‘Nosferatu’ estuvo a punto de desaparecer. El ocultista alemán Albin Grau, productor del filme, pensaba que si cambiaba los nombres de los personajes y los escenarios -de Inglaterra a Alemania- sería suficiente para adaptar por la cara el ‘Drácula’ de Bram Stoker y que nadie se enterase (obviamente las películas no circulaban como ahora). Sin embargo, la viuda del escritor tardó en enterarse lo que tardaba en llegar una carta de Berlín a Londres en 1922. Se lo chivó un espectador que estuvo en el estreno. Tras una batalla legal, se ordenó la destrucción del negativo y todas las copias de ‘Nosferatu’.
Afortunadamente, se salvaron algunas copias. De esta manera, el conde Orlok se convirtió en una suerte de versión paralela del conde Drácula, con su propio universo de remakes –‘Nosferatu, vampiro de la noche’ (1979)-, secuelas – ‘Nosferatu en Venecia’ (1988)- y relecturas, ‘La sombra del vampiro’ (2000). La última en llegar ha sido esta versión de Robert Eggers. Un remake muy fiel visualmente, pero muy distinto en cuanto a la iconografía del vampiro.
Lo mejor de ‘Nosferatu’
1. Un comienzo que te hiela la sangre. De todas las versiones que he visto de ‘Drácula’, no solo de ‘Nosferatu’, creo que ninguna ha contado tan bien la llegada al castillo del vampiro como esta. Por todo: la ambientación, el diseño de los planos, la composición de las escenas, la capacidad de sugerencia de las imágenes, el juego con las sombras, la manera de trasmitir al espectador el misterio, la inquietud y, finalmente, el terror absoluto de encontrarse cara a cara con lo maligno y lo sobrenatural. Una maravilla.
2. Eggers resucita toda la poesía macabra del original. Al igual que la de Murnau, desde un punto de vista estético, ‘Nosferatu’ es posiblemente una de las películas de terror más hermosas jamás filmadas. El director recoge la tradición iconográfica del estilo Biedermeier, la pintura del romanticismo alemán, el folclore centroeuropeo y el ocultismo decimonónico, y lo vuelca en una historia de terror psicológico y macabro, atravesado por unas imágenes hipnóticas, bellísimas, de una enorme potencia expresiva y sobrecogedora fuerza evocadora.
3. Lily-Rose Depp está sorprendentemente bien (no así el resto del reparto). Cuando se supo que la protagonista de ‘The Idol’ iba a sustituir a Anya Taylor-Joy como objeto de deseo del vampiro transilvano, me dieron ganas de clavarme una estaca en el corazón. Sin embargo, ahora ya no me imagino a ‘Nosferatu’ sin ella. No solo es un acierto de casting, ya que su fisonomía escuálida y sus grandes ojos le van muy bien al romanticismo, goticismo y sexualidad macabra que impregna toda la película, sino también por su propia interpretación, a medio camino entre la brontiana burguesa lánguida y reprimida y la niña de ‘El exorcista’.
Lo peor de ‘Nosferatu’
La caracterización de Nosferatu como fucker cachas bigotón. No se entiende muy bien la decisión de Eggers con respecto a la apariencia del conde Orlok. Si ha querido, como ha declarado, ser lo más fiel posible a la novela de Bram Stoker, a la esencia demoniaca del vampiro y a la iconografía tradicional de la nobleza transilvana, con Vlad el Empalador como principal referente, ¿por qué ha llamado a su película ‘Nosferatu’ en vez de ‘Drácula’, ‘Vlad, el vampiro’ o algo parecido? Si algo caracteriza la película de Murnau es la peculiar apariencia maligna y grimosa del conde transilvano. Si la cambias de forma tan radical, queda poco del original más allá del cambio de escenario. En ese sentido, más que un remake, ‘Nosferatu’ se parece más a una nueva adaptación de ‘Drácula’, con un conde «garyoldmanizado» muy cercano al que imaginó Coppola en su particular visión de la novela.










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