En el maremoto actual de reediciones y aniversarios -como siempre a medio camino entre la nostalgia sincera y la explotación económica- parece estar pasando desapercibido el de uno de los grandes últimos éxitos de Tears For Fears. Resulta que hace ya 30 años de la aparición y éxito instantáneo de ‘Sowing the Seeds of Love’, una canción que anunciaba un viraje estilístico que llevaría a la banda británica hacia terrenos mucho más orgánicos, alejados de sus orígenes en el tecno-pop de principios de los 80 y de las producciones ampulosas de sus dos primeros discos. En esta sección hablamos ya hace un par de años de esa tendencia hacia lo retro que empezaba a calar lentamente en el pop tras la comprensible fatiga tecnológica de final de década.
Desde el éxito del álbum ‘Songs from The Big Chair’ de 1985 la banda no había sacado nada nuevo, pero multitud de canciones burbujeaban en un lento proceso de preparación. Entre ellas, un apunte musical que Roland Orzabal había compuesto en rabiosa reacción al tercer triunfo consecutivo de la conservadora Margaret Thatcher en las elecciones de su país: una serie de versos sueltos que incluían la célebre mención a la “abuelita política y sus grandes ideales” (“Politician granny with your high ideals, have you no idea how the majority feels?»). Hacia 1987 Tears For Fears empezaron a preparar ese esperado tercer disco, pero problemas de diversa índole fueron retrasando el proyecto, especialmente el abandono tanto de su muy creativo teclista (Ian Stanley, coautor de muchos de sus éxitos anteriores) como de Chris Hughes, productor de su disco anterior. Orzabal y Smith decidieron seguir en solitario y autoproducirse con ayuda del ingeniero Dave Bascombe, algo que impregnó al nuevo proyecto de posibilidades de libertad y experimentación.
Musicalmente, el grupo deseaba acercar su música a un lugar de sonido mucho más cálido y analógico. Orzabal comentaba que en aquel 1987 la radiofórmula inglesa estaba copada por las producciones de Stock Aitken y Waterman y de repente los sonidos metálicos y fríos de las cajas de ritmos y sintetizadores “dejaron de tener gracia”. Paralelamente se estaba sumergiendo en el mundo de la música folk, y en un programa de la BBC dedicado a tonadas populares transmitidas oralmente oyó que hablaban de una canción llamada ‘The Seeds of Love’, que un musicólogo había aprendido de un campesino llamado ‘Mr. England’. A Orzabal, como es lógico, le hacían chiribitas los ojos imaginándose todos estos elementos como parte de esa magna obra que poco a poco iba tomando forma en su cabeza, una mezcla de reivindicación política, psicodelia inglesa y espíritu de amor en el mundo. Para colmo, por aquel entonces vivía en una calle llamada England’s Lane, al norte de Londres, y le obsesionaba una pintada frente a su casa que rezaba ‘I love a sunflower’.
Antes de su abandono Chris Hughes había cogido la idea rudimentaria de Roland y la había arreglado con un estilo más marcadamente “Beatles de la última época”, con una batería a lo Ringo Starr y un piano eléctrico. La canción empezó a coger sentido y el cantante empezó a incorporar más y más secciones que configuraban un mapeado de la canción un tanto complicado. Durante meses, nuevas secciones aparecían y otras se borraban mientras trataban de refinar la ambiciosa canción. Cuando ya Dave Bascombe había tomado las riendas, un día apareció Curt en el estudio y, oyendo el estribillo todavía vacío de melodía, improvisó en el momento esa maravillosa y simple ‘Sowing The Seeds of Love’ que se convertiría instantáneamente en el gancho principal de la canción.
Con la composición por fin definida y clara, tocaba grabarla: un intento inicial con Hughes a la batería no resultó convincente: querían que el ritmo fuera creciendo lenta e imperceptiblemente, pero no lo lograban. Al final decidieron contar los BPM de ‘I Am The Walrus’ de los Beatles y programaron una claqueta que empezaba a la misma velocidad (84.5 BPMs) y subía gradualmente hasta 88.5 BPM al final de la canción. Así se grabó el ‘Sowing the Seeds of Love’ que hoy conocemos, con toda las base rítmica registrada en directo en el estudio. A partir de ahí se grabaron todas las voces, con muchos coros, armonías y respuestas (y partes distorsionadas muy lennonianas), y empezó el divertido collage de instrumentos y arreglos que acabaron de dotar a la canción de un aire tan Beatles que parecía dejar corto el concepto de pastiche. Y sin embargo la canción era tan brillante, tan directa, tan portentosamente construida, tan refrescante tras el cerco a las listas de Stock Aitken Waterman y el nivel tan mediocre en las listas de final de década… que resultó contra pronóstico un éxito de público y crítica; lo que podría haber sido tildado de burda copia se acabó entendiendo como un inspirado homenaje que encajaba en esos últimos 80 con aires de cambio. Incluso su inspiración 60s y ritmo baggy parecían en curiosa sintonía con lo que también estaban siendo los años del inicio del sonido Madchester.
‘Sowing the Seeds of Love’ podría haber salido medio año antes, pero hubo un gran problema: tras machacarse los oídos puliendo la mezcla de una canción con tantos elementos, a finales de 1988 Tears For Fears y Bascombe presentaron el máster a la discográfica y obtuvieron, sorpresivamente, un rechazo al sonido de la misma. Orzabal ha relatado en varias ocasiones la frustración de pasar seis meses remezclando la canción para que después de las sucesivas negativas finalmente el sello declarase que aquella primera mezcla era “la buena”. Cuando al fin se acabó lanzando en verano de 1989, ‘The Seeds of Love’ entró en el top 10 británico como un rayo. En España tardó un poco más y se oyó mucho en la radio durante el otoño. Recuerdo bien escucharla por primera vez y maravillarme ante las descaradas similitudes Beatlescas y sobre todo ante tanta sección diferente, que iba elevando a la canción en un crescendo de verdadera inspiración y riqueza.
Dejando de lado la obviedad de que la melodía de la canción es la gran razón de su éxito, creo que su extraña estructura tiene mucho que ver con su su naturaleza adictiva y con el hecho de que 30 años después la canción siga fascinando igual o incluso más: el comienzo eminentemente Beatles de ‘Sowing the Seeds of Love’, con ese piano Wurlitzer y la brillante melodía vocal de Orzabal es inspirado y convincente. Sin embargo, lo que parece un tema que va a ser contundente y directo (a los 40 segundos ya ha llegado el rotundo estribillo) empieza poco a poco a retorcerse de manera brillante. Tras una segunda estrofa con referencia a Paul Weller (“kick out the Style, bring back The Jam”) y un segundo estribillo, llega la sección central, que por lo inusual no habría pasado seguramente el aprobado del laboratorio de Max Martin: consta de cuatro diferentes puentes o secciones en los que se da espacio a la experimentación. Los tres primeros, semi-instrumentales con saxos, oboes y orquestas de sintetizador. El cuarto es la célebre sección “Feel the pain, talk about it / If you’re a wanted man, then shout about it” en la que la batería casi para y aparece el novedoso (y muy poco Beatles) vocoder.
Dicha sección se prolonga en un festival de palmadas a lo ‘Hey Jude’ y cuerdas en ascenso y descenso a lo ‘A Day In The Life’, para concluir de retorno al estribillo con un arreglo de viento totalmente ‘Penny Lane’. Todo un macropuente de minuto y medio en el que no hay rastro de estribillo, algo muy audaz que sólo se sostiene gracias a las nuevas y brillantes melodías, elementos inventivos y la constante sensación de que cada nueva sección hace crecer a la canción. Que por cierto no para: tras ese estribillo en el que la melodía cambia a algo diferente y también inspiradísimo (Curt cantando en falsete “Sowing the seeds of love”), aparece un quinto puente con nueva progresión de acordes y una guitarra muy «Sgt. Pepper» que introduce un nuevo y fascinante cambio: el retorno a la estrofa con Curt cantando otra melodía también diferente (“Time to read all your words, swallow your pride…”) que se entrelaza a las mil maravillas con la melodía inicial de Roland. El estribillo final, con todos los elementos al máximo, y gritos a lo ‘Hey Jude’ resulta el climax perfecto:
Las letras varían entre imágenes psicodélicas (las propias semillas del amor del título, ese “love train goes from coast to coast” o hasta el “I love a sunflower” de la pared) y referencias políticas (“We’re fools to the rules of a government plan”), pero cuando mejor funcionan es cuando aparecen entremezcladas (“Could you be, could you be squeaky clean and smash any hope of democracy / As the headline says you’re free to choose / There’s egg on your face and mud on your shoes”). No es necesario decir que el álbum entero fue todo un éxito y que engendró más singles clasificados en listas, pero nada como el impacto de este extraño y mágico single.
Puestos a imaginar esa reedición que no ha llegado a aparecer, sería genial poder viajar en el tiempo y escuchar todas aquellas secciones que se fueron eliminando. El productor Hughes recuerda una que decía “Half a dollar, half a crown / half a Guinness, going down”, muy como de canción infantil inglesa, que finalmente desapareció, y el propio Curt Smith declaró que de haber mantenido todas las partes ‘Sowing the Seeds of Love’ habría sido una obra maestra psicodélica de nueve minutos. Pero de existir alguna de esas encarnaciones primitivas, sería sólo en forma de demos, porque la versión grabada incorporaba sólo los elementos que pasaron la criba.
‘Sowing the Seeds of Love’ suena en la última entrega de Popcasting, el podcast de Jaime Cristóbal, disponible en este enlace.



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