamarlo menosprecio, pero desde luego aprecio no es”. “Fíjate que para mí tener acento es tener cultura, me flipan los acentos, es algo que me parece tan bonito…”, me dice Anni B Sweet, que no ha notado mucho esta discriminación, “pero quizás porque siempre he achacado que no me tomen en serio al hecho de ser mujer, he pensado que era por eso, por ser mujer y joven, no he pensado en que era por ser andaluza… pero igual es todo junto”. El alma tras Lola Índigo, Mimi Doblas, me habla de la sorpresa que le produjeron los comentarios sobre que “fingía un acento latino” en ‘Ya no quiero ná”: “¡es acento andaluz y es el mío! Mucha gente no sabe mis raíces, y no será porque yo no lo llevo por bandera… pero bueno, en el próximo single diré “la vin compae” a ver si así se enteran”. La granadina también cree que en la televisión se estereotipa al andaluz: “me da coraje que se encasille el acento andaluz en papeles solo cómicos”. Su tocaya Mimi Barbz, cuyo trap feminista va ascendiendo gracias a clips como el de ‘Dios Fálico‘, estudió precisamente Arte Dramático, y me habla del “machaque constante para quitarnos el acento” que vivió durante toda la carrera. Ella lo tiene claro: “sin duda el acento andaluz es el acento más castigado de toda España, no hay por donde discutirlo.”

Quisimos hablar también con Roberto Leal porque, aunque evidentemente no es un ejemplo de músico andaluz, sí es un ejemplo de personalidad pública andaluza, de profesional de los medios que reivindica sus raíces, y de hecho muchos de los músicos entrevistados sacaron a Roberto en la conversación. El presentador de Operación Triunfo nos atendió con mucha amabilidad e interés: “me parece muy bien que saquéis esto, veo necesario que este debate esté ahí; con suerte, no será necesario dentro de unos años porque la gente apreciará lo bonito de las distintas formas de hablar.” Leal continúa: “es tan bonito el tener un acento propio… que se entienda, claro, pero, si se entiende, ¿cuál es el problema? Me da mucha pena cuando veo algún andaluz o andaluza tratando de esconderse detrás de un acento que no le pertenece, porque al final se te ven las costuras, te traiciona el subconsciente y te sale una zeta por ahí, etc. Me da mucha pena también cuando alguien andaluz viene a Madrid con veinte años y, por el hecho de adaptarse, al final con treinta parece que nació en Chamberí. Y yo no tengo nada contra Chamberí, pero yo nací en el barrio de Pablo VI, en Alcalá de Guadaira”. El periodista cuenta además que muchos alumnos a los que imparte clases en distintos cursos le preguntan si debe quitarse el acento. “Y yo lo que les digo es: para trabajar, ¿tú te preguntas si te quitas o no te quitas la ropa? ¿Para qué te vas a quitar el acento? Es algo que va pegado a tu piel. Sigue habiendo mucho miedo… pero eso solo se combate siendo normal y defendiendo tus raíces, como lo hace un gallego, un catalán o un mallorquín.” Mimi Barbz habla precisamente de la relación entre estos prejuicios y la televisión: “es normal que la gente piense que los andaluces son machistas, vagos, catetos y graciosillos si ponen la televisión y los personajes andaluces son machistas, vagos, catetos y graciosillos. Es lógico. Y es que no se trabaja por erradicar ese prejuicio. Pero ni siquiera por nuestra propia televisión, tú pones Canal Sur y te ves programas que no representan lo que realmente es Andalucía.”

El artículo continuará en una segunda entrega donde ya cedemos el protagonismo absoluto a las declaraciones de los artistas, con cuatro incorporaciones: Zahara, Lin Cortés, Antonio Arias (Lagartija Nick) y Warmi se unirán a Dellafuente, Mala Rodríguez, Mimi Doblas, Anni B Sweet, Mimi Barbz y Roberto Leal. Todos ellos nos hablarán de sus dificultades al empezar, de la andaluzofobia interiorizada, de los complejos con el acento y comentarios que han escuchado incluso en su vida profesional, del doble techo para los gitanos, de la relación entre estereotipos andaluces y el capitalismo, del centralismo Madrid/Barcelona… y hasta de Alberti y Lorca, de la serie de animación ‘Bandolero’ y de la (in)existencia de “un Bad Bunny maricón”. Enlace a la parte 2 del artículo.

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