Pocas carreras hay en la historia reciente del pop nacional tan intachables como la de Fernando Alfaro, en sus múltiples encarnaciones. Un álbum excelente como ‘La vida es extraña y rara‘ sería para otros un hándicap difícil de superar pero, para el albaceteño, parece no existir esa dificultad. Sabio, hábil, él simplemente escoge no luchar contra sí mismo sino moverse hacia otro lado. Por eso ‘Saint-Malo‘ es un ejercicio muy distinto al anterior, en el que el papel de su productor, Raül Fernández «Refree», había sido tan crucial como las circunstancias que lo envolvían (componerlo con un brazo roto y, por tanto, sin poder usar un instrumento). En esta ocasión, como viene ocurriendo en todos sus discos, su nuevo álbum es en buena medida un reflejo del período vital en el que fue creado, entreabriéndonos una ventana a su peripecia vital como algo indivisible de su música.
Como él mismo explica, ‘Saint-Malo’ contiene canciones escritas casi en paralelo con la resurrección de Chucho y, además, han sido paridas y mostradas al público en un formato acústico y primigenio, puestas al lado de las que contenía ‘La luz de tus entrañas’, el primer álbum de Surfin’ Bichos que ha sido objeto de revisión por el artista con motivo de su 25 aniversario. Eso explica, en buena medida, que la fiereza eléctrica desplegada en discos como ’78’ y la sencillez estructural de sus primeras canciones tengan una conexión especial con las de este nuevo álbum, apartándose de la más compleja arquitectura acústica de ‘La vida es extraña y rara’ y tendiendo, en cierto sentido, un puente con un ‘Carnevisión‘ que pasó injustamente desapercibido en su día.
Hoy Fernando tiene una banda consolidada en formato clásico y eléctrico y eso, merced a la producción de Darío Vuelta (también bajista de un grupo que completan Xavi Molero -batería-, Marcel Cavallé -guitarra- y Eduardo Martínez -teclado-), se plasma sobre todo en cortes tan vibrantes como ‘Se aniquila piso’, ‘Arrancando las vías’, ‘El ascensor de Herodes’, ‘La luna aplastada’ o, en menor medida, el single ‘Velero‘. Estas, además de ahondar en su rock genuino e inclasificable, suponen un enérgico regreso a su faceta más punk e inmediata, con melodías ágiles y fáciles de captar. Pero, como un reflejo de esa dualidad tan habitual en el planeta Alfaro de su título (una ciudad francesa, pero también algo tan aparentemente contraditorio como un «santo malo»), encontramos canciones de tempo más templado y arreglos delicados. Me refiero a preciosidades como ‘Saariselkä Stroll’ (guiño a Willie Devil pasado por un tamiz lapón), ‘Tempus Fugit’, ‘La Edad Media’ o ‘La eternidad’ que, salvo excepciones (una ‘Me hiere, no me hiere’ de constantes altibajos de intensidad), confirman esa huida de lo enrevesado. Con esa ausencia de complejidad, Alfaro gana vigor y frescura, a pesar de que la facilidad se vuelva un poco en su contra en los momentos más endebles en cuanto a inspiración melódica, como son el vals ‘Bonita fiesta, ¿verdad?’ y, sobre todo, una ‘Pijama de fantasma’ que cae en lo arquetípico.
Ese retomado gusto por lo sencillo y directo también parece haber contagiado a sus siempre estupendas letras que, aun conservando intacto su talento para emplear dobles sentidos y jugar con los dichos populares (especialmente profusa y atinada en ellos es ‘Velero’, en la que emplea un acento pretendidamente andaluz, a modo de guiño al flamenco), parecen buscar decir mucho con el mínimo número de palabras posibles. En esa parcela vuelve a jugar con una marcada dualidad. Y es que podría parecer que ‘Saint-Malo’ es un disco luminoso, por los cantos al libre albedrío (‘Arrancando las vías’, ‘Velero’) o las referencias a la adolescencia (ya sea ajena -en ‘El ascensor de Herodes’ parece contraponer la pubertad de sus hijas con la suya- o propia -un rebrote en plena madurez, en ‘Se aniquila piso’-). Pero, una vez más, la sombra de la muerte y el paso del tiempo (‘La Edad Media’, ‘La luna devastada’) están presentes en todo el álbum, como un germen contra el que resulta imposible combatir y que rebrota incesantemente. Se percibe, incluso, cierto agotamiento en esa lucha por continuar la fiesta (metáfora de la vida empleada en ‘Bonita fiesta, ¿verdad?’ y ‘Eso fue todo’), si bien cabe abrazar, sobre todo, su visión como fino retratista vital, cuando, por imperfecto que sea (‘Saariselkä Stroll’, ‘La eternidad’), presenta el amor como necesario vehículo en un viaje que cabe disfrutar más allá de su inevitable y cierto fin (‘Tempus Fugit’).
‘Saint-Malo’ no es una obra con halo de cúspide, como sí sucedía con su antecesor, pero sirve, sin duda, para perpetuar nuestra fe y admiración en el rock de este imprescindible artista, un inagotable y personal poeta que felizmente no ceja en su empeño de, como nos contaba sin rubor hace tiempo, trascender la muerte a través de sus canciones.
Calificación: 7,8/10
Lo mejor: ‘Arrancando las vías’, ‘Saariselkä Stroll’, ‘Se aniquila piso’, ‘Tempus Fugit’
Te gustará si te gusta: la saga Surfin’ Bichos en cualquiera de sus formas.
Escúchalo en: Spotify.



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