Si la vida de Lorde fuera una película, el cierre de su concierto de anoche en Barcelona con el numerosísimo público –rozando el lleno– entregado a la euforia de ‘Green Light’ –confirmándose como una de las canciones del año, si no LA– sería su final feliz (siendo su posterior interpretación de ‘Loveless’ –esta vez ella sola, creando un loop en directo– el regalo tras los títulos de crédito para los que no habíamos abandonado aún el Sant Jordi Club). Porque su show, como ella verbalizó en un emocionado discurso muy gagiano antes de arrancarse con la preciosa ‘Liability’, es la expresión final de su obra, de unas canciones que ella ha creado sola, en su dormitorio, en taxis, en el baño de su casa, plasmando en ellas el dolor de una ruptura (pidió, emocionada, que nadie soportara una relación abusiva) y de la soledad que conlleva a la fama y que de repente, al entrar en contacto con el público, toman todo su sentido. Porque su fans, el público que canta y conecta con estas canciones, son –somos– su verdadero amor y aquella fue su figurada venganza contra el/la/los que le hicieron daño.
Es lo que nos contó esta jovencísima neozelandesa que se convirtió en una estrella del pop siendo apenas una adolescente y con tan solo un disco. Si era un discurso preparado que repite en cada ciudad, tiene además grandes dotes de actriz, porque sonaba honesto y su emoción era palpable y contagiosa. Su espectáculo es bien sencillo desde el punto de vista escénico: bajo un rótulo luminoso que decía en mayúsculas “MELODRAMA” y con tres figuras de falso neón –un astronauta, unas flores silvestres y una estrella fugaz plasmada de manera infantil– que marcaban las tres fases del concierto, se acompañaba de tres músicos en la sombra –tan discretos que costaba discernir qué era pregrabado y qué no– y dos bailarinas que aportaban teatralidad al show. Pero este, en realidad, se basa única y exclusivamente en Lorde, en su rotunda presencia escénica y su notable y expresiva voz (aunque el peso de los coros, todos pregrabados, era considerable). Se mueve por el escenario con fuerza y cierto encanto desgarbado, con apariencia frágil pero siempre magnética, atrayendo la atención para sí constantemente, incluso aunque dos esbeltas mujeres dancen coordinadamente a su alrededor. Tiene tablas, pero hace que todo parezca muy natural, como si estuviera en una pequeña sala ante 300 personas. Y tiene, sobre todo, un repertorio infalible que, pese a basarse en solo dos discos, apenas da respiro.
Recurriendo a lo mejor de su debut (‘Tennis Court’, ’Ribs’, ‘Buzzcut Season’ y ‘A World Alone’, calientan el ambiente; ‘Royals’ y ‘Team’ –bajando a tocar a las primeras filas–, derriten ya en la fase final) y al sobresaliente ‘Melodrama’ de forma íntegra (salvo ‘Sober II’, ‘Writer In The Dark’), arma un repertorio mucho más que sólido, con varios momentos álgidos, aparte de los ya mencionados: resulta palpable que ‘Homemade Dynamite’, ‘Supercut’, ‘Sober’, ‘Perfect Places’ y ‘The Louvre’ están destinados a ocupar un lugar fundamental en su cancionero y en nuestras memorias. Fuera de ahí, su colaboración con Disclosure (‘Magnets’) funciona bien al inicio del concierto, pero su versión de ‘Somebody Else’ de The 1975 resulta prescindible (junto con el reprise de ‘Liability’, son los dos únicos downers en la hora y media de concierto). Por reprochar algo, vaya. Porque hacía tiempo que no salía de un concierto y veía a tanta gente sudando –un público, por cierto, harto heterogéneo– e incluso llorando. Y no hablo de adolescentes con las hormonas a flor de piel, sino de hombres y mujeres. Al fin y al cabo, no todos los días nos dicen de una manera tan sincera que somos el amor de la vida de alguien, ¿verdad? 8,5.
Previo al concierto de Lorde, y debido al lento discurrir de la cola de acceso al Sant Jordi Club, apenas pudimos ver la segunda mitad del show de Khalid, que presentaba las canciones de su debut ‘American Teen’. Al frente de una banda solvente, el artista tejano –que como su teclista lucía camiseta del FC Barcelona– dio muestras de una buena capacidad vocal y escénica, agitando a unas primeras filas muy predispuestas –llegué a escuchar a varias personas que ¡fueron anoche sobre todo para verle a él!– pese a un sonido algo embarullado. Lo cierto es que se maneja bien –diría que mejor– en medios tiempos a lo Frank Ocean –‘Saved’, ‘Cold Blooded’–, pero ‘Location’ y ‘Yung, Dumb & Broke’ supusieron un agradable aperitivo previo a Lorde.
Fotografía de Lorde por Mircius Aecrim, cedida por Doctor Music.






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