La editorial Caja Negra publica el libro ‘Como un golpe de rayo’, sobre “el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI”. Ha sido escrito por Simon Reynolds, curtido desde 1986 en el ya extinto Melody Maker y autor de libros como ‘Retromanía: la adicción del pop a su propio pasado’, ‘Después del rock (psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas)’ y ‘Postpunk: romper todo y empezar de nuevo’. Analiza de qué manera el glam supuso una ruptura con los valores propios del rock hippie de finales de los años sesenta, a través de gente como David Bowie, Lou Reed, Alice Cooper, Roxy Music, New York Dolls y T.Rex. Plantea que el pop, “antes que un reflejo de la realidad es una vía de escape a través de la fantasía y el fanatismo”.
Se analiza la influencia del arte del siglo XIX y el warholismo en estos artistas y su proyección en “figuras como Prince, Madonna, Marilyn Manson, Lady Gaga y Beyoncé”. Hoy JENESAISPOP publica en colaboración con Caja Negra el fragmento sobre la llamada “salida del armario” de David Bowie, quien como todos sabemos terminó viviendo una plácida vida heterosexual junto a su esposa Iman, con la que se casó en 1992 (antes estuvo casado con Mary Angela Barnett, madre de Duncan Jones), ¿pero cómo fueron aquellos años de ambigüedad tras el lanzamiento de ‘Hunky Dory’? Puedes leerlo bajo estas líneas:
«Si bien Hunky Dory era el disco más interesante que Bowie hubiera hecho hasta el momento, y de hecho ha llegado a convertirse en uno de sus trabajos más entrañables, fue recibido de manera silenciosa y cortés en diciembre de 1971, lo que hizo aún más evidente la necesidad de dar un urgente golpe publicitario. Por ello, a principios de 1972, David decidió ser gay. Muy públicamente gay.
Es verdad que había dado ya algunos pasos tentativos hacia su salida del armario. En 1970, había concedido a la revista gay Jeremy una entrevista que lo presentaba como alguien “de nuestro lado”, pero sin publicar nada similar a una declaración taxativa acerca de su orientación sexual. Un perfil suyo publicado por Rolling Stone en abril de 1971 se acercó un poco más: el artículo terminaba con Bowie indicando de manera insinuante al periodista John Mendelsohn “dile a tus lectores que todas las ideas que tienen acerca de mí se les van a aclarar cuando comience a recibir publicidad negativa, luego de que me encuentren en la cama con el marido de Rachel Welch”. En el mismo artículo, Mendelsohn contaba además que, cuando Bowie había ido como invitado a la estación de radio ksan-fm de San Francisco, había informado “ante un dj incrédulo, que su último disco era […] una colección de recuerdos acerca de sus experiencias como travesti de cabeza rapada”. Sin embargo, todo esto no eran más que comentarios provocadores, bromas, en los que prácticamente nadie parecía reparar. Entonces Bowie dirigió sus cañones al medio en el que su anuncio pudiera causar el mayor estruendo: Melody Maker.
Una fotografía de Bowie, esbelto y espléndido, agraciaba la portada del 22 de enero de 1972, con un titular que lo describía como “la figura más loca del rock: un amante confeso de la ropa afeminada”. En el interior, la entrevista iba acompañada de otra foto y el titular “Oh You Pretty Thing” [Oh, tú, cosa bonita]. El párrafo que Watts escribió a modo de introducción exhibe una juguetona parodia del embelesamiento libidinal con alguien del mismo sexo.
Aunque ya no llevara una bata de seda recién sacada de los escaparates de Liberty, y su largo cabello rubio no cayera más allá de sus hombros, David Bowie se veía mmmm… delicioso. Enfundado en un elegante traje estampado, de piernas ajustadas, la camisa desabotonada revelaba una buena amplitud de su pálido torso.
Llevaba los pantalones arremangados hasta las pantorrillas, para presumir de un par de altas botas de plástico rojas con suelas de goma de al menos ocho centímetros de espesor, y su cabello había sido modelado de forma tan impecable por la gente de Vidal Sasoon que inspiraba a contener la respiración por temor al daño que pudiera provocar la menor brisa. Hubiera deseado que estuvieran allí para vardarlo; es tan genial.
Nunca antes se había leído tan franco deleite de un hombre por otro entre las páginas de los serios y muy heterosexuales periódicos de música, en los que los críticos privilegiaban el análisis de la música y las problemáticas sociales, antes que banalidades como el aspecto físico o el estilo. El uso de palabras como vardarlo [to varda him] fue un guiño cómplice delicioso. Estas provienen de la jerga urbana palare (a veces polari u otras ortografías), adoptada por los gays debido a que la ilegalidad de los actos homosexuales los obligaba a contar con un código común pero secreto.
Esta lengua informal, cuyos orígenes se remontaban a las compañías de teatro itinerantes del siglo xix y en aquel momento era utilizada, además de por los gays, por los delincuentes, las prostitutas y los trabajadores del espectáculo, probablemente le haya resultado incomprensible a la mayoría de los lectores. “La actual imagen de Bowie consiste en presentarse como una reina desvergonzada, un muchacho gloriosamente afeminado”, advertía Watts, dando a entender que se trataba de una estrategia, una pose que probablemente el cantante abandonara con tanta rapidez como la había adoptado.
Y, a continuación, la cita que resonó en el mundo entero e hizo estallar de inmediato la carrera de Bowie: “Soy gay. Y siempre lo he sido, incluso cuando era David Jones”.
El efecto relámpago de este artículo sobre la carrera de Bowie no solo tuvo que ver con esta declaración, sino también con las fotografías que lo acompañaban. Hoy resulta muy difícil reconstruir la monotonía y la escasez visual de la Inglaterra de 1972, ese fondo sucio y gris que se infiltraba en los periódicos de música, ofreciendo un contraste perfecto para destacar el esplendor físico y visual de Bowie. Incluso en blanco y negro, la elegancia de aquellas imágenes parecía saltar de las páginas, rodeadas, como estaban en aquel número en particular de Melody Maker, por otras del juglar barbudo Cat Stevens, el patilludo excantante de Spooky Tooth, Gary Wright, junto a su nueva banda Wonderwheel, y la sorprendente fealdad del aviso de página completa de Grunt, la compañía discográfica de Jefferson Airplane. “Tenía un glamour impresionante. Cuando lo conocí, me impactó de verdad”, recuerda Watts. “Era como estar con Marilyn Monroe. No se parecía a nadie. Y era un quiebre total con el pasado de los sesenta”.
En la portada, el retrato de Barrie Wentzell mostraba a un nuevo Bowie de cabello más corto, con un delicado brazalete en la muñeca y un traje estampado, cuyo saco abierto exponía el lampiño torso desnudo. En el interior, llegaba el turno de un primer plano del cantante con el rostro apenas apoyado en una de sus manos y ojos de ciervo mirando de costado, como si rehuyese el contacto con la mirada del espectador. Era un encuadre calculadamente no masculino, como si el fotógrafo lo hubiera pensado tras la lectura de Modos de ver de John Berger (publicado ese mismo año), donde el crítico sugiere que a juzgar por la historia del arte occidental “los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas […]. El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino […]. De este modo se convierte a sí misma en un objeto, particularmente en un objeto visual, una visión”. La crítica de Watts también abría caminos, alentando a los lectores (en su mayoría, varones) a mirar a otro hombre como un objeto estético, un regalo para los ojos.
“A mí me hizo Melody Maker […] con aquel artículo de Mick Watts”, recordará Bowie a mediados de 1973. “Todo voló por los aires”. Lo curioso de aquella Gran Revelación es que a la cita directa siguiera de inmediato el rastro de una duda: “Hay algo de travesura juvenil en el modo en que lo dice, con una sonrisa contenida en las comisuras de sus labios”, observa Watts. Es decir que la idea de que todo era un juego estuvo en claro desde el comienzo.
“Yo estaba un poco escéptico”, afirma hoy Watts. “Era bisexual, claro, en la medida en que sea posible deconstruir la idea de bisexualidad. Pero es bastante ineludible el hecho de que la mayoría de las experiencias sexuales de Bowie fueron mucho más heterosexuales que gays. Volví a entrevistarlo en varias oportunidades y siempre se mostró muy interesado por dejar en claro que no deseaba agitar la bandera del movimiento de Liberación Homosexual. A los militantes, por su parte, los indignó que nunca hubiera decidido acercarse a ellos ni hacer campaña en favor de la homosexualidad. Ahora bien, ¿cómo podemos entender todo esto? Tal vez fue una forma de proteger su carrera comercial, pero tal vez sencillamente no eran sus genuinas convicciones”.
Pero mientras que algunos gays lo consideraban un turista accidental, otros lo veían como un transgresor de la cultura pop que permitía que otros salieran del armario con mayor facilidad. El crítico gay estadounidense Andrew Kopkind, por ejemplo, reconoció en él, en un artículo publicado en octubre de 1972 en el Boston Phoenix, “una auténtica estrella gay –auténticamente una estrella y auténticamente gay–, por primera vez en nuestra cultura desde Oscar Wilde”. Acto seguido, se detenía en el “lirismo” de sus movimientos escénicos y el modo en que el cantante y Mick Ronson “intercambiaban miradas, gestos y pasos de danza cargados de un verdadero erotismo, hasta este momento solo aceptables, dentro de una banda de rock, entre un hombre y una mujer”.
Durante los años siguientes, Bowie osciló de manera constante y extrema, con lo que contribuyó a sostener un aura de indecidibilidad sexual que le permitía ser todas las cosas para todas las personas. En un mismo año, 1976, le dijo a un periodista inglés que su supuesta bisexualidad era “solo una mentira […]. Nunca he hecho nada bisexual en mi vida, en un escenario, en un estudio de grabación ni en ningún otro lugar”, pero también le contó la historia de su homosexualidad a Playboy, que habría comenzado “con algún chico guapo de mi clase en alguna de las escuelas por las que pasé, al que llevé a casa y con el que lo hicimos en mi habitación”.
Cherry Vanilla, que lo conoció en circunstancias profesionales e íntimas, afirma que “una se da cuenta si a un hombre le gustan de verdad las mujeres o no, y hasta donde yo sé, a él le gustaban de verdad […]. Lo definiría como un heterosexual que se animó a probar y experimentar un poco. ¿Quién no lo hacía, en aquellos días?”. Su colega en Main-Man, Tony Zanetta, siempre estuvo convencido de que el cantante “era bisexual, sí, pero por sobre todas las cosas era un narcisista; le daban lo mismo los chicos o las chicas. Se sentía atraído hacia la cultura gay porque adoraba su extravagancia”». Simon Reynolds.




Tal y como 
Solange 





En la recta final del viernes había que acercarse a las otras dos salas que participan en el festival para ver lo que se cocía. Simultáneamente, en las salas Taboo y Maravillas había dos ambientes muy distintos. Por un lado, desde Tel Aviv estaban los Ouzo Bazooka, de estética hippie y practicando un rock clasicote con tintes psicodélicos, que sin salirse demasiado del libro de estilo del rock psicodélico, parecieron gustar a los que se decidieron por su propuesta, que tampoco fueron demasiados. La fiesta parecía estar en esos momentos en la Maravillas, a reventar de público, con los australianos Dune Rats. Los de Brisbane tampoco se salen demasiado del libro del rock garajero, pero la energía que giraba en torno al escenario con su actuación acabó por convertir el recinto en una fiesta digna de una fraternidad de peli americana: la banda pegando botes y escupiendo al aire, tirando al aire sus instrumentos y los pies de micro y el público fuera de sí en un eterno pogo, todos cantando a coro en temas como ‘Dalai Lama’ (que riman con marihuana en la canción, para entender el contexto adolescente en el que caminan).


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