
Título: ‘The Jazz Age’
Artist: Jack
Sello: Too Pure (1998)
A finales de los 90 el sello inglés Too Pure contaba con PJ Harvey y Stereolab a la cabeza de su catálogo de artistas, pero al fondo del mismo se encontraba este grupo de bellos perdedores que habría merecido mejor suerte, tanto entonces como ahora en retrospectiva. Discos como este ‘The Jazz Age’ se recuerdan demasiado poco. Ahora que han pasado más de 20 años desde la explosión del Britpop no cuesta entender por qué Jack no se beneficiaron en nada de dicha escena, ni con su primer disco (‘Pioneer Soundtracks’, 1996) ni con éste. En realidad sería suficiente con un vistazo a la portada (una foto color sepia de Richard Adderley -guitarrista del grupo- con guisa de escritor de los años 20). Porque lo que evidencia se extendía a toda la estética del grupo más allá de lo visual. Es verdad que simplificar ahora diciendo que el Britpop fue la expresión definitiva de la «lad culture» (algo así como «cultura machocéntrica», piensa en un fan inglés medio de Oasis) es tremendamente incorrecto: ahí están los nada hooligans discos de Pulp, Blur, o todo el lado electrónico de la escena que inexplicablemente casi siempre olvidamos. Pero también es verdad que las ensoñaciones poéticas y neorrománticas de Anthony Reynolds y sus compinches de Cardiff, sus referencias y citas culturales, pegaban bien poco en el clima reinante de aquellos años. O quizá en realidad nunca es del todo el momento de un grupo si su planteamiento es tan retro e intelectual. Jack, como Reynolds ha comentado en entrevistas posteriores, no aspiraban a «competir con Shed Seven». Querían «competir con Bowie, Nina Simone, Lennon, Roxy». Para más señas sobre cuán a destiempo se encontraban basta recordar que el NME iniciaba su crítica de ‘The Jazz Age’ en 1998 con la burlona frase «buenas noticias para los que les gusta llevar zapatos puntiagudos de ante negro y poner cara de estar un poco de mala hostia».
‘The Jazz Age’ es un ejemplar inusual en el pop de los 90. ‘Pioneer Soundtracks’ había resultado muy prometedor, pero no hacía sospechar el salto en calidad que se avecinaba con este segundo álbum. Y entonces salió el single ‘Cinemático’, publicado por el sello español Elefant en 1997, una canción maravillosa con referencias en las letras a John Fante y Bukowski, a Woody Allen, que parecía anticipar lo que la salida del disco meses después confirmó: un clásico… que nunca lo fue. El álbum se inicia con preciosa sección de cuerda, una pieza escrita por la arreglista Ruth Goettlieb, cuya solemne aportación aparece intermitentemente a lo largo de él. Una introducción que funciona como una especie de declaración de voluntad de neoclasicismo, que no se oculta para nada en todo el disco. Es quizá uno de los aspectos más instantáneamente atractivos de este grupo (lo fue entonces, cuando oí el disco por primera vez): su amor por lo viejo, sin tapujos o ironías. Ese es pues el punto de partida para ‘3 O’clock In The Morning’, una espléndida pieza de pop orquestado que nos lleva en un paseo de madrugada junto a Reynolds, borracho y nostálgico. La banda abre con el dúo de guitarras Adderley-Scott, dulce rasgueo y twang y, ecos de The Divine Comedy en la voz, cuyas raíces no cuesta situar en la capa geológica inmediatamente anterior, la de Scott Walker. Una tesitura perfecta para letras que hablan de un amor perdido y de la sensación de romanticismo autoconsciente que supone caminar por las calles de noche («Holloway Road / Camden Road…»), a ratos compadeciéndose de uno mismo, a ratos excitado por la añoranza, pasando del «all-night garage» al (oh, tan noventas) «7-Eleven» y persiguiendo paradas de autobús sin fin.
Sigue ‘Pablo’, una pieza «uptempo» que recuerda quizá demasiado al ‘Rocks’ de Primal Scream, y que para mi gusto es la que menos pega en el conjunto del disco (sin embargo parece que hubo hasta un vídeo, a pesar de no ser lanzada como sencillo). Sólo la letra mantiene el vínculo con las demás canciones, un atribulado discurso sobre el dilema de sentar la cabeza o lanzarse al vacío del alcohol y las drogas, con menciones en el estribillo a un Pablo que seguramente es Picasso («tengo celos de Pablo y tú / Nunca me pintará a mí / Y ni todo el dinero del mundo podría convertirme en una chica guapa»). Tras sus escasos tres minutos aparece la maravillosa ‘My World Versus Your World‘, enérgica pieza con una letra que es básicamente una lista de yuxtaposiciones con las que Reynolds reflexiona sobre una relación, con algunos encuentros («my mouth versus your mouth») y muchos más desencuentros («my drugs versus your drugs / my songs versus your songs / my silly lies versus your silly lies») para llegar a una sangrante conclusión: «eres historia / quédate atrás / ahora y para siempre». Le sienta muy bien a la canción y al propio grupo ese ritmo casi de baile, singular en el conjunto del disco pero muy revelador del potencial que Jack tenían para hacer canciones pegadizas y con posibilidades comerciales. Es seguramente lo que Too Pure vio en Jack inicialmente, y que al no ver realizado poco después de la publicación de este disco les haría deshacerse de ellos, como veremos luego.
Después de dos canciones de impetuoso ritmo, el final de la cara A nos devuelve a unos Jack de melancólica belleza. Primero, con ‘Saturday’s Plan’, una lenta balada orquestada, un bello poema sobre una noche de sábado pasada en casa. «El plan del sábado es que no salimos / Alquilar una película, fumar droga, comer y beber / El plan del sábado es que no trabajamos / Para encontrarnos el uno al otro y pasar del mundo». Los líquidos arpegios de guitarra de Matthew Scott y el colchón de orquesta sirven de lienzo ideal para los trazos vocales de Anthony Reynolds, que en su día se compararon mucho a los de Brett Anderson, pero que en piezas como esta especialmente se aprecian con mucho más empaque y drama contenido que el cantante de Suede. Y entonces llega el estribillo, con un conmovedor acorde menor perfecto para sus dos simples versos («We don’t care about the rent / And even less about where it went»).
La canción describe una escena que se narra en presente, poco antes de que el final dé un giro inesperado: «Ahora noches como esas pervivirán en las habitaciones de otros amantes / Porque noches como esas han desaparecido para mí y para ti». Romanticismo al estilo del pop pre-noventas y de la poesía clásica de la que tan fan era Reynolds.
La cara A se cierra con ‘Nico’s Children‘, que musicalmente abunda en la quietud de la pieza anterior y en los textos insiste en imágenes de la frugal vida bohemia en los 90 ingleses: si en ‘Saturday’s Plan’ se trataba de no pensar en el alquiler, esta canción se inicia en la cola para cobrar los «housing benefits». Reynolds reflexiona sobre el crudo coste de elegir esta forma de vida y lo expresa con fenomenal ingenio: «Cuando la luz del sol se convierta en nieve / Cuando todas estas luces se apaguen / Todo esto no será poesía / Sólo será pobreza» («poetry…. poverty»). Un bello lamento por los «hijos de Nico», nueva referencia cultural que convierte a la cantante de la Velvet en una suerte de madre simbólica de los rockeros yonkis de los primeros noventa en Londres. Instrumentalmente la canción asciende a una placentera cima en cada estribillo, con dramatismo de guitarras eléctricas y un fondo orquestal que resulta ser exactamente el motivo de cuerda que iniciaba el disco a modo de introducción. Círculo hermosamente cerrado y tiempo para dar la vuelta al disco.
Guitarras acústicas y un trémulo órgano introducen la canción que abre la cara B, una de las obras maestras de Jack. Se trata de ‘Lolita Elle’, seguramente su clásico más reconocible (entre los conocedores). Entretejida, de nuevo, con preciosos arpegios de Matthew Scott que aun siendo más clásicos que los de un Johnny Marr o un Bernard Butler merecen un reconocimiento especial. Sobre ellos Scott Reynolds echa el resto en un texto que es casi como un microrrelato, más allá de la referencia nabokoviana del título (en las notas interiores del disco recomendaban al oyente «ampliar» por su cuenta con obras de John Fante, Nabokov y, curiosamente, del poeta inglés Rupert Brooke). Se inicia con la pareja conduciendo por puertos de montaña, disfrutando del inicio de su romance, pero admitiendo que el destino está en su contra («ella sonrió y dijo «ya sabes, un amor como el nuestro / está condenado, y es sucio como la nieve»»). Reynolds admite su fascinación por «conducir por las carreteras de sus muslos color oliva / hacia los mares detrás de su ojos / nuestra piel en llamas / cegados por las estrellas cuando nos corríamos».
Sin embargo da la razón a su amante en el estribillo: «oh, mi Lolita Elle / cualquier cosa que no sea el cielo tiene que ser una especie de infierno / Sé que las reglas que se imponen a los de nuestra clase son duras / acarrean maldición pero también belleza / Pero es la única vía si queremos volver a tocar el cielo». Un estribillo en el que el combo Reynolds – Scott roza la cumbre de su obra, con una secuencia de acordes emocionante, perfecta, y una melodía que está entre las mejores de todo el pop británico de los 90. El aire ensoñador del acorde jazzy que lo concluye coincide a la perfección con ese verso final «if we’re to get to heaven again», con orquesta y teclados haciendo una exquisita melodía de conclusión, y un precioso saxofón en la segunda vuelta.
‘Cinemático’ es el siguiente corte, canción aparecida como comentábamos en el single de Elefant, pero regrabada para la ocasión. Tempo de pop, clásico riff de acordes, y letras que no pueden ser más Jack: «veo a Cocteau cenando con Picasso / veo a Warhol fotografiando a Nico», pero con una sincera confesión de fan («pero nunca estuve allí / sólo leí el libro, sólo vi la película»). En los estribillos intenta explicar que, aun siendo así, su amor le hace sentir que él y su chica son como especiales también. «Tú y yo somos una especie de estrellas / En una especie de película, en una especie de romance / Y el escenario está hecho de estas calles por las que corremos / y de las camas sobre las que amamos / Recuérdalo cuando lleguen los malos tiempos / Porque los tiempos son malos». Envuelto en una melodía magistral, rodeado de los arreglos de cuerda antes mencionados, el mensaje sencillo de esos versos suena a pura verdad, como todo el que recuerde el invencible comienzo de un romance sabe. La guinda, un precioso motivo de guitarra twang tras cada estribillo. En el resto de la canción sigue explorando el contraste vidas de estrellas / vidas estrelladas: «¿Así que crees que Pasolini estaba enamorado de Fellini? Vale, pues cuéntaselo al casero mientras trata de tirar la puerta abajo / Y sí, es tan chic ser pobre, y deberíamos hablar en francés más / Y haré citas de poesía cuando finalmente me sentencien». Como se puede ver, mucha ironía y reírse de uno mismo, un punto de vista bastante más interesante que lo que quería dar a entender la simplista frase del NME antes citada.
‘Steamin» cambia el tono diletante en camino del final del disco: un festival del riff de guitarra con arreglos de orquesta algo ahogados y la voz de Reynolds en su plano más rock, pero sin perder el timbre scottwalkeriano o cierto drama que recuerda al Marc Almond más épico. Los coros masculinos respaldando completan su canción definitivamente más Britpop, una composición sólida pero algo menos representativa de su sonido. El hecho de que Too Pure la eligiese para un segundo single parece indicativa de que esperaba un tipo de «pop bangers» que Jack producía anecdóticamente. ‘Love and Death in the Afternoon’ recupera el equilibrio, otra canción «uptempo» pero en este caso con guitarras haciendo elegantes arpegios, orquestas perfectamente engarzadas con el resto, guitarras de preciosos acordes menores y una melodía de voz memorable y de nuevo muy Marc Almond, que canta sobre los restos de un naufragio sentimental/doméstico: cubertería, agua caliente, una cama sin hacer… (¿no fue también Almond quien primero cantó sobre la romántica decadencia de los objetos cotidianos en ‘Bedsitter’?).
‘Half Cut ,Wholly Yours’ acaba el disco en el más puro espíritu de la banda. Los graves tonos de voz del comienzo, el piano, hacen casi pensar en sus coetáneos Tindersticks. Es una balada majestuosa que completa el cuadro costumbrista londinense: «cámbiate de ropa otra vez, besa el billete de metro / donde viajarás y dormirás durante millas y millas / hasta que tú y ella volváis a estar en casa de nuevo». Una excelente composición que termina de convertir al disco en un clásico no reivindicado de la era Britpop. Mientras el arreglo se va completando con bellas guitarras con trémolo y un ritmo funerario de timbales, Reynolds expone la romántica tesis del título («partido por la mitad, completamente tuyo») con algunos versos que dan en punzantes dianas: «estábamos borrachos de vino / tomando speed como locos / pasando las tardes y viendo películas tan tristes / que sólo las echan cuando el país está trabajando». En versos como estos se entreveía sin duda su futuro como poeta (Les Disques Du Crépuscule publicó su primera antología, ‘These Roses Taste Like Ashes’, en 2002).
Tras un intenso pasaje de orquesta y guitarras de bello tono casi cinematográfico, los últimos compases vuelven a la quietud del comienzo, en una despedida al menos medio optimista: «así que renací, medio dormido en un vagón de metro / abajo, donde el sol no brilla / dirección sur, en la Northern Line».
Como anticipábamos antes, tras la gira de promoción de ‘The Jazz Age’, que no consiguió movilizar a demasiado público Too Pure echó al grupo por discrepancias sobre el presupuesto de su siguiente disco. Jack tardó casi cuatro años en reorganizarse y poder sacar su siguiente disco (destacable que el sello español Acuarela les publicó un EP durante la espera, el excelente ‘La belle et la discothèque’ de 2000, grabado junto a Simon Raymonde de los Cocteau Twins). Tras él, el grupo se disolvió definitivamente y desde entonces Reynolds ha alternado sus discos en solitario (muy notable ‘British Ballads’, con la participación de Vashti Bunyan) con su trabajo como excelente biógrafo musical (cuatro libros publicados sobre los Walker Brothers, Jeff Buckley, Leonard Cohen y Japan).
‘Pioneer Soundtracks’ fue reeditado en 2007 pero el resto de su gran discografía, incluyendo este ‘The Jazz Age’ ha corrido peor suerte que la de otros coetáneos, en una época en la que hasta la obra de grupos verdaderamente menores (como Gene, por ejemplo) ha sido reeditada al completo. Quizá en el futuro la historia se acuerde un poco más de este grupo que nosotros no olvidamos.



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