El periodista Eric Spitznagel es conocido por su trabajo para medios como Rolling Stone, Playboy o Vanity Fair, pero también como autor de una biografía del actor y director de cine porno Ron Jeremy o una parodia sobre ‘Los vigilantes de la playa’. Entre otros proyectos como dedicarse a los guiones del porno de autor o una guía de comida basura, ha encontrado tiempo para escribir un libro musical que solo por su planteamiento ya tiene un pequeño hueco en la historia de la música pop.
En plena crisis de mediana edad y después de una entrevista real con Questlove que deja a este horrorizado cuando se entera de que Eric Spitznagel ha vendido toda su vieja colección de discos por cuatro duros, el autor ha escrito este libro sobre un tipo demasiado parecido a sí mismo que dedica su vida a tratar de recuperar los álbumes que vendió. No copias similares disponibles a un clic en Discogs, sino exactamente los mismos discos que él tenía de pequeño o adolescente: la copia de un álbum de Bon Jovi con el teléfono de su primera novia escrito en la portada, la copia de un álbum de los Rolling pisoteada por un jefe con muy mala baba, el que olía a marihuana porque era el escogido para esconderla, el que escondía una carta porno, etcétera.
El propósito de Spitznagel, lleno de fetichismo, llega en el mejor momento posible: justo cuando el formato físico importa menos y su planteamiento, por tanto, resulta más rocambolesco y absurdo. Por mucho que haya subido tímidamente la venta de vinilos, la digital y la de CD’s está bajo mínimos debido al empuje del streaming, y el hecho de gastar 20 euros en un viejo álbum es una marcianada ya para algo más de una generación. Así que qué decir de este protagonista preparado para soltar billetes de dólares de los grandes -que por cierto no tiene porque su hermano es rico pero él todo lo contrario- en discos que no necesita, solo por hacerse una paja nostálgica.
‘En busca de los discos perdidos’ es todo un reencuentro para aquel que haya sentido algo alguna vez por un álbum físico. Y eso incluye rayadas, cartones despegados y esos discos que por fabricación o el uso que les has dado cuentan con un olor propio. Al desaparecer de nuestras vidas, como dice Jeff Tweedy de Wilco en el prólogo «algo significativo se pierde, y se trata de algo que jamás se puede recuperar» ni con todos los Spotifys del mundo. Particularmente toda la historia que rodea al ‘Slippery When Wet’ de Bon Jovi es muy divertida: un disco comprado solo para impresionar a alguien termina siendo el único objeto superviviente a un grave accidente de coche, pasado por agua, un radiador y convertido en definitiva «en arte dadaísta».
Pero además de humor, el libro, de manera coyuntural, contiene un buen retrato social de lo que cierto tipo de música significó para los jóvenes de los 70 y los 80. Qué disco había que escuchar para parecer un machote, cuál tenías que ocultar que te gustaba, cuál tenía que comprar «como buen pringado que aspira a hipster» quien pensara que esta idea servía para algo. En aquellos días en que grabar una cassette (un «mezcladito» habría sido mejor traducción que «mixtape») a alguien era claramente «una forma de decir «quiero follarte a toda costa»» se vendían millones de copias y la gente de clase media gastaba de hecho una parte de su sueldo en hacerlo. Por contraste, tenemos el retrato de hoy: gente que ya ni conoce un hitazo que odiabas, lo cual te saca de tus casillas más que el éxito de la propia canción en su día (la elegida es la pobre ‘Brown Eyed Girl’ de Van Morrison); gente que compra «discos que están en un estado lamentable sólo porque tienen un valor kitsch», y gente que se alegra de ver discos de Flaming Lips en una tienda como si fueran una rareza, porque al fin y al cabo la música es ya hoy «una cosa que puedes adquirir en casa sin necesidad de ponerte los pantalones».
La búsqueda de la cita, y hay algunas bastante buenas, como «la música country es triste sin comillas, no triste a la manera de Morrissey, donde la amargura está amortiguada por la inteligencia», obsesiona demasiado a este periodista poco acostumbrado a escribir novela, y eso se lleva por delante parte de las posibilidades del libro, que no es exactamente ‘Alta fidelidad’ de Nick Hornby. El relato es ágil para amantes de la música pero no tanto para el público casual, que va a quedarse sentado esperando algún tipo de clímax final en esa especie de reunión imposible de personajes que el autor no se ha molestado en desarrollar. Sin embargo, hay otro clímax que aparece mucho antes en el relato que hay que reivindicar: ese momento en el que en un concierto de revival de Replacements, lloviendo y con un vinilo encima como un gilipollas, se evidencia frente al lector cuánto se abusa de buscar en el pasado cuando todavía hay vida que dar a tus vinilos (y a ti mismo) en presente. 7.



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